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Podemos: miedos y oportunidades en Euskal Herria

Una cita apócrifa de Albert Einstein dice que «la definición de la locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados». Sorprendentemente, nos encontramos ante una práctica habitual en política que tiene como primo-hermano al vicio de creer que si miras hacia otro lado y giras la vista de los otros, lo que está ocurriendo a tus espaldas deja de existir. Considero que algo de este último fenómeno tienen determinadas posiciones defensivas que percibo ante la irrupción de Podemos en Euskal Herria. Es innegable que existen dificultades objetivas, especialmente en el ámbito comunicativo, y que genera frustración la facilidad con lo que estas son sorteadas por el partido liderado por Pablo Iglesias. Tampoco se puede obviar que la aparición de esta formación, más que provocar una reducción en el número de apoyos, puede cortar las previsiones de crecimiento. Especialmente en un sector social unionista al que se accede por descarte. Pero también, en un sentido amplio, abre un mundo de posibilidades en el que la terminología es favorable para el bloque de los demócratas y a la justicia social. Por desgracia, existen reacciones de sospecha. Y son contraproducentes. Comprensibles, por supuesto, pero que juegan en nuestra contra.

Desde las tripas es difícil realizar análisis sosegados y eficaces. Como complicado es que no quemen las vísceras ante todo el sufrimiento que ha implicado (y sigue haciéndolo) el compromiso político en este país. En términos sentimentales puedo comprender la rabia de quien escucha a alguien proclamar «abajo el régimen» cuando sabe, a ciencia cierta, que esa misma persona rechazaba abiertamente, cuando no ridiculizaba, la misma consigna pronunciada en otra boca. Qué decir de la indignante utilización por parte de la formación del «sonreid, que vamos a ganar» pronunciado por Arnaldo Otegi en el momento de ser condenado por el TC. No se trata de reivindicar el copyright, sino que «es feo» que alguien cite a un preso político al que nunca nombraría para no perder votos. Por desgracia, en política como en la vida, «tener la razón» no es suficiente.

Las dificultades comunicativas son obvias. Un ejemplo sangrante fue el reportaje de «El Mundo» y la cobertura de «La Sexta» sobre el caso de Markel, el chaval de Zumarraga con la enfermedad de piel de mariposa. A través de un caso concreto, venía bien decir que «Bildu también recorta». Algo así como «todos son iguales». En un contexto de deslegitimación generalizada de la clase política y teniendo en cuenta el abismo que separa a dos comunidades en Euskal Herria, este es un terreno en el que Podemos se siente cómodo. No necesita dar explicaciones y todo parece inmaculado. Sin embargo, acusar al competidor de querer ganar es tan infantil como creer que el enemigo político no va a utilizar todos los mecanismos a su acance. Por eso, la clave está siempre en casa ya que, al margen del derecho al pataleo, poco podemos hacer para cambiar elementos que no están en nuestras manos.

En este contexto, hablar sobre Podemos me parece contraproducente. O, al menos, convertirlo en el monotema. Es como esas palabras que, de tanto repetirlas, pierden el significado. La interpelación en clave defensiva proyecta debilidad y suele tener un efecto contrario al deseado: no acerca, sino que bunkeriza. Genera recelos. Y no solo en quienes defienden unas siglas, sino en todo el campo de votantes y activistas que confían en la generosidad por un bien mayor, que es el del cambio plural.

Teniendo en cuenta que vivimos un ciclo político clave y que la principal garantía de victoria es la articulación de las propias fuerzas en clave de mayoría social, es importante observar desde dónde se analiza la coyuntura. Para ello, considero clave una receta: ni autoindulgentes ni flageladores. Quien considera que todo va bien y que lo que no funciona es obra de malévolas fuerzas externas se acerca tan poco a la realidad como el que cree que cada paso nos acerca más al abismo. Que se añadan nuevos elementos a la ecuación (léase Podemos) es algo inevitable, porque ya ha ocurrido. Aprovechemos, pues, los marcos que aportan (en términos sociales, no hay nadie que haya desarrollado políticas tan innovadoras como la Diputación de Gipuzkoa) y disputemos aquellos en los que podemos chocar (democracia versus bloque del «no» y procesos constituyentes contra el «ahora no toca»). Hacia la resolución, hemos escuchado melodías basadas en los Derechos Humanos que hasta hace cuatro días eran impensables al otro lado del Ebro. Hacia el cambio político y social, un unionismo democrático pero con el que se pueden acordar programas clave (auditoría y republificación de Nafarroa; planes fiscales todavía más ambiciosos en Gipuzkoa) no debería verse como amenaza sino como ventana. El Frente Amplio soberanista es la verdadera garantía de cambio en Euskal Herria cuando las prioridades de otros agentes miran hacia Madrid. Por eso, no se puede obviar que los riesgos existen. Pero el mayor de todos sería poner en duda la capaciad de este pueblo por creer en sus propias fuerzas y en su infinita habilitadad para hallar soluciones imaginativas. 

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