Dos conciertos un fin de semana. El del viernes, en una iglesia resignificada. Su retablo, cubierto por la tela negra del escenario sobre la que reposaba el logo gigante del grupo de Oi! que tocaba. Una iglesia en la plaza de un pueblo abarrotada de gente que había pagado no más de veinte euros por entrada. Se oía desde todos los lados y se veía desde todos los ángulos. Si te animabas al pogo cerca del escenario, podías volandear al cantante, que se tiraría más de una vez en plancha al público. Sudaban las paredes en una misa paganísima de unas quinientas personas. Sobre él, los componentes entregados de un grupo, con un recorrido de treinta años dentro de la escena. Esa misma tarde decidí que iría. Con dos amigas. Disfrutamos todo. El sábado, en cambio, otro grupo emblemático, otro estilo, nada que ver. Compré hace un año las entradas. Con ilusión y mucho esfuerzo me dejé 100 pavos en cada una, en contra de mis principios y mis posibilidades, pero había que ir. La adolescente que fui no me hubiera perdonado lo contrario. Cuando encontré mis asientos, rodeada de 15.000 personas, maldije en voz alta. He pagado para que me roben. Así. Así pensé. Como cuando la compañía telefónica o el banco o cualquier ladrón profesional te hace de las suyas, pero sumándole un desencanto en la emoción, en la mismísima garganta. Porque la relación con los grupos de tu vida, aunque ellos no lo sepan (que lo saben) es personal. Y te dejas tus dineros en un plan que ya pintaba absurdo. Porque, amores, ir a un concierto multitudinario es una putísima mierda de plan, por muchos motivos que no caben aquí, a no ser que vayas de eme y tengas otros alicientes. Desde mis asientos no se veía el escenario. Demasiado escorados. Parte de la estructura atravesaba nuestro campo de visión y algunos de los músicos directamente no estaban. No sé en qué momento hemos creído que ver a tu grupo favorito a través de una pantalla a precio de platino es cool o nutritivo. Es una estafa piramidal. Y un insulto a la música. Y al amor. ¡Muerte a los macroconciertos! ¡Que les corten la cabeza!