Hay una pauta que se repite con ciertos acontecimientos y es el recurso al «¿Ves? Yo tenía razón». Gana Mamdani en Nueva York, «lo que yo decía», Trump ataca Irán, «ya lo avisé», crece la extrema derecha, «¿qué llevo diciendo años?» Die Linke avanza en Berlín «porque han hecho lo que yo decía»... y así todo. Es decir, la obsesión por pretender tener razón nubla toda posibilidad de análisis serio, que es sustituido por una especie de marketing permanente del autoemprendimiento intelectual. Así, las contadas satisfacciones que nos da el panorama político terminan convertidas en atrezzo para reforzar egos o apuntalar acríticamente estrategias colectivas que lleban mucho tiempo haciendo agua. ¿Cómo puede ser que tanta gente conozca las claves del éxito de Mamdani, de los resultados de Berlín o de la capacidad de movilización de Melenchon mientras en lo suyo va de desastre en desastre? Más teniendo en cuenta que por lo visto llevan toda la vida sabiendo por dónde es. Uno lee sesusos comentarios que explican que estas buenas noticias tienen que ver con razones de todo tipo, algunas sencillamente delirantes, como repetir una y otra vez aquello que a las izquierdas nos sale mal siempre. Lejos de partir del análisis concreto de las situaciones concretas, se limitan a proyectar las opiniones previas de quien firma el diagnóstico. Y así nos quieren mantener ensimismados en rotondas interminables: material frente a identitario, derechos frente a necesidades económicas, instituciones frente a movimientos sociales, clase frente a pueblo..., dicotomías simplistas que anulan la capacidad crítica pero facilitan discursos tan redondos como incapaces de producir cambio alguno. Las izquierdas y los movimientos emancipatorios tienen muy poco que hacer si no salen de esas rotondas. Análisis concretos sobre situaciones concretas, insisto. Inspiración sí, claro, no hay que inventar la rueda cada lunes por la mañana. Pero, como decía Mariategui, nunca calco y copia, sino creación heroica.