Una amiga me contó que, cuando llegó a ver el Cañón del Colorado en Estados Unidos, fue tal la emoción que le produjo la belleza de aquel paisaje que se le saltaron las lágrimas. Yo misma he podido comprobar el mismo efecto con la música. En una representación de Madama Butterfly, un hombre sentado a mi lado rompió a llorar, silenciosamente, escuchando una de las arias de la ópera de Puccini. Quizá alguien también lloraría la semana pasada en el Euskalduna durante el concierto de la sinfonía "Leningrado" de Shostakovich. Introducida por Karmele Jaio con un precioso texto sobre todas las guerras, era inevitable obviar el dolor que subyace a la maravillosa música. Una superviviente del asedio rezó para que los nazis no bombardeasen la ciudad antes de que terminara la música. Así de potente puede ser el amor por la belleza. Pero la belleza no es un concepto abstracto. Cada clase social, cada entorno cultural y, ¡atención!, cada generación nos enseña a amar algunas cosas y considerarlas bellas y a rechazar otras. Además, hay quien piensa que la belleza lo es más cuando la puedes compartir. Y otra vez recurro a una amiga. Vivió una temporada en Londres, gozando de sus museos y de sus parques, pero decía que le daba pena no poder ver todo aquello con alguien. Aunque hay gente que sabe disfrutar en soledad, mi amiga necesitaba compartir su emoción. Y no existían las redes sociales. Hoy en día sí. Tienen muy mala prensa, con razón, porque fundamentalmente parecen servir solo para transmitir odio. Pero también pueden conectar a los amigos. Por eso, no entiendo el menosprecio hacia las personas que necesitan compartir lo que están viendo. «Ir al monte a sacarse una foto para subirla al momento a Instagram no es amar el monte». Eso he oído hace poco. Me pregunto quién tiene autoridad para establecer en qué consiste el auténtico amor a la belleza de un paisaje y cuál es la forma políticamente correcta de compartirlo. El que se quejaba tenía mi edad, obviamente.