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Herrira como símbolo de Herrira

«Herrira nace con vocación de desaparecer». Se lo he escuchado en infinidad de ocasiones a miembros del colectivo de defensa de los derechos humanos de los presos asaltado el lunes por la Guardia Civil. Lógico. Si el Estado actuase de forma civilizada, si el conflicto se humanizase en claves razonables, las cárceles se vaciarían y no tendría sentido reivindicar cuestiones tan básicas. Todos saldríamos ganando, salvo quienes se sienten cómodos chapoteando en medio del sufrimiento. Por desgracia, son estos últimos quienes mandan sobre las porras y los uniformados, que el lunes nos sometieron a una sesión de «flashback» con la macrorredada que se saldó con la detención de 18 ciudadanos vascos.

Tras leer el auto del juez Velasco y confirmarse la suspensión de actividades de Herrira, parece evidente que el objetivo del Estado es, precisamente, condicionar una pelea que tiene la adhesión mayoritaria de la sociedad vasca. Cálculos políticos y una agenda, la del Gobierno español, que solo avanza como el cangrejo. Sin embargo, también creo que el problema de Madrid va más allá. Lo sé porque me ha tocado discutir sobre ello en muchas ocasiones. Se trata de la pelea del relato. En este caso concreto, se traduce en la obsesión de que el apoyo hacia los presos se desarrolle en Euskal Herria del mismo modo que en un tiempo se vivió el abertzalismo: en la intimidad del hogar. Se trata de una lucha en la que suelen perder los papeles. Porque toca partes íntimas que no nos pueden arrebatar. Porque todos hemos sufrido, y eso no lo negará nadie. Lo que no es de recibo es creer que a base de puñetazos vamos, encima, a olvidar el nuestro. O a no querer a quienes queremos.

Mira que lo han intentado con ahínco. Mira que nos han hecho mil perrerías. Mira que han tenido una prolija y fértil imaginación a la hora de construir muros más altos, caminos más intransitables y pozos más profundos. Lo intentaron con la dispersión, con las listas de 10 amigos, con los cacheos integrales. «¿Venís desde allí?», con una mezcla de incredulidad y admiración, es una frase que cientos de vascos hemos escuchado a las puertas de todas las cárceles hasta las que nos han obligado a desplazarnos. Lo han intentado de todas las maneras posibles y, cuando parecía que no había nada más que pudiesen sacarse de la manga, todavía han encontrado un modo de atornillar un poco más el cepo. Y nada. Parece que siguen sin entender, y no es por darles ideas, que nos iríamos hasta Guantánamo, hasta el puto Polo Norte si fuese necesario. Porque les queremos. Porque les queremos. ¿Os habéis enterado? Porque les queremos en casa. Porque, en colectivo, son una parte de este país e, individualmente y para cada uno de nosotros, personas importantes. Porque son muchísimas más cosas que, en el afán de Torquemada del Estado, ni siquera nos dejan expresarlas sobre el papel. Pero que las sentimos igualmente.

La imagen del trofeo de caza, que tiene mucho de impacto psicológico, era también uno de los objetivos de la redada. Como diciendo «no os paséis de reivindicar derechos que aquí el mango de la sartén lo tenemos nosotros». Sin embargo, al igual que la ejemplar respuesta ciudadana dio la vuelta al mazazo del asalto uniformado, la imagen de ayer en Recoletos quedará como reflejo del momento que todavía no vivimos pero que está por venir. Herrira, los detenidos en la operación contra Herrira, como símbolo de los objetivos de la propia Herrira. La alegría, las lágrimas, abrazarse de forma casi violenta y salir corriendo de una punta a otra de la calle para terminar en un choque emotivo es lo que Herrira demanda para este país. Eso es lo que ocurrió ayer, ante la infeliz mirada de uniformados, a pocos metros de la Audiencia Nacional. Y eso es lo que la mayoría de nuestro país quiere que suceda en todas y cada una de las cárceles donde los presos siguen dispersados. Por desgracia para el Estado, ese anhelo no es propiedad de Herrira sino de miles de ciudadanos vascos.

 

 

 

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