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Yo acuso, tú niegas, él miente...

El calendario ha hecho coincidir hoy los resultados de tres distintas investigaciones sobre otros tantos casos enmarcados en escenarios de crisis en los que la desinformación y la propaganda, como en todas las guerras, abiertas o soterradas, juegan un papel crucial.

La investigación de la ONU ha concluido que el hombre fuerte de la dinastía saudí, Mohamed Ben Salman (MBS), es responsable del secuestro, tortura hasta la muerte y desaparición del periodista crítico Jamal Khashoggi el 2 de octubre de 2018 en el consulado saudí en Estambul (Turquía). Por supuesto, la satrapía del Golfo ha negado la mayor y ha montado en cólera.

El Equipo de Investigación Conjunta liderado por Holanda ha identificado a cuatro de los presuntos responsables del derribo del avión de Malaysia Airlines MH17 en el este de Ucrania el 17 de julio de 2014, con 298 personas a bordo (la inmensa mayoría holandesas) y la fiscalía de los Países Bajos ha anunciado que el juicio contra ellos comenzará en marzo de 2020.

El equipo de investigación, formado asimismo por expertos de Australia, Bélgica, Malasia y Ucrania, concluyó el año pasado que el avión fue derribado por un misil lanzado por rebeldes en plena guerra del Donbass procedente de la 53 Brigada Antiáerea rusa, con base en la ciudad de Kursk.

Moscú ha tildado las acusaciones del informe de «infundadas, encaminadas a desacreditar a Rusia ante los ojos de la comunidad internacional». Se apoya, para ello, en la falta de concreción de las acusaciones, reconocida por los propios investigadores, que asumen no tener pruebas de que alguno de los cuatro sospechosos, tres rusos y un ucraniano, dieran la orden de disparar, pero insisten en que «estaban en la zona y jugaban un rol crucial en el conflicto armado, tomando importantes decisiones».

Asimismo los investigadores reconocen como probable que el disparo de un misil pudo haber sido precedido por un error al identificar como un caza ucraniano lo que era un avión de pasajeros. El día anterior un avión militar enemigo había sido derribado por los rebeldes.

Por contra, Rusia abona la hipótesis de que el misil que derribó el avión era de fabricación ucraniana.

Finalmente, y en tercer lugar, el Ejército estadounidense ha asegurado que sus expertos habrían recogido restos de una mina-ventosa «parecida a las utilizadas por el Ejército iraní», así como huellas de dedos y manos del o de los que las habrían colocado en la base del casco del petrolero Kokuka Courageous, que sufrió un sabotaje el pasado 13 de junio en el Estrecho de Ormuz.

Teherán rechaza esas acusaciones y responsabiliza a EEUU y a Israel, concretamente al Mossad, de los recientes sabotajes en el Mar de Omán, donde ve el «objetivo de criminalizar a Irán y de socavar los esfuerzos diplomáticos para salvar el acuerdo nuclear».

Lejos de la intención del que esto escribe comparar, menos equiparar, estos tres casos. En todo caso, la respuesta que cada uno o cada una pueda dar a estos mayores o menores enigmas podría servir de modelo para testar sus aprioris y sus presupuestos ideológicos y para calibrar el grado de convicción que tienen unos y otros agentes internacionales en esta era, la de la desinformación. Una era en la que impera todo menos la simple guía por el sentido común.

 

 

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