Por suerte y por desgracia, heredé un pisito en Iruñea. Está orientado al sur y hace chaflán, tengo luz a raudales y me cocería dentro en estos nuevos veranos del apocalipsis de no haberme podido pagar un aparato de climatización. Hace años, el aire acondicionado me parecía ambientalmente indecente; ahora lo veo tan indecente como imprescindible para la vida. Tengo varias vecinas mayores que viven solas, desde ayer sé que una menos. La última vez que la vi me contó que tenía cáncer, nos agarramos de la manita. Miró a mi balcón, me repitió que en los días sofocantes se acordaba de mí. Cuando empezó la reciente ola holocáustica de calor llamé a su puerta, y le dejé una invitación en su buzón: «chica, vente a mi casa, jugamos a cartas o simplemente te echas una siesta con el alivio de que el aire no te arda». Ayer su sobrina me agradeció el cuidado: Asun no ha sobrevivido al infierno de junio. De verdad que no entiendo a la gente que rehuye de sus vecinas, yo las busco. Mi amada Silvia Allende, aka Mamafolla, me habló en éxtasis de Çatalhöyük: ya tengo un paraíso perdido que replicar donde cabrían todas mis vecinas de todos los tiempos. Floreció hace 9.000 años en la península de Anatolia, actual Turquía. Perduró casi dos milenios, llegando a tener 8.000 habitantes. Es el mayor y más remoto asentamiento humano que se conoce, pero los señoros blancos que dominan en relato de la Historia se niegan a llamarle ciudad, la primera ciudad, de hecho. Porque todas las casas eran similares, no había templos, ni administración, ni jerarquías. No se ha encontrado ni un arma, ¡entre miles de personas! No había siquiera calles: de cada vivienda se accedía a lo común por una escalera hacia una inmensa azotea. ¡Qué fiestas y qué orgías se montarían en aquella terraza sin horizonte! Enterraban a sus muertas en la propia casa, bajo el suelo. Pintaban fantasías en las paredes. Claro que no quieren que sepamos de Çatalhöyük, no vaya a ser que recordemos lo bien que se nos da la multitudinaria y dichosa horizontalidad.