No nos duele abandonar este mundo. Lo que nos hace daño es tener que vivir sufriendo enfermedades, hambruna o explotación hasta el final de nuestros días. Nos atormenta ver sufrir a quienes tenemos cerca, y a la mayoría de la humanidad, que sabemos transita por una vida de penurias insoportables y evitables, producidas por quienes han decidido amasar su riqueza y bienestar con la harina de la pobreza y el desprecio.Un ejemplo extremo que se nos muestra es la condena a morir de hambre que impone el actual estado de guerra israelí a la población de Gaza. Para ellos, como suele decirse, su vida ya no vale ni lo que cuesta la bala que los mata. Ni siquiera se molestan en construir cámaras de gas para aniquilarlos, como hacía el nazismo. Han convertido su tierra en un campo de exterminio. Se trata no solo de bombardearlos o balacearlos, sino de torturarlos hasta su agónica muerte. Y hacerlo para que lo veamos y lo sufran los familiares que aún sobreviven a la barbarie sionista. Además, persiguen y asesinan a quienes se atreven a denunciarlo, con el auspicio de quienes detentan el poder de las armas, de todo tipo de armas: arsenales militares, sanciones económicas, secuestro de conciencias, etc. El proyecto hegemónico que ha venido imponiendo el capitalismo de la guerra permanente ha culminado su etapa actual, consiguiendo que se puedan exterminar poblaciones enteras a los ojos del mundo, haciéndonos sentir que nada podemos hacer y, más allá, haciéndonos mirar hacia otro lado para no sufrir por ello, cuando no con el aplauso de sus espectadores e hipócritas estados cómplices. Ni qué decir tiene que vivir así es peor que morir. Y precisamente la clave de su éxito consiste en conseguir que nos resignemos al malestar generado por sus políticas genocidas, que nos convierten en zombis, en fetiches a su servicio. Solo viviremos si perdemos el miedo a que nos maten, nos desahucien, nos expropien o nos encarcelen, si desvelamos sus propósitos y nos enfrentamos a ellos. De lo contrario, ya podemos darnos por muertos en vida.