Carabelas de todos los mares, peces de aguas bravas y mucho pescado azul
En Iruñea y también Gasteiz el ‘uniforme’ festivo iguala. En Bilbo la tribu parrandera también es bastante estándar. Pero en Donostia la masa nocturna es más diversa, un auténtico Aquarium en el que se cruzan de tiburones a txitxarros.

La noche empieza pronto en la Parte Vieja donostiarra en Aste Nagusia porque el ritual impone que hay que comer y beber algo antes de asomarse a los fuegos. Así que el sol todavía está bastante alto cuando la antigua lonja se llena de alevines haciendo botellón mientras miran volver los barcos. La atracción añadida en los primeros días ha sido la de una conocida serie de televisión, ‘La casa del dragón’, precuela de ‘Juego de Tronos’. A decir verdad, algunos son larvas más que alevines; los que arriban desde la ‘costera’ de las ferias del Paseo Nuevo.
Para entonces contamos unas 60 personas haciendo fila ante una txuletería de moda de Arrandegi kalea. Ninguno es pez autóctono. La cola recuerda a la sucesión de carabelas estos días en la línea de playa de Zurriola, pero estas no son portuguesas, sino de todos los mares, especialmente Pacífico y Atlántico. Las matemáticas no alcanzan a resolver cuánto tiempo tendrán que esperar los últimos para degustar la carne, siempre a la carrera y algunos de pie. Pero ya es sabido que los peces tienen poca memoria...
La noche va cayendo y la bahía se llena de corcones; y es que son muchos miles y todos miran por igual al espectáculo pirotécnico. Luego se desparraman a toda velocidad, como las anchoas cuando ven caer la red y buscan huida a la desesperada. Sin embargo, la noche es pelágica y atrapará a la mayoría por un par de horas, no más; Aste Nagusia tampoco da para gaupasas, salvo en algún día señalado en que se juntan todos los astros.
Nuestro periscopio cruza el puente del Kursaal siguiendo a los txitxarros que han empezado la noche en la lonja. Esta campaña está mucho más difícil entrar al espacio juvenil de las terrazas. Controles de la Policía Municipal hacen cacheos a discreción, aunque casi todos los que quieren entrar sean menores. Visto el panorama, muchos ni lo intentan. Dentro, la música es potente, pero el ambiente flojea. Normal.
Patrullas de municipales recorren el Paseo de Salamanca de cuatro en cuatro y hay controles con cacheos para entrar a la zona joven de las terrazas del Kursaal.
Volvemos sobre nuestros pasos. Dicen que el pescado azul es el más sano, no sé yo, pero desde luego sí es el más abundante a esa hora. Patrullas de municipales recorren el Paseo de Salamanca de cuatro en cuatro. También ertzainas. Tienen a un joven tirado en el suelo y buscan con las linternas algo que ha lanzado al puente, o directamente al río. Escenas poco festivas que invitan a buscar otros mares.
Ya es medianoche y en la mayoría de las calles de la Parte Vieja se va haciendo el silencio. La fiesta en los bares parece casi ‘submarina’, tras doble puerta y sin poder consumir en la calle. Esta es la zona de las doradas, que si acaso se disfrazarán de lubinas en la víspera de la Virgen, el viernes, la noche que a los y las donostiarras de pro les invita a sacar su glamour.
Las aguas siguen muy tranquilas en la Consti, pero se van embraveciendo en Ikatz kalea. Y en el puerto sí asoma el Cantábrico más poderoso, harro hadi, ya sea en modo ‘Txikia’ de Telesforo Monzon o en versión trikielectrónica Süne. En la Flamenka no cabe un alfiler, como en aquellos barcos cargados de atún de antaño.
En la Flamenka no cabe un alfiler, como aquellos barcos cargados de atún de antaño. Los bonitos prefieren mirar de arriba a esa pecera multicolor.
Los bonitos, que no atunes, prefieren tomar distancia y mirar el concierto de arriba, desde la pasarela. Visto desde ahí, el espacio parece una pecera multicolor, con cada cofradía aportando su propia tonalidad en sus chalecos y pañuelos.
No hay mucha duda de que ahí está el epicentro de la fiesta, el caladero más divertido y a la vez seguro; por si acaso, a pulpos y demás peces peligrosos se les deja claro en una pancarta que acabarán «en los tiburones» si no saben disfrutar sin respetar.
En aguas tranquilas
Giro a estribor a apenas cien metros y las aguas vuelven a estar bare-bare. El Náutico, la Kabutzia para entendernos, parece Ibiza mediterránea más que Cantábrico. Música suave y conversación sin estridencias, poco baile de momento, pescados elegantes y algunos peces gordos. Varios lucen pomposos como un rodaballo, aunque también hay quien va camino de merluza a base de gin-tonics, que ya hace falta presupuesto... Pirañas tampoco faltan en algunos locales hosteleros que hacen su agosto en esta semana.
La noche parece empezar a languidecer cuando llega una corriente fresca desde el nordeste. Son los que vienen del concierto de Sagues, varios miles, algunos arrastrando los pies como si fueran la tropa de Elkano de retorno a Getaria. El camino es especialmente largo esta noche porque el concierto se ha alargado más de la cuenta y en la parte de Gros los bares de medio camino ya han cerrado.
Algunos prefieren bajar a la arena y caminar mojando los pies; son los pequeños placeres donostiarras que no tienen otras capitales. Todos llegan sedientos tras remontar corriente arriba, como los salmones del Bidasoa, porque a la hora a la que estamos, lo lógico ya es emprender singladura de la Parte Vieja hacia fuera y no al revés.
La necesidad aprieta, así que se intuye que algunos han entrado en aguas que no son las suyas habituales. Aunque la noche esté templada, a nivel festivo lo evidente es que fuera de la Flamenka sigue haciendo mucho frío, y a medida que pasan las horas, cada vez más.

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