Dabid
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Hartazgo saudí por la guerra, esperanza de paz yemení

Sin obviar los buenos auspicios mediadores de Noruega y de la ONU, los avances en el diálogo en Yemen, patentes en este primer gran intercambio de prisioneros de guerra, evidencian el agotamiento de ambos bandos, conscientes de que libran una guerra que no pueden ganar.

Sobre todo el de Arabia Saudí, que lanzó en marzo de 2015 una campaña de bombardeos relámpago que no ha conseguido que los huthíes perdieran poco más que un palmo de territorio y que ha castigado con masacres y bloqueos alimentarios y sanitarios a la depauperada población yemení, para escándalo de todo el mundo.

Al contrario, los huthíes, feroces y temerarios guerreros, resisten y han puesto en un brete a la sátrapa saudí atacando con cohetes y con sabotajes sus instalaciones petroleras con la ayuda inestimable del arsenal iraní por intermedio del Hizbullah libanés.

Por si esto fuera poco, las fisuras en el seno tanto de la coalición suní como al interior de las fuerzas yemeníes alineadas con el Gobierno en el exilio han debilitado aún más su posición.

Emiratos Árabes Unidos no tardó en mostrar que tenía su propia agenda y ha utilizado el malestar del Consejo de Transición del Sur para con un Gobierno con afán centralizador para poner una pica en Yemen –la estratégica isla de Socotra está en manos emiratíes– y para socavar la histórica preeminencia de Arabia Saudí en Yemen.

El cuadro se completa con la incapacidad del Gobierno en el exilio de Abdo Rabbu Mansur Hadi de lograr el apoyo de los distintas tribus y entidades que conforman el Yemen.

No solo no satisfizo, siendo él originario del sur, las reclamaciones autonómicas de los sudistas, nostálgicos de la desaparecida República de Yemen del Sur.

Ni siquiera ha logrado el apoyo de las tribus del centro-norte del país y de la juventud progresista de Sanaa que protagonizó la revuelta de la primavera de 2011 y destronó al presidente Ali Abdullah Saleh.

Ello permitió a los huthíes, movimiento político-religioso de la minoría zaidí (chií) que vive en el norte montañoso de Yemen y que lleva décadas luchando contra el centralismo y la prepotencia de Sanaa, aprovechar la crisis y dar un golpe de mano que les llevó al poder.

Cinco años después, la satrapía saudí no logra disimular su hartazgo por la implicación en una guerra de suma cero en la que, para más inri, sus «aliados» emiratíes han aprovechado para subírse a sus luengas barbas.

Otra cosa es si sale, y cómo, del laberinto al que su propia prepotencia, y la mano iraní, le han conducido.

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