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El riesgo de la antipolítica

El crédito de PP y PSOE se despeña tras el largo proceso de hachazo social y destrucción de derechos. Lo dice la encuesta publicada ayer por «El País», que certifica cómo la élite política dilapida su credibilidad mientras desmembrana el Estado del Bienestar. Es lógico. El ciudadano español tiene por delante un panorama oscuro. Su administración está entrampada y ha decidido condenar a la misera a la mayoría para salvar los muebles de una casta política y económica intocable. A esto se le suma una estrategia comunicativa basada en el eufemismo y la media verdad; en la rectificación eterna y el «no es así del todo».

En la misma línea, nos encontramos con un PSOE cuya principal acción de la semana es pedir, casi de rodillas, que le dejen el asa de la tijera para ser partícipes de la poda generalizada. El propio diario de Prisa se encargaba de recordarlo en el editorial que acompañaba a la encuesta, donde abogaba por la «responsabilidad» de un acuerdo bipartidista más parecido al Gobierno de concentración... de los mercados.

Ante este panorama, oscilante entre la tragedia griega y el «corralito» argentino, es lógico que muchos ciudadanos españoles hayan optado por una errónea interpretación del bonaerense «que se vayan todos». El ya cada vez más repetido «la culpa es de los políticos».

La explosión de un no matizado «que no nos representan» inquieta. Ni todas las políticas son iguales ni tampoco quienes las llevan a cabo. Para comprobarlo, me remito al discursazo de Sabino Cuadra en el Congreso el día del enésimo hachazo. ¿No nos representan? Parar un deshaucio es hacer política. Paralizarlos todos desde las instituciones y perseguir a sus ideólogos, también.

En el Estado, sin embargo, la rabia ante tanta soberbia de las élites puede ser aprovechada por elementos neofascistas. Como dice el refrán, aunque la mona se vista de magenta, rosa se queda. O algo así. Cada vez más, se escuchan discursos contra los «politicastros» que, sin hacer mención a las élites económicas y a un sistema capitalista injusto, recuerdan peligrosamente a los carteles joseantonianos de hace casi un siglo. La antipolítica dialéctica lleva al amanecer dorado... o al rosáceo.

«Con la que está cayendo» y la que queda por venir, la izquierda del otro lado del Ebro tiene un reto. Los vascos nos vamos, pero siempre preferiré tener de vecino a un Estado gobernado por Syriza que a un nuevo Mussolini.

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