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Terminaremos aplaudiendo a un tecnócrata

La dinámica de los últimos dos meses en el Congreso español se resume por la frase popularizada por doctor Gregory House: «todo el mundo miente». Cada comparecencia es ruido interesado, fuegos de artificio, marketing político de frases redondas pero ningún contenido real. Tanta rueda de prensa no tiene sentido si no te van a contar la verdad y el objetivo de cada uno de los portavoces no es acercarnos más a la luz sino enfocar hacia el lugar de la caverna donde únicamente se ven las sombras que su líder proyecta. No se juega únicamente el pacto, sino también la culpabilidad de quien lo impida, aún cuando las condiciones lo hiciesen imposible. Sé que es repetitivo pero no hay más. Llevamos más de dos meses en un bucle y las condiciones objetivas no han cambiado desde el 20 de diciembre, cuando se abrieron las urnas. Todo este tiempo solo ha servido para la generalización del hastío. Y eso tiene sus riesgos. Que nadie se lleve una sorpresa si los mismos votantes que aplaudían el aumento de la transparencia y la mayor participación social en la política española terminan clamando por un tecnócrata que les permita olvidarse de esta hipermediatizada ceremonia de la confusión.

Una vez hecha la crítica, tengo que admitir que no se me ocurre una solución razonable. Alguien podría argumentar que los procesos negociadores se basan en ese camino entre lo visible y lo visible por el que varias partes transitan hasta llegar a un lugar en común. Sin embargo, para lograr a un pacto lo primero que hay que hacer es tener voluntad y, desde hace bastante tiempo, da la sensación de que lo único que se comparte es el deseo de no quedar como el intransigente que da el portazo. Quizás en esto tenga algo de culpa la sacralización que se hace del consenso como bien supremo, obviando que en ocasiones hay obstáculos insalvables que son los que, precisamente, hacen que existe pluralidad política. «Lleguen a un acuerdo, sea el que sea», es ahora el lema. Hace cuatro días se clamaba el «no nos representan». Mañana, quién sabe.

No pretendo ser ingenuo. En una negociación no se pueden poner todas las cartas encima de la mesa desde el primer momento. Es evidente que la flexibilidad es un valor. Pero estos días me está dando la sensación de que lo único moldeable es el discurso. Todo ello, tomando en cuenta que hay también barreras infranqueables y que no se puede seguir tomando el pelo a la gente como si estas no existiesen. Es evidente que, por ejemplo, los programas económicos de Podemos y Ciudadanos son incompatibles. Las políticas de austeridad de Albert Rivera no casan con las políticas expansivas que propone Pablo Iglesias. No se puede soplar y sorber al mismo tiempo. Y eso por no hablar sobre Catalunya, relegada a último punto en las negociaciones a cuatro para hacer valer la máxima de Cómo Conocí a Vuestra Madre: «de eso se ocuparán los Sánchez e Iglesias del futuro». Lo que se dice es verdad a medias y lo que es verdad no se dice.

No sé cuál es la salida, pero miedo me da que un período de repolitización social y grandes esperanzas termine con un «vivan las caenas» proclamado al unísono en «prime time» y la versión española de Mario Monti  aterrice para salvar a los ciudadanos de su propia democracia.

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