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Cumbre Trump-Kim, una cita tan histórica como retórica

El apretón de manos entre Trump y Kim escenifica el inicio del fin de la guerra de Corea, pero una primera lectura del acuerdo en la cumbre de Singapur  evidencia que EEUU y Corea del Norte siguen mirándose de reojo a la hora de comenzar a cimentar la paz.

El hecho de que se reunan los líderes de dos países que siguen técnicamente en guerra (en 1953 se firmó un armisticio, no la paz) es un hito. Y no solo por lo inédito del encuentro. Y es que la vorágine informativa diaria, como el abuso del calificativo de histórico, tiene un efecto relativizador que nos hace olvidar que hace unos meses ambos se amenazaban mutuamente con aquello de a ver quién lo tenía (el misil) más largo...

Ahora bien, y aun teniendo en cuenta que la semántica de los acuerdos que trascienden en las cumbres es habitualmente genérica –los detalles, donde está el diablo, se negocian en otros foros–, el rubricado por Kim y Trump va muy poco más allá de una declaración de intenciones sin calendario alguno. Incluye el compromiso para la desnuclearización de la península coreana por parte de Pyongyang, y aunque en el prólogo reafirma que es «firme», no explícita que vaya a ser «verificable e irreversible», como exigía Washington.  

Tampoco EEUU va más allá del «compromiso para suministrar garantías de seguridad a la República Popular Democrática de Corea (RPDC)». Así, la única mención en el documento a Corea del Sur, donde el Ejército estadounidense tiene desplegados a 30.000 soldados, es implícita cuando señala que «EEUU y la RPDC unirán sus esfuerzos para construir un régimen de paz durable y estable en la península coreana».

Tras la cumbre, Trump concretó su parte del compromiso al anunciar que EEUU suspende las maniobras militares conjuntas con Seúl, «esos juegos de guerra tan caros». Y pese a «desearía traer algún día a los soldados a casa», señaló que ese tema no ha estado en la mesa de negociaciones. Anunció, además, que a cambio de su gesto Kim destruirá «muy pronto un gran laboratorio», pero de motores de misiles balísticos.

Y aquí llegamos al quid de la cuestión, el de los beneficiarios del acuerdo. No hay duda de que el mundo está mejor cuando los dos peligrosos líderes de ambos países se dan la mano. Y ambos serán peligrosos, pero uno parece más listo que el otro. Kim ha logrado el reconocimiento diplomático mundial, y lo ha hecho sin firmar mayores compromisos que los que asumió su padre y antecesor, Kim Jong-il, en los finalmente frustrados procesos de negociación de 1994 y 2005.

Por contra, Trump ha puesto su rúbrica a un texto que, como mínimo, adolece de las mismas «inconcreciones» con las que ha justificado su marcha atrás en el acuerdo nuclear con Irán. Por lo que, habida cuenta del carácter imprevisible del inquilino de la Casa Blanca –el 24 de mayo, hace menos de 20 días, anunció que no iba a la cumbre que tuvo lugar finalmente ayer–, no es descartable, más bien es hasta probable, una nueva sorpresa por parte de Trump. Y ojalá me equivoque, pero ocurre que la mano en el fuego quema.

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