Hace poco me lo contaba un amigo tras una sesión en grupo de catarsis terapéutica con alucinógenos: mucha mala madre. Vamos, que después de sus viajes de sanación supervisados comparten la experiencia, y resulta que los demonios maternos son muy habituales. Ay, las madres, qué obsesión con ellas. Otra joyita que nos ha dejado la modernidad fraguada desde las hogueras donde ardieron las brujas: la concentración del poder, el fin de lo comunal y su consiguiente individualismo familiarista, el heterodestino y la maternidad obligatoria, el binarismo de género obsesivo y su indisoluble misoginia... Porque en Occidente no hay dualismo igualitario, no. Si hay dos, es para que uno sea mejor que el otro. Acabo de terminarme una novela grandiosa, "Un momento de ternura y de piedad", de Irene Cuevas. Una asesina a sueldo que, para mantener viva a su madre suicida necesitada de carísimos cuidados, mata a otras madres por encargo de sus hijos varones. Hasta que se enamora de una de ellas. ¡Amatxo maitia, este sí que es un argumento! Por fin, historias que no reproducen el puto relato del héroe, otra joyita de la que se nos ha empachado y aburrido patriarcalmente desde nuestra supuesta raíz cultural griega, que es pura conquista, porque me dirás a santo de qué nos tenemos que identificar con Ulises o con Penélope. Y lo lejos que nos queda tanto Ítaca como Atenas. Vuelvo a nuestra amorosa sicaria, a sus conmovedoras, locas, divertidas, tristes, lascivas, violentas aventuras, en las que acabará perdonando a su madre y a sí misma. Y follando con Lucia Berlin, la impresionante escritora que tecleaba encabritada por las noches en su cocina con la botella de bourbon siempre a mano, mientras sus tres hijos dormían, porque de día le esperaban mil casas ajenas que limpiar por una miseria. Un regalo que se da y nos da la autora de esta hermosísima novela. Decía la antropóloga Dolores Juliano que perdonar a la madre era también un deber feminista nuestro. Y no os perdáis "Romería", la peli de Carla Simón en cartelera.