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¿Por qué ahora sí en Bielorrusia?

Para los que seguimos la actualidad internacional desde hace años resulta sorprendente la inusual sintonía mundial, desde Rusia hasta EEUU, a la hora de, si no denunciar abiertamente, por lo menos de dejar solo al presidente Lukashenko con su victoria.

Coincidencia a la que ha se han sumado esta vez, con algunas excepciones, todos los analistas del espacio postsoviético.

No es la primera vez en la que Lukashenko reprime sin contemplaciones a la oposición. Como tampoco es la primera vez en la que vence con unos resultados electorales que, de tan abrumadores, resultan como poco sospechosos.

Son las sextas elecciones en las que arrasa el presidente y es harto probable que el resultado electoral anunciado se acercara a la realidad solo en su estreno, en 1994. Lo que no quiere decir que «Shasa» no haya tenido ni tenga apoyos muy superiores al 3% que le endosa la oposición prooccidental.

El tema aquí no va de si ha ganado o perdido y por cuánto y cómo. Bielorrusia es probablemente una sociedad polarizada, como tantas otras.

La explicación de esa práctica unanimidad gubernamental y mediática es otra y se llama Rusia.

Lukashenko lleva 26 años aferrado al poder porque ha sabido cabalgar y situarse como amortiguador entre la UE y Rusia.

Y hay que reconocer su pericia en navegar ese rompeolas.

Hasta que la crisis económica del país y, sobre todo, el órdago de Moscú –que le niega subsidios petroleros y gaseros mientras no se pliegue a los planes anexionistas del «Hermano mayor»– ha dejado a Lukashenko compuesto y sin novio.

El presidente bielorruso ha reaccionado deteniendo a 33 mercenarios rusos y amenazando al Kremlin con entregarlos a Ucrania. Habil, pero arriesgada jugada.

Putin acusó el golpe pero se niega a responderle al teléfono en plenas protestas callejeras. En sus manos está el futuro de Lukashenko.

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