Ainhoa Güemes eta Zaloa Basabe Blog
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Crepes dulces y capuchas de colores

Después del triste espectáculo que hemos presenciado en las filas del feminismo estos últimos días, yo también me siento obligada a reflexionar y expresar mi opinión sobre lo acontecido al hilo de que la compañera Itziar Ziga publicara el artículo: “El feminismo punk no ha muerto”. Primero, decir que si para tener carné de feminista hay que dejar de pensar, actuar y expresarse libremente, con autonomía plena y responsables de nuestras palabras, yo no quiero esa identificación, que no queda claro quién, cómo y cuándo la autoriza.

Añadir, por otro lado, que el modo de medir por parte de algunas las pretensiones feministas de GARA y NAIZ, y de las diferentes personas que colaboramos en este medio de comunicación, deja mucho que desear. Si se pretende echar por tierra todo el esfuerzo realizado en los últimos años en este sentido, subrayar que, en lo que a mí me toca, y como ya ha remarcado Ziga, seguiré defendiendo que el patio y la plaza son de todas sin excepciones, sin exclusiones.

Voy a intentar contextualizar parte de nuestra práctica política reciente, para después hacer un análisis crítico de algunas de las estrategias, maneras y actitudes que se están normalizando en nuestro movimiento. Después de leer el segundo artículo de Ziga: “Nosotras, vosotras y ellas”, y el que acaba de escribir Idurre Eskisabel: “Beldurrezko ahizpatasunaren aurka”, pienso que hay dos cuestiones relevantes en las que sería importante profundizar. Una concretamente sobre el uso legítimo o no legítimo de la violencia por parte de las feministas. Y otra, revisar nuestra estructura organizativa (las relaciones de poder que entre nosotras se establecen), y aprovechar así esta ciclogénesis para marcar un punto de inflexión en nuestra andadura.

Ainhoa Güemes

 

Crepes dulces y capuchas de colores.

Una estética feminista de postregua en Euskal Herria

 

Antes de arruinar los perfectos y sugerentes pliegues de la crepe que me voy a comer, sentada en una cafetería frente al Museo Orsay, observo los espléndidos y esculturales cuerpos-hembra que representan los seis continentes; absorta con la fuerza que esas gigantas de bronce negro dimanan, no puedo evitar pensar sobre las posibilidades reales de materializar un devenir político, social y afectivo-sexual emancipatorio en Euskal Herria. Poblado de heroínas, es un país perfectamente capaz de surfear el maremoto provocado por la próxima ola feminista, que sin duda (como ya vaticinó Ibarretxe en la inauguración de unas jornadas organizadas por Emakunde), sucederá en nuestras costas.

He viajado a París desde Hendaia en tren, con la intención de bocetar un encargo de la artista Saioa Olmo: “Eromecánica del género”. Ya acomodada en el vagón, entre cabezada y ojeada a las personas que viajan conmigo, me entretengo empezando a tirar del hilo de lo que va ser un corto ensayo sobre las producciones deseantes y la maquinaria social; una indagación maquínico-discursiva de un tipo de saber y de verdad sobre la lesboerótica queer.

Al ritmo del traqueteo maquínico del tren, mi pensamiento se debate entre nenúfares y sanguijuelas, una chica que dibuja, juega con postales y suspira sin nada de disimulo, y a su lado un chico que no sonríe, asemejándose en su profundidad metafísica a un fantasma azul; él es uno de esos animalillos civilizados que reprimen la sonrisa y la llantina, que como sabemos son reacciones afectivas afeminadas reservadas a la privacidad. El chico insiste en que no parezca que tiene un cuerpo, ignora que la importancia de recuperar el cuerpo ha sido uno de los más significativos logros de la izquierda en los últimos tiempos. Quizá crea que su actitud es muy sofisticada. Me alegro por él y su bienestar.

Bueno, procedamos a desbaratar los ordenados pliegues de la crepe. Quizá este acto lejos de acrecentar vuestra libido abertzale feminista (¿hay que decir ahora estatalista?) os quite las ganas de comer bollos y follar con la capucha rosa puesta, pero en el fondo nada en esta vida es para tanto, hay que sufrir lo justo, solo lo justo para ser capaces de dar otro salto mortal a la libertad. Vamos a tragar con un pedazo de dulce crepe la siguiente afirmación, que no ha de ser verdadera, podéis quedaros con la firme convicción de que es falsa de cabo a rabo:

La praxis (trans)feminista y abertzale corre el peligro de perder gran parte de la relevancia y autoridad políticas que históricamente se ha ganado y por derecho le corresponden, y convertirse en una exclusiva y familiar industria de confección de espectaculares capuchas de colores en tiempos de postregua.

¿Habéis tragado ya el pedazo de crepe?

Este es un posible devenir ya parcialmente trazado en el prólogo que Paul B. Preciado escribió en el libro editado por Txalaparta, bajo el título ‘Transfeminismos. Epistemes, fricciones y flujos’, y que abordamos en el levantamiento feminista de Baiona en julio de 2014, en el contexto de un curso de verano organizado por la UEU: ‘Feminismo, multiculturalidad y construcción del Estado Vasco’. Preciado se decantaba en ese texto por una afección cuerpo a cuerpo, pacífica, y por una revolución transfeminista esencialmente molecular, sin pueblo y sin ideología. Dice textualmente en dicho prólogo:

Los gurús de izquierda de la vieja Europa colonial se obstinan en querer explicar a los activistas de los movimientos Occupy, del 15M, a las transfeministas del movimiento tullido-trans-puto-marico-bollero-intersex y postporn que no podemos hacer la revolución porque no tenemos una ideología. Dicen “una ideología” como mi madre decía “un marido”. No necesitamos ni ideología ni marido. Las transfeministas no necesitamos un marido porque no somos mujeres. Tampoco necesitamos ideología porque no somos un pueblo. Ni comunismo ni liberalismo. Ni la cantinela católico-musulmano-judía. Nosotros hablamos otras lenguas.

Quise interpelar a Preciado y lo hice explicándole que estábamos interesadas en mantener un debate público con él, un debate para nosotras prioritario en la actual escena política vasca, y que por distintas vías (como luego pudo verse sintetizado en Baiona), ya estábamos llevando a cabo varias (trans)feministas de la izquierda abertzale. El debate apunta precisamente a la necesidad y el deseo, compartido por todo un pueblo, de constituirnos como Estado independiente en Europa (si es que Europa consigue sobrevivir a este siglo), y hacerlo, claro está, apoyadas en la teoría crítica feminista, sin dejar por ello de defender nuestra ideología. Le dije a Preciado que una ideología, para nosotras, no es otra cosa que una manera de ser y estar en el mundo, siempre revisable, sin blindaje ni acabado, unos valores ético-estéticos que dan cuerpo a nuestra comunidad, y especialmente, al sujeto político feminista y abertzale.

A mí me gusta especialmente ver cómo Preciado le da por el culo a Žižek, sin embargo, cuando leí su prólogo me quedé con una sensación más agria que dulce, ya que de algún modo esa consigna: Decimos revolución,… pero, ¿sin pueblo y sin ideología?, desactiva gran parte de nuestro potencial revolucionario, con el peligro de dejarnos desarmadas. Así se lo hice saber, pero no recibí ninguna respuesta.

Más tarde supe que Preciado había decidido cambiarse el nombre. En un artículo titulado ‘Marcos for ever’, explicaba que “en los últimos años, los zapatistas han construido la opción más seria frente a las (fracasadas) opciones necropolíticas del neoliberalismo, pero también frente al comunismo, que el zapatismo como ningún otro movimiento está inventando una metodología política para organizar la rabia, y reinventar la vida”. Y añadía:

(…) He aquí una de las técnicas centrales de producción de subjetividad política que nos han enseñado los zapatistas: desprivatizar el nombre propio con el nombre prestado y deshacer la ficción individualista del rostro con el pasamontañas.

(…) El nombre prestado, como el pasamontañas, es una máscara paródica que denuncia las máscaras que cubren los rostros de la corrupción política y de la hegemonía: ¿A qué tanto escándalo por el pasamontañas?

(…) Entre los zapatistas, los nombres prestados y los pasamontañas funcionan como lo hacen en la cultura trans los segundos nombres, la peluca drag, el bigote o el taconazo: como signos intencionales e hiperbólicos de un travestismo político-sexual, pero también como armas queer-indígenas que permiten enfrentarse a la estética neoliberal. Y esto no a través del verdadero sexo o del auténtico nombre: sino a través de la construcción de una ficción viva que resiste a la norma.

(…) Me permito desde esta modesta tribuna responder al subcomandante Galeano diciéndole que a partir de ahora firmaré con mi nombre trans Beatriz Marcos Preciado.

 

A lo largo de los últimos años, se han dado distintos episodios performativos en los que la reinvención objetual y simbólica de la capucha gudari o guerrillera ha funcionado como estrategia de transformación y como protesta o cuestionamiento político. En agosto de 2008, en la White House de la Calle Amistad, en Bilbo, las Gudari Kings escribieron su manifiesto inaugural y confeccionaron media docena de pasamontañas con ganchillo rosa fucsia. Gudari Kings es un colectivo formado por varias compañeras de militancia en diferentes grupos organizados de la izquierda abertzale, unidas por su interés por el arte, y por su militancia en Jarrai durante los años de adolescencia. Gudari Kings nació y se desarrolló antes de la declaración del alto el fuego por parte de ETA.

Cuando los comisarios de la muestra de arte ‘Suturak // Cerca a lo próximo’, Xabier Sáenz de Gorbea y Enrique Martínez Goikoetxea les invitaron a participar en el txoko feminista y les entrevistaron, ellas dijeron:

Todo es muy espontáneo, si acudimos juntas a algún taller o charla y algo nos produce curiosidad o alguien despierta nuestro interés, pues nos ponemos manos a la obra; eso ocurrió cuando decidimos repartir un acto seriado de una tesis doctoral en la puerta de Montehermoso; es lo que ocurrió también con la foto en la que posamos delante de la estatua de Sabino Arana, en Jardines de Albia. En las jornadas de perspectivas feministas, producciones artísticas y teorías del arte organizadas por Arakis y Méndez, escuchamos la intervención de la investigadora y comisaria de arte Bojana Pejic, y decidimos hacerle una entrevista para publicar en el blog de Naiz: ‘Libre, Tropikala eta Feminista’. Pejic escribió su tesis sobre algo que había odiado durante toda su vida: los monumentos públicos. Ella dice que como crítica de arte escribía sobre arte conceptual, vídeo y performance y “el arte al servicio del Estado” era algo que no le interesaba en absoluto. El paisaje de monumentos conmemorativos no le interesaba personalmente, pero sí las obras que eran realizadas por artistas contemporáneos. Para ilustrar la entrevista que las Gudari Kings le hicimos, nos envió una foto suya frente al monumento de Mosa Pijade, en Belgrado, y nosotras le respondimos con una foto-performativa junto a la estatua del fundador del nacionalismo vasco, Sabino Arana, rememorando el primer verso de nuestro manifiesto: “Safo se folla a Sabino”.

http://www.naiz.eus/es/blogs/libre-feminista/posts/arte-y-estado-en-la-antigua-yugoslavia

 

En febrero de 2012, el colectivo ruso de punk feminista Pussy Riot, con mallas y capuchas de vivos colores, ofreció un concierto improvisado y sin autorización en la Catedral de Cristo Salvador de Moscú. Como consecuencia de este acto revolucionario, tres miembras de la banda fueron arrestadas y acusadas de vandalismo. Fueron condenadas a dos años de cárcel. El juicio ha sido comparado con un juicio-espectáculo, muy propio del sistema neoliberal que soportamos. Después, su impresionante indumentaria ha sido utilizada por diversos grupos feministas en distintos actos lúdicos y de protesta.

Es una paradoja comprobar que las revolucionarias feministas, vascas o rusas, para ser vistas y escuchadas, tal y como subrayó una de las componentes de las Gudari Kings en su primera aparición pública en el Hikateneo de Gasteiz https://vimeo.com/14966903, han de cubrirse con una capucha que oculta y deshace su rostro, y además una capucha colorida, visualmente jocosa y muy llamativa.

 

El rostro tiene que ser destruido

si quiero sobrevivir. Me muevo en una danza

serpenteante. Hacemos el mono. Devenimos animales

provocando profundos movimientos

de desterritorialización. El rostro es Cristo,

es el hombre blanco,

son Barbie & Ken Superstar. Ordenador central,

tercer ojo, el triángulo edípico.

 

Una X o una Y. El rostro

es la máquina terrorífica que propaga las ondas

de lo Mismo hasta la extinción de lo que no se deja

identificar. 0 y 1. Rostro despótico,

su extrema crueldad solo es comparable

a su extrema estupidez. Quiero partir, huir

del eco de esa absurda liturgia, atravesar

el horizonte en un barco de vela.

Fluidos potenciales que se liberan

y oscilan en alta mar.

 

 

Una vez contextualizada (de un modo muy parcial ya que hay multitud de ejemplos en este sentido) la reciente fabricación feminista de capuchas burlescas de colores, volvamos a la engorrosa afirmación:

La praxis (trans)feminista y abertzale corre el peligro de perder gran parte de la relevancia y autoridad políticas que históricamente se ha ganado y por derecho le corresponden, y convertirse en una exclusiva y familiar industria de confección de espectaculares capuchas de colores en tiempos de postregua.

Hay dos preguntas que rondan últimamente mi cabeza (y con más intensidad después del revuelo que ha ocasionado la protesta de Ziga), y que sostienen que la anterior hipótesis es veraz (pero ya os digo que sois libres de pensar lo contrario, cada cual es responsable de la lógica que alimenta su praxis política).

Las cuestiones son: ¿Qué ocurre cuándo el uso de un sujeto o de un objeto con intencionalidad transgresora y emancipatoria, por la mecanicidad de una producción en serie, y por la continua repetición y espectacularización de sus formas, gestos o posturas pierde gran parte de su potencial político revolucionario?

Por otro lado, ¿qué ocurre cuando para la puesta en marcha del dispositivo de exposición y denuncia pública protagonizada por uno u otro colectivo feminista encapuchado, dispuesto a deshacer el rostro del Uno significante, se suprime, se minimiza o se prescinde de la fuerza de otras agentes feministas revolucionarias, eludiendo o negando incluso su existencia y su agencia política?

Preciado tuvo noticia de los debates, preocupaciones y retos que las feministas abertzales estábamos desarrollando; también le remitimos los videos de las Gudari Kings, varios textos y la información sobre las jornadas que se iban a celebrar en Baiona, pero lejos de mostrar interés, optó por no establecer ningún tipo de comunicación con quienes le estábamos interpelando. Obviamente, como vimos más tarde, le han interesado mucho más los pasamontañas zapatistas que las capuchas de las gudaris feministas. El hecho de que el prólogo al que nos referimos fuera editado por una editorial como Txalaparta, con una línea marcadamente política, tendría que haber facilitado de algún modo la comunicación y la discusión abierta entre feministas de diferente ideología, ¿o acaso existen feministas sin ideología?

Sorprendentemente, la desautorización en nuestros grupos de una determinada fuerza revolucionaria se establece con los mismos medios con los que el capitalismo se apropia de las producciones deseantes disidentes. Y luego nos preguntaremos atónitas: ¿Cómo consiguen los gurús de los mass media del régimen incautar y requisar, es decir, atribuirse los esfuerzos que no son suyos, para usarlos en nuestra contra? Pues parece que en gran medida les hacemos el trabajo sucio. Porque tanto la negación interesada, el silenciamiento, la ocultación y el desapoderamiento de las otras con fines que muchas veces solo persiguen la originalidad y autoría propias de un acto en cuestión, son tácticas normalmente utilizadas también entre feministas. Luego lejos de darse una transmutación liberadora favorable para el conjunto, lo que se consigue en parte es reproducir la lógica del mercado capitalista, en la que solo unos pocos/as privilegiados/as destacan, se hacen oír, lideran, ordenan, se exhiben ante sus fieles seguidores y seguidoras, tienen éxito y ganan. Aplausos. Pan y circo.

Por esta razón, en mi opinión, nos debatimos ahora entre los hilos tensados de una compleja trama publicitaria, de una producción casi serial de capuchas de colores y otros objetos atrayentes, visibles transgresiones espectaculares, mediáticas en el peor sentido, más  vistosas y vacuas que molestas o empoderantes, y la (im)posibilidad de, por un lado, pactar alianzas duraderas, y por otro, sentar las bases políticas y económicas de lo que podría llegar a ser Euskal Herria en un futuro real y compartido, a partir de unos principios éticos basados en la sororidad feminista. Y escribo (im)posibilidad porque la posibilidad está ahí, a la misma altura que la no posibilidad. Personalmente, creo que formarse políticamente, saber de qué hablamos cuando hablamos de feminismo y socialismo, contextualizar históricamente estas grandes palabrejas y ponerlas en relación, dotarlas de actualidad una vez estudiado su largo y angosto recorrido, es mucho más aburrido que tejer una capucha de ganchillo y salir a la calle con ganas de alterar la obtusa cotidianeidad del paisaje. Pero si no hacemos el esfuerzo por formarnos políticamente, si no usamos el cerebro para llegar a ser más listas, de poco nos sirve adornar la cabeza con un pedazo de tela.

No quiero dar a entender con esto que me parecen inútiles y contraproducentes algunos gestos y posturas tan explícitas como seductoras, tan directas como deseadas, tan ideológicas o más que determinados gestos de la política tradicional falogocéntrica (que siendo también hegemónicas en la izquierda radical han dado forma y contenido a la lucha de la izquierda abertzale y a la cultura gudari durante décadas). Estoy de acuerdo en muchos de los aspectos que Preciado subraya en ese prólogo. No cabe la menor duda de que es muy positivo (al mismo tiempo que se debate sobre el uso legítimo o no de la violencia) desplazar viejas prácticas erótico-discursivas y depositar nuestra esperanza emancipadora en otras prácticas placenteras que tienen que ver con nuestro bienestar físico y con nuestro gusto estético (la estética no solo como placer retiniano, sino contemplada también como producción de una sensibilidad ideológica).

La ideología es una construcción social que concierne al cuerpo, a un cuerpo que desea, produce, crea y se comunica. No hablo de un fracaso en la manera global o local de construir discurso feminista o abertzale, ni estoy aquí apuntando a una supuesta falta de coraje político, hablo de una (im)posibilidad real de hacer frente desde el activismo feminista a muchas de las poses de la sociedad del espectáculo, que en su recurrente repetición serial y discursiva acaban por reproducir las relaciones de saber y de poder que mutilan las diferencias, y en consecuencia, minimizan o anulan las voces disidentes (las que funcionan con otros códigos) dentro del propio movimiento autónomo (trans)feminista, abertzale y libertario.

Es habitual achacar a la política posclasista una muy mala práctica que tiene que ver con huir de cuestiones desagradables globales para refugiarse en los éxtasis corporales. Lo que se le puede achacar al movimiento (trans)feminista, no es tanto la búsqueda de un refugio en los éxtasis corporales sino una peligrosa idealización de las relaciones personales (y lo personal supuestamente es político) que se establecen en sus filas a través de endiosados liderazgos; a menudo huimos de una cuestión desagradable que apunta al mal uso que nosotras mismas hacemos del poco poder que logramos tener. La liberación de nosotras mismas (del corpus en que hemos sido adoctrinadas y domesticadas) es el proceso más intrincado de emancipación que hemos de ser capaces de acometer.

La falta de autocrítica organizativa dentro del movimiento (trans)feminista y abertzale está permitiendo la reproducción de relaciones de sumisión (en el sentido de dejación, de falta de responsabilidad) y liderazgo abusivas, nada fructíferas. No puede desarrollarse la lucha contra los poderes externos más opresivos sin un ejercicio de autocrítica y denuncia de nuestros malos hábitos y abusos de poder. Por algo el feminismo ha insistido a lo largo de la historia en comprender el entramado de las redes de poder, denunciado la subordinación de las mujeres, de los otros diferentes, de las y los anormales, de quienes muestran su desacuerdo.

No es posible alcanzar la hegemonía política surfeando sobre una ola hawaiana, en algún momento habrá que bajarse de la ola por necesidad para pisar tierra. Porque para adorar diosas tenemos un magnífico Olimpo. Nuestra lucha emancipatoria, aunque una contienda de altos vuelos, está amarrada a la corporalidad y la afectividad, al desarrollo creativo de las relaciones materiales. Por supuesto, si el placer de unas pocas imposibilita el placer de otras muchas, si las seducciones estéticas “hegemónicas” (si las tendencias actuales de moda transfeminista) no nos satisfacen a todas por igual y con la misma intensidad (incluso nos producen cierto desasosiego y rechazo), habrá que adentrarse en nuevas regiones de la percepción y la sensación, con el sano objetivo de que no se reproduzca una y otra vez aquello que nos desautoriza como fuerza colectiva y como sujetos afectivos individuales y autónomos.

La estética nació como discurso del cuerpo, ese cuerpo de batalla que se manifiesta en la escena política sabrá luchar y posicionarse en la medida en que practique la disidencia crítica con una norma (sea interna o externa), cuestionando formas de relación en cuadrilla y manada, alterando por medio de otras prácticas físico-discursivas aquellos comportamientos socialmente aceptados no satisfactorios.

Una acción política efectiva en estos tiempos que nos toca vivir, y aunque consciente de que quizá no lleguemos a ver el fruto maduro de nuestras acciones (otras y otros lo disfrutarán por nosotras, y eso es motivo de alegría), sería sentarnos a revisar detenidamente nuestra historia recién pasada, ir despacio y marcar puntos de inflexión, ver cuáles son los barrancos en los que nos hemos despeñado, saber realmente qué ideología alimentamos, qué tipo de cosas estamos pactando con las otras y en qué condiciones, porque la voracidad del ego y la velocidad del capital todo se lo traga.

Llevamos demasiado tiempo resistiendo, dañando el cuerpo, dejándonos adiestrar para saber huir del sometimiento. Hemos fracasado, nos hemos decepcionado, y nos hemos vuelto a convencer de que merece la pena continuar esforzándose. Nuestra identidad ha sido modelada sobre la rueda imparable y arrolladora de la violencia policial legitimada por los Estados. Hemos crecido física y políticamente con una ideología y junto a una comunidad fuerte. Somos fuertes, ahora se trata de ser más inteligentes. No todas jugamos en la misma liga y esto no es una competición, sino un viaje experimental. No creo, sinceramente, que el postrauma de la represión política se solucione exhibiendo serialmente y a golpe de anuncio publicitario una capucha de colores en este tiempo de postregua. Necesitamos acordar una coherente exposición de motivos, ver con qué recursos y medios elaboramos nuestro pensamiento; razonar y sintetizar, decidir en qué dirección nos dejamos sentir y actuar juntas.

La estética fue una respuesta necesaria de algunos intelectuales al absolutismo político del antiguo régimen. Detenerse a contemplar el cuerpo dañado, todavía blindado, con erotismo y amabilidad. Apreciar lo blando y no mostrar una actitud invasiva y hegemónicamente machacona, de mal gusto, omnipotente, irrespetuosa con las otras diferentes, y que no abarca más allá de un radicalismo puramente espectacular. La estética es la ciencia de la capacidad de sentir, una vía de autoconocimiento y producción común de valores, también de predisposiciones corporales.

Y no estoy diciendo que si es necesario no haya que enfundarse una capucha y romper un bate en la cabeza de un agresor. No estoy diciendo que prescindamos de la fuerza emotiva de las capuchas. Tampoco estoy diciendo que tenemos que ser todas buenas amigas, no conflictuar y santa paz, porque eso es imposible. Lo que estoy intentando decir es que una capucha no tiene el poder de ocultar nuestras propias deficiencias intelectuales y organizativas. No nos conviene exteriorizar y mantener una actitud tiesa, demagógica y egoico-espectacular con las propias compañeras de viaje. La desautorización mutua no ayuda en absoluto a establecer nuevas alianzas con otras feministas, con quienes hemos de recrear este mundo y recrear Euskal Herria, desde posiciones ideológicas y estéticas a veces enfrentadas, y otras veces, más cercanas y conjugadas de lo que a menudo nos permitimos imaginar.

Es interesante encontrar un equilibrio entre el mundo de las sensaciones con el mundo de la razón (la más inmaterial de las facultades). Nuestros cuerpos son vulnerablemente perceptivos, lo atrevido y novedoso no es espantar a la otra con un postureo irritante o neutralizarla con un silencio atronador. Un grupo feminista puede ser o no un espacio propicio para hacer amigas, pero lo que sí ha de ser es un espacio para hacer política y consensuar estrategias.

Claro que hay poderes externos opresivos más devastadores que nuestras míseras actuaciones domésticas, pero eso no nos libra de profundizar en la propia ineptitud, y llegar a descubrir y respetar la ley de las profundidades de otros sujetos muy diferentes a cada una. La confianza de los sentimientos es una poderosa fuente de cohesión grupal, y no es en absoluto una forma precaria de alcanzar grandes objetivos políticos. No en vano, la tarea de la hegemonía política es producir las precisas formas de subjetividad que conformarán la base de la unidad política, aquí en Euskal Herria y en cualquier otra comunidad. Y será esa unidad entre diferentes la que nos permita, dependiendo de lo consensuado entre los múltiples sujetos, constituirnos o no constituirnos en Estado Vasco, y ojalá este llegue a ser algún día un Estado socialista y feminista, aunque nosotras no lo lleguemos a ver, de nuestras acciones depende que otras y otros si lleguen a verlo y a disfrutarlo algún día.

El misterio de la dulzura de la crepe y sus perfectos plegamientos es el misterio del objeto estético como ideología, es decir, como pensamiento ordenado de lo que deseamos crear, diseñar, afectar, construir, efectuar y experimentar. La cohesión, la anexión, los acoplamientos no elitistas ni excluyentes, las formas más blandas y seductoras de ganarse a ese otro y a esa otra, tan diferentes, tan raros, tan anormales.

Supongamos que el poder de la otra me ha marcado, y que al mismo tiempo mi profunda subjetividad ha marcado su forma corpórea e íntima, que me he sumergido en la fuente de su poder y en la lógica de su esencia. Supongamos que a las dos nos conviene por igual (o a las múltiples y diferentes, cuyos gustos y procederes estético-ideológico-discursivos no coinciden en absoluto pero se retroalimentan), y que lo que ahora importa es que un juego de seducción mutua ha comenzado, y que este juego desafiante, lejos de someternos a la estética e ideología ajenas, lejos de asimilarnos la una a la otra, de mimetizarnos la una en la mismidad de la otra, muy lejos de reconciliarnos con el amo y con la policía del discurso, con el poderoso significante falocrático y sus espectaculares logros, nos puede conducir a una nueva alianza, gracias a la cual seremos capaces de trocar, apoyadas en el conocimiento crítico feminista y marxista, esas relaciones personales, sociales, intelectuales y materiales que tan poco nos satisfacen y nos aportan hoy a la mayoría.

Los coloridos pliegues de la capucha y los azucarados pliegues de la crepe ocultan urdimbres y tejidos blandos muy blandos, que ni la tiesa idea de hegemonía ni las rígidas relaciones ni los gestos grandilocuentes de poder mediático debieran dañar.

 

Ainhoa Güemes

 

 

 

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