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Claves de la victoria de «Brexit» Johnson

La incontestable victoria electoral de Boris Johnson se ha cimentado en la conjunción de varios factores.

De un lado, el hartazgo proactivo de un electorado (inglés) que, aunque por poco margen, votó claramente Brexit en junio de 2016, y que ha asistido a más de tres años y medio de bloqueo político y parlamentario total, coronado con una campaña electoral en la que la oposición laborista liderada por Jeremy Corbyn prometía de forma un tanto ambigua un segundo referéndum e incluso los liberal-demócratas han llegado a alardear de que simplemente invalidarían el primero y mantendrían a Gran Bretaña en la UE «por decreto».

Ese electorado ha zanjado el asunto y ha decidido aprovechar los comicios anticipados votando realmente en un segundo plebiscito a favor del Brexit y otorgando una aplastante mayoría electoral a Johnson. El histriónico exalcalde de Londres ha concentrado además el voto brexiter de los electores ultras y xeonófobos de Nigel Farage, quien le hizo el favor de no presentarse en las circunscripciones en las que los conservadores eran los favoritos.

La simplicidad del mensaje del Gobierno ha permitido además que los conservadores hayan abierto brecha en la llamada Muralla Roja, que desde Gales hasta el nordeste de Inglaterra hacía de parapeto laborista. Y lo han hecho arrebatando circunscripciones en su día obreras y mineras que votaban laborista desde prácticamente siempre (1935) y que han sufrido un largo y feroz proceso de desindustrialización.

En este sentido, y salvando las distancias geografico-culturales, el fenómeno recuerda al voto airado del electorado blanco del desindustrializado Cinturón del Óxido (Rust Belt) a Donald Trump en las presidenciales estadounidenses, voto que le dio  la vcitoria, ajustada pero victoria, en los llamados Estados clave.

Pero, como ocurrió entonces, convendría huir de la brocha gorda al analizar los resultados de ayer en Inglaterra y Gales. Trump ganó en aquellos Estados por un puñado de votos (lo que le permitió llevarse todos los votos electorales de aquellas circunscripciones y llegar a la Casa Blanca pese a que cosechó 3 millones de votos menos que Hillary Clinton.

En la misma línea, el sistema brutalmente mayoritario británico permite a los conservadores una holgadísma mayoría absoluta pese a que prácticamente empatan en proporción de votos  con la suma solo de laboristas y liberal-demócratas.

Ese dato no impide constatar el fracaso, y al fin y al cabo, el final de la carrera política de Corbyn. Su mensaje claramente izquierdista no ha servido para conjurar su temor, fundado a la vista de los resultados, de que una apuesta clara contra el Brexit era una trampa. El problema es que la ambigüedad por la que optó (prometiendo «neutralidad») ha hecho un flaco favor a su campaña. Lo que, unido a su histórica posición crítica con la UE, le ha impedido por otra parte sumar votos proUE.

Habrá tiempo en los próximos días para analizar el efecto de la campaña de acoso y derribo contra Corbyn, entre otras cosas por su supuesto antisemitismo, su gancho electoral más allá del electorado de izquierdas, y sobre todo, la cuestión crucial que cruza el debate en el seno de la izquierda entre posibilismo-realismo social para ganar unas elecciones en las que es necesario seducir a la, aunque depauperada, aún mayoritaria clase media.  

Pero ahora toca analizar en caliente un triunfo, el de Johnson que, como insisto desde el primer párrafo, se ha dado en una clave absolutamente inglesa. Porque el incontestable triunfo del inependentismo escocés del SNP certifica que, mientras ha logrado horadar la Muralla Roja que separaba geográficamente a laboristas y conservadores, el Brexit ha erigido una nueva y cada vez más alta muralla entre Escocia e Inglaterra.

¿Habrá Brexit antes de un segundo referéndum de independencia en Escocia? ¿O debería ser al revés?

Finalmente, este rápido análisis no puede concluir sin una referencia a los resultados en el norte de Irlanda, donde los dos escaños perdidos por los unionistas del DUP por su insistencia en restaurar la frontera con el sur de la isla han ido a parar a las formaciones proUE del SDLP (socialdemócratas irlandeses) y al Partido de la Alianza. Sinn Féin se mantiene.

 

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