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La explicación más sencilla y a la vez la más aterradora

Las teorías conspirativas no han tardado en asomar tras la devastadora explosión en el puerto de Beirut. Comprensible, si tenemos en cuenta que Líbano, por su posición geoestratégica y su complejidad etnico-religiosa, ha sido y es escenario de la pugna entre potencias regionales e internacionales. Terreno abonado, por tanto, para sospechar de una o varias manos negras ante semejante desastre.

Ocurre, sin embargo, y como en tantos casos, que la explicación más sencilla es la más plausible. Nadie en ese Estado multiconfesional y sectario se preocupó de que un hangar del puerto albergara miles de toneladas de nitrato dde amonio, una sustancia de altísimo riesgo inflamante. Ni siquiera se preocuparon los que lo trajeron de Georgia o los que, una vez requisado, se hicieron cargo de un materia que, no se olvide, además de un potente fertilizante, sirve para fabricar explosivos.

¿Quién decidió que se quedara almacenado en plena ciudad? Algunas fuentes se han apresurado a apuntar a que Hizbullah habría tenido algo que ver en ello. Pero, siendo la más fuerte, no es la única milicia, sin olvidar a los grupo armados por viejos señores de la guerra ; e incluso al Estado Islámico, que trató de infiltrarse en Líbano desde la vecina guerra siria.

Lo que parece más evidente es que estamos ante una conjunción de desidia gubernamental y e interés despreocupado de algunos por no desprenderse de semejante «bomba». Todo menos un simple accidente trágico.

Porque la explicación más sencilla suele ser asimismo la más aterradora.

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