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Campechanismo político

Fumarse un puro y dejar que el humo escampe. Así se define la práctica del presidente español, Mariano Rajoy. Sus estrambóticas explicaciones sobre las cuentas paralelas y supuestos sobresueldos en el PP constituyen un punto y seguido en una dinámica de campechanismo político en la que podría competir con ese señor que se ha comido a Juan Carlos de Borbón.

Cuando pensábamos que lo de parapetarse tras una pantalla era insuperable, el imperturbable de Santiago se arrancó con su «todo es mentira, salvo alguna cosa». Ventilarse las acusaciones de corrupción así, sin rodeos, y quedarse tan ancho, resulta una exhibición de flema digna de quien aliña el habano con doble ración de tranquimazin.

Abstraigámonos por un momento del contexto. E imaginemos ese mismo razonamiento aplicado a una pareja monógama. «Cariño, me han contado que te estás follando a todo el vecindario». «Eso es mentira, salvo alguna cosa». Otra situación. Pongamos una empresa. Un trabajador es sometido a un tercer grado tras descubrir que ha arramplado con la pasta y ha vendido secretos a la competencia. «Eso es mentira, salvo alguna cosa». Tercer caso. La directora de una ikastola llama a los padres de un barrabás para hacer recuento de daños: suspenso hasta en el recreo y una lista de maldades en las que se inscribe todo aquello que un progenitor no quiere escuchar sobre su vástago. Y el chaval se escuda en que «todo es mentira, salvo alguna cosa».

Cualquiera de estos casos habría tenido consecuencias. Esa es la gran diferencia. Nadie en la vida real puede echarle tantísimos bemoles y salir indemne. ¿Nadie? No. Ahí asoma la cabeza el gallego, convencido como está de que tiene barra libre. Tan seguro que lo mismo le daba colocar un taburete junto a Angela Merkel, servirse un copazo y arrancarse un «saben aquel que diu» mientras degusta su cigarro.

No me creo que sus asesores de comunicación no le advirtiesen de la única pregunta que era obvio que iban a formularle. Es imposible. Así que su sentencia es toda una declaración de intenciones. «No me consta», «todo es mentira, salvo alguna cosa», son los sinónimos con los que la clase política española explica que democracia significa cuatro años de cheque en blanco. Despojados de la ética, la insultante despreocupación por las formas es reflejo de la estética «marca España». Al Borbón tampoco le ha ido tan mal, así que tampoco tendrían porqué cambiar.

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