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Carrera contra el reloj en Westminster

Asistimos a una carrera contra el reloj en la que la oposición, con la ayuda del presidente del Parlamento (speaker), John Bercow, trata desde el sábado y por todos lo medios de evitar que Johnson presente a votación el acuerdo alcanzado con la UE sobre el Brexit.

Ello revela la creciente conviccón de que el primer ministro británico acaricia –cuando no los tiene ya asegurados– los 320 votos necesarios (a los 650 diputados hay que restar los 7 de Sinn Féin y los 4 del speaker y de sus tres secretarios) para que salga adelante su propuesta.

Johnson, que la semana pasada contaba solo con 259 votos seguros, se habría asegurado el apoyo de la gran mayoría de los 21 brexiters recalcitrantes conocidos como los «espartanos» y de otros tantos tories que fueron purgados por el propio premier por votar la Ley Benn (por el nombre de su promotora, la laborista Hillary Benn), que obligaba al gobierno a pedir una nueva prórroga en caso de no acuerdo sobre el Brexit.

Se da la circunstancia de que fue uno de estos últimos, Oliver Letwin, quien el sábado forzó esa petición de prórroga al añadir una enmienda a la ley Benn para blindar aún más esa ley. Su objetivo era impedir que el acuerdo de salida ordenada pudiera quedar en papel mojado en la tramitación posterior de las disposiciones legales del tratado internacional de salida de la UE. 

Hace tiempo que en Westminster nadie se fía de nadie. Y no es para menos. «Traicionados» por un acuerdo que establece una frontera en el mar de Irlanda entre el norte ocupado de la isla y el Reino «Unido», los 10 diputados unionistas del DUP, a cuyo apoyo ha renunciado ya Johnson, votaron el sábado a favor de la enmienda Letwin.

Pero el inquilino del número 10 de Downing Street confía en suplir los votos de los que hasta ahora eran sus socios de gobierno por los de una veintena de diputados laboristas e independientes que se deben a cinrcunscripciones que votaron Brexit y que suspiran por votar una salida con acuerdo, sea el que sea.

El propio Letwin, tory remainer que el sábado frustró la ansiada votación del acuerdo de Johnson, ha asegurado hoy que votaría a favor del mismo si tiene garantías de que no hay marcha atrás.

Con ese objetivo, el gobierno ha intentado someter a votación su acuerdo a través del mecanismo de meaningful vote (votación significativa). Su objetivo era votar «a la totalidad» los principios del tratado internacional, en un intento de despejar desconfianzas.

Pero el speaker Berkow ha rechazado esta votación aduciendo que el gobierno intentaba forzar un segundo pronunciamiento sobre el mismo asunto. Ya lo hizo el presidente del Parlamento al rechazar una propuesta de votación de la antecesora de Johnson, Theresa May, pero no son pocos lo que alertan de que, esta vez, el speaker, camina en una delgada línea entre lo que son los usos y  competencias consuetudinarias inherentes a su importante cargo y su posicionamiento político sobre el Brexit.

No es menor la encrucijada en que se halla la oposición británica, a la que tan solo une hoy la oposición al acuerdo de Johnson, como ayer la oposición a su clon, el acuerdo de May. Los laboristas, principal fuerza opositora, se hallan tan divididos al interior de sus filas como respecto a formaciones como los liberal-demócratas e incluso los escoceses del SNP.

Así, mientras el sector blairista y proUE exige a cambio de dar luz verde al nuevo acuerdo un segundo referéndum entre este último y la permanencia en la UE, el líder del Labour, Jeremy Corbyn, rechaza de plano el acuerdo y propone asegurar una nueva prórroga, una moción de censura a Johnson, elecciones anticipadas y la negociación de un nuevo acuerdo que, ese sí, sería sometido a referéndum de ratificación.

Muchas carambolas y supuestos, entre otros el de que la UE accediera a una nueva prórroga y, más importante aún, el de que Corbyn ganara esos comicios.

Lo que está claro es que, dos años después y tras una vorágine de prórrogas y de votaciones en Westminster,  la credibilidad de la clase política británica está en sus niveles mínimos y está llegando a afectar a la joya de la corona, al propio parlamentarismo británico.

 

 

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