El programa de mano, testimonio de la transformación de las fiestas en los últimos 145 años
La transformación que han experimentado los sanfermines en los últimos 145 años se puede apreciar en el programa de mano de las fiestas, esa información efímera, pero con valor documental que ha sido analizada por Iñaki Urricelqui en un estudio que ha publicado la Universidad del Opus.

La consolidación del Txupinazo y del Pobre de mí, la progresiva desacralización del programa y el encumbramiento del encierro y la Comparsa de Gigantes y Cabezudos son algunos de los fenómenos de la evolución de las fiestas que se aprecia al analizar los programas de mano de los sanfermines.
Este «producto editorial caduco», pero que «por su valor documental adquiere una dimensión de la evolución de la fiesta, de sus ritos y protagonistas» ha sido estudiado por Iñaki Urricelqui Pacho en un trabajo que ha sido editado por la Universidad del Opus en el libro titulado ‘El programa de mano de San Fermín. Un singular ephemera de más de un siglo de antigüedad’.
En el mismo, se destaca que la difusión de la programación sanferminera arrancó con el propio cartel de las fiestas, según documentó el historiador José Joaquín Arazuri. En 1816, el Ayuntamiento empezó a encargar un pequeño cartel con la información sobre las corridas de toros organizadas, hasta que en 1881 apareció el primer programa de mano editado por el Consistorio y que, «desde entonces, sería el encargado de dar a conocer en detalle los principales actos organizados» con motivo de las fiestas de San Fermín.

Ese año arrancaron los programas de mano sanfermineros que ha analizado Urricelqui hasta la actualidad y que han conservado la Fundación Mencos y el Archivo Municipal de Iruñea, cuyos ejemplares ha consultado.
La evolución del Txupinazo y del Pobre de mí
Las conclusiones de ese estudio muestran la evolución de actos como el Txupinazo. Al respecto, señala que desde el siglo XVII, las fiestas arrancaban el 6 de julio a las 16.30 horas con las vísperas en honor a San Fermín. Pero en 1910, «por primera vez, el programa informa del comienzo de las fiestas a las doce del mediodía con un repique general de campanas y el disparo de chupinazos en distintos puntos de la población», así como con la quema en la plaza de la Constitución (actual plaza del Castillo) de una colección de fuegos japoneses, tareas que correspondían a los pirotécnicos del Ayuntamiento.
En la década de los años 30, Juanito Echepare empezó a lanzar el txupinazo en la plaza del Castillo, hasta que, tras la guerra y de manera oficial a partir de 1945, se fijó en el programa que el anuncio de las fiestas tenía lugar «con un repique general de campanas y el disparo de un chupinazo desde el balcón de la Casa Consistorial».

Si el programa de mano muestra la evolución del acto de arranque de las fiestas, algo parecido ocurre con el que le da final: el Pobre de mí. En el estudio se recoge que en 1969, el programa anunciaba que el 14 de julio «a las 9.30 horas de la tarde, se concentrarían en la plaza Consistorial todas las peñas de mozos» y donde tendría lugar «una actuación extraordinaria con la que se dará cerrojazo a las presentes fiestas de San Fermín». Y como final del acto, iba a tener lugar «la quemada de una gran traca».
En los años siguientes no hubo traca final y las peñas y sus bandas de música fueron cobrando más protagonismo, hasta que en el programa de 1979 ya se nombró al acto como Pobre de mí, aunque fijado para las 22.00 horas y con las velas presentes. Y de ahí, se terminó estableciendo este acto final a las 00.00 horas.
Cambio de devociones
Con la llegada de los años 80, fue cuando «se evidencia una progresiva desacralización del programa». En concreto, se registra «una marcada tendencia a reducir la presencia de lo religioso en la fiesta» y también, «marcadamente, el cada vez menor espacio dedicado a la Feria del Toro».
Y al mismo tiempo, se asiste a «la creciente devoción popular hacia nuevas liturgias e ídolos, como son el encierro y los corredores, o la Comparsa de Gigantes y Cabezudos». Sobre esta última, se especifica que es la que «mayor auge ha experimentado como evento de interés infantil y familiar».

En relación al encierro, se señala que evoluciona «desde un acto anecdótico y vinculado a las corridas de toros hasta convertirse en el acto central de las fiestas y su principal evento». Urricelqui apunta que en «la construcción épica de la carrera», uno de los factores que más contribuyó fue la incorporación de fotografías del encierro desde 1920, «por lo que debe reivindicarse el papel de los fotógrafos locales en este proceso».
Pero la evolución de los sanfermines que muestra el estudio de los programas de mano va más allá. Así, las fiestas de antaño «se caracterizaron por la presencia del deporte, que resultó un componente fundamental de la cultura festiva sanferminera como el football, el tenis, la natación con la ‘Travesía del Arga’, las carreras de velocípedos y motociclismo, las pruebas hípicas, las tiradas a pichón y hasta la cucaña», entre otras.
Además, junto a los eventos musicales que también se dan en la actualidad, las fiestas acogieron «en otras épocas diversos certámenes científicos, literarios y artísticos».

Sobre el origen de la vestimenta blanca de las fiestas, en el estudio se recuerda que se atribuye su primer uso en 1930 a la peña La Veleta, pero que en el programa de mano y en el cartel sanferminero ya aparece esa estampa relacionada con «los txistularis y formaciones musicales de carácter folclórico, con el ejemplo del cartel de 1921 de Ricardo Tejedor o fotografías de la comparsa en el programa de mano de 1922».
Urricelqui incluso considera que «su origen debe asociarse más bien a lo etnográfico, tanto a las fêtes basques de la zona vascofrancesa como, y muy especialmente, a los pelotaris». Sobre esta última posibilidad, apunta que dado que la pelota era uno de los actos programados más populares de las fiestas con los partidos en el Euskal Jai, «puede sugerirse que la sociedad pamplonesa festiva acabase adoptando esta indumentaria deportiva».
El cartel, en la portada
El estudio también analiza los estrechos vínculos entre el cartel de los sanfermines y el programa de mano de las fiestas. Al respecto, señala que a finales del siglo XIX, las casas litográficas que imprimían el programa recurrían a un catálogo de diseños disponibles que solían tener un carácter taurino y que adaptaban a la fiesta iruindarra con los correspondientes textos.

En 1899 se reprodujo por primera vez en el programa el cartel anunciador de las fiestas, que «adquiriría un notable desarrollo a partir de 1900 y sobre todo de 1907, cuando el Ayuntamiento convocaría un concurso de bocetos para elegir el cartel», que «significó una de las principales vías de promoción artística de la época».
En este terreno se destaca el punto de inflexión que supusieron «los bocetos ganadores realizados por Javier Ciga en 1908, 1909 y 1910, que definieron la temática sanferminera en torno al encierro y la fiesta, así como, compositivamente, la consolidación de una imagen única».
Durante la posguerra fue Pedro Lozano de Sotés, junto con Francis Bartolozzi, el autor que «definió en buena medida la modernidad del cartel sanferminero confirmando el encierro como principal tema».
Esta situación cambió en 1964 cuando, tras una polémica con un cartel, el Ayuntamiento decidió que la imagen anunciadora de las fiestas fuera una fotografía cedida por Rafael Bozano y a finales de ese año, se convocó el primer concurso de carteles a partir de fotografías. Este modo de proceder se mantuvo, con alguna excepción, hasta 1981 y a partir del año siguiente, se volvió al cartel pictórico hasta la actualidad.

La circunstancia de que el cartel fuera la portada del programa de mano ha hecho que su formato predominante sea el vertical, pero ha tenido diferentes formas y algunas, sorprendentes. Ha habido programas horizontales, cuadrados, pentagonales e incluso en formato sábana en cuatro pliegues.
En la década de 1920 y 1930 se llegaron a editar programas en francés y en 1979, apareció en sus páginas el euskara, en concreto en las pares; con años en los que se ha editado un programa en castellano y otro en euskara, para pasar al programa bilingüe, en ocasiones girándolo para la lectura del correspondiente idioma.
Así ha sido la evolución del programa de mano sanferminero, que ha ido cambiando mientras en sus páginas se reflejaba cómo también se iban transformando las fiestas sobre las que ha ido informando puntualmente año tras año desde hace casi siglo y medio.


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