Beñat Zarrabeitia
Los franceses lamentan su eliminación del Mundial que debía disputarse en EEUU.
Los franceses lamentan su eliminación del Mundial que debía disputarse en EEUU.
NAIZ

El partido imposible: Francia contra Inglaterra en 1994

Francia e Inglaterra, que hoy disputan su partido de cuartos en el Mundial de Qatar, no lograron clasificarse para el campeonato que se celebró en EEUU en 1994.

La noche del 17 de noviembre de 1993 quedó grabada a fuego en los aficionados de los bleus y de los pross, ya que ambas selecciones se quedaron fuera del mundial que meses después debía celebrarse en EEUU. Los ingleses llegaban apurados, casi sin opciones, agarrados a un clavo ardiendo, porque debían ganar en San Marino y esperar una derrota de Países Bajos en Polonia, cosa que no sucedió. El combinado galo, por su parte, apenas necesitaba un punto, que acarició en todo momento, pero no supo retener, confirmando una eliminación tan dolorosa como rocambolesca. En la mente de muchos aficionados al fútbol queda una incógnita por resolver: ¿Qué papel hubieran podido realizar dos de los dos gigantes europeos en el Mundial de 1994?

No es algo que tenga una respuesta sencilla, pero sí que se puede afirmar que su ausencia, al igual que la de Uruguay -doble ganadora de la copa del mundo-, abrió el abanico de aspirantes a dar la sorpresa. Algo que aprovecharon Bulgaria, Suecia o Rumanía en un entretenido mundial que franceses e ingleses vieron por televisión en los ecos de un mundo analógico a punto de caducar.

A lo largo de la historia, muchos grandes combinados han fallado en su intento de clasificarse. Existen múltiples ejemplos, Dinamarca, Grecia e Italia, campeonas de Europa en 1992, 2004 y 2022 respectivamente, no acudieron a la copa del mundo inmediatamente posterior a su triunfo y Colombia se cayó de la cita de 2002 tras haber ganado la Copa América. Entre los casos más conocidos de la era moderna, sobresalen las ausencias de Bélgica en 2006 y 2010, Camerún en 2006, Chile en 2002, 2006 y 2018, Colombia en 2022, Croacia en 2010, Francia en 1990 y 1994, Inglaterra en 1974, 1978 y 1994, de Italia en 2018 y 2022, de Países Bajos en 1982, 1986, 2002 y 2018, Portugal en 1990, 1994 y 1998, la República Checa en 1998 y 2002, Rusia en 1998, 2006 y 2010, Ucrania en 1998 y 2002 o Uruguay en 1978, 1982, 1994 y 2006.

«Provocó una crisis existencial»

Con la intención de analizar los paradigmáticos batacazos de Francia e Inglaterra en 1994, en NAIZ hemos pulsado la opinión del canario Jesús Núñez, amante de la historia del fútbol, y que recientemente ha publicado el libro «250 alineaciones vintage: 1981-2004». Una obra en la que repasa a buena parte de los mejores conjuntos de finales del siglo pasado y de los primeros años del nuevo milenio. A su juicio, la no clasificación de los pross para la copa del mundo de 1994 fue algo casi catártico: «Fue la culminación de una nefasta de la Eurocopa de 1992, con la peor convocatoria que probablemente han llevado nunca a un gran evento. Barnes y Gascoigne lesionados y ausencias inexplicables como la de Waddle, Graham Taylor citó a futbolistas de dudoso nivel para luchar por el título como Carlton Palmer, Curle o Sinton».

Encuadrados en un grupo con Noruega,  Países Bajos, Polonia, San Marino y Turquía, partían como favoritos junto a los neerlandeses, pese a su mal torneo continental. Sin embargo, con el empate inicial ante los escandinavos en Wembley, se empezaron a evidenciar los problemas. Una permanente apuesta por tres centrales, carencias en los laterales y la falta una referencia en ataque se hacían notar. Según relata Núñez, «reemplazar a Lineker, al que Taylor comunicó que jugando en la liga japonesa no tendría sitio en la selección, fue todo un quebradero de cabeza, no encontraron el nueve ideal y por el puesto pasaron Clough, Ferdinand, Shearer o Wright».

Pese a la presencia de talentos como Barnes y Gascoigne o de figuras emergentes como Sharpe, el conjunto de los Three Lions tuvp serias dificultades ante los rivales más fuertes del grupo. Un empate en Londres ante Países Bajos, otra igualada en Polonia y la contundente derrota por dos a cero en Oslo en junio de 1993 dejaron a muy tocada a Inglaterra. Tras una gira veraniega por EEUU, en la que Taylor probó tres porteros distintos, evidenciando que Woods había perdido su confianza, en septiembre apostó por David Seaman, que no había sido incluido en el tour estival.

La clara victoria ante Polonia en Wembley les hizo albergar nuevas esperanzas, casi todo iba a depender de la visita a los neerlandeses en octubre. Un partido que avivó todos los fantasmas, ya que la policía neerlandesa detuvo a más de 800 aficionados ingleses, deportando casi de inmediato a dos centenares, por los disturbios provocados en Rotterdam. El primer ministro John Major calificó de «vergonzoso» lo sucedido. En el terreno de juego, Inglaterra cayó por dos a cero y protestó airadamente la no expulsión de Ronald Koeman tras zancadillear a Platt cuando se iba solo. En 2019, en la revista ‘FourFourTwo’, el autor del libro «One football, no nets”, Justin Walley definió la atmósfera vivida en aquel encuentro como «crudo y muy ruidoso. Era hostil, tribal, masculino, tenso y muy emocionante».

Con pie y medio fuera, todo dependía de un milagro. A los neerlandeses les bastaba con sumar un punto en Polonia, mientras que los ingleses debían ganar en San Marino y esperar un tropiezo oranje. Sin embargo, el equipo de Advocaat hizo los deberes en Poznan y no dio opción a los ingleses. Como curiosidad, los pross, que vencieron por uno a siete, disputaron aquel choque en Bolonia, con la menor afluencia de público a un partido del equipo de los Three Lions en todo el siglo XX. Además, encajaron el gol más rápido en una fase clasificación. Consumado el desastre, el Daily Mirror lo resumió como «The end of the world» -«el fin del mundo». En su colección para el Mundial, Upper Deck echó sal en la herida, publicando un cromo de Gascoigne, dentro de la serie de los equipos ausentes, con la camiseta Noruega tras caer en Oslo.

Seis días después, Graham Taylor, que no hizo cambios durante cuatro de los diez encuentros clasificatorios, dejó su cargo. Pese a que un principio sonaron los nombres de Gerry Francis, Howard Wilkinson o Ron Atkinson, finalmente, el elegido fue Terry Venables. El batacazo coincidió con la consolidación de la incipiente Premier League, en la que brotaban jóvenes talentos, se creaban novedosas rivalidades y se construía un relato modernizado del fútbol inglés. Asimismo, el hecho de ser la anfitriona de la Euro de 1996, en la que querían ofrecer una nueva imagen al mundo y romper con la pésima reputación del hooliganismo, precipitaron los cambios.

Según señala Núñez, «supuso, además de la sustitución de Taylor por Venables, el final en la selección para futbolistas hasta entonces intocables como Dixon, Palmer, Parker y Walker e, incluso, David Platt perdió mucho protagonismo». Una idea en la que ahonda al subrayar que «aquello provocó una crisis existencial en el fútbol inglés. Por primera vez en su historia, fueron conscientes de que con el clásico central de toda la vida, alto y robusto, pero rígido y lento, difícilmente podrían competir fuera de las islas. Los Adams o Pallister, debían dar paso a otros defensas elásticos, fibrosos y potentes como Campbell». Los clubes también captaron el mensaje y «se vio plasmado con la oleada de extranjeros que llegó a la Premier el verano de 1994 como fueron Albert, Dumitrescu, Hottiger, Klinsmann, Popescu o Roy, en contraposición con los escoceses, irlandeses o escandinavos de toda la vida». Todo aquello tuvo un efecto casi inmediato.

«La eliminación de todas las eliminaciones»

Francia había sido uno de los mejores equipos del mundo en los ochenta. Además del título continental de 1984 con Platini como gran estrella, alcanzaron las semifinales de los mundiales de 1982 y 1986. La herida de Sevilla, cayendo en los penaltis ante Alemania, marcada por la brutal agresión de Schumacher a Battiston, sigue siendo una marcada cicatriz en la piel gala. Pese a ello, el fútbol champagne practicado con Michel Hidalgo marcó una época. Con la retirada de buena parte de aquella generación, llegaron las ausencias del europeo de 1988 y la copa del mundo de 1990 en un periodo de transición.

Con Platini como técnico, los bleus lograron el pase a la Euro de 1992 por delante de Checoslovaquia o España. Aunque el paso por Suecia fue decepcionante, provocando la llegada de Gerard Houllier al banquillo, Núñez explica que «quedarse fuera del Mundial no pasaba por la cabeza de ningún aficionado francés. Además, los clubes estaban en un buen momento, al Marsella que sería campeón de Europa, se le unieron el Mónaco o el PSG. Parecía que tenían todo en su mano para hacer un gran papel en el Mundial de 1994, claramente eran potenciales cuartofinalistas».

Fue un tiempo en el que «el cuadrado mágico de la selección francesa había pasado a mejor vida  y apostaron definitivamente por la exuberancia física, algo que se ha mantenido hasta hoy. Aquel era el momento de Boli, Desailly, Roche, LeGuen, Di Meco, Petit o Sauzeé, por encima de Daniel Bravo, Gerald Passi, Ferreri o Vercruysse, que nunca encontraron su sitio en la selección». Con Cantona, Ginola y Papin como grandes estrellas, el técnico también dio la alternativa a jugadores que escribirían páginas de oro como Djorkaeff o Lizarazu, mientras buscaba otro tipo de centrocampista con Martins o Pedros.

El cuadro galo comenzó la fase de clasificación perdiendo en Bulgaria, pero pronto se recuperó encadenando cinco victorias ante Austria (en casa y fuera), Finlandia, Israel y Suecia. Junto a ello, el empate arrancado en Estocolmo y el triunfo en Helsinki, dejaron el pasaporte francés a punto de ser expedido. Un punto les valía antes de los partidos finales ante israelitas y búlgaros en París. Sin embargo, entonces, tal y como describe Núñez, ocurrió «la eliminación de todas las eliminaciones». Francia perdió los dos encuentros en el último minuto. La derrota ante Israel pudo parecer un lapsus que aguaba la fiesta, pero lo sucedido ante el equipo de Stoichkov fue todo un shock. El tanto de Kostadinov en el descuento enmudeció el Parque de los Príncipes. Al día siguiente, ‘L’Equipe’ tituló con un elocuente «inqualifiable».

 Tras la debacle, «cambiaron los nombres, ya que Cantona y, sobre todo, Ginola pagaron el pato, no volviendo a disputar un gran torneo. Houllier fue sustituido por Jacquet, pero el prototipo de futbolista siguió siendo parecido, pasando de Boli o Sauzeé a Thuram y Karemebeu. Con un matiz, apareció la figura del mediapunta con Zidane y Djorkaeff para dar el salto de calidad». Matices y modificaciones que fueron clave para construir lo que posteriormente sería el mejor equipo del mundo.

¿Qué equipos hubieran llevado a EEUU?

Realizar un ejercicio de fútbol-ficción es tan complicado como fascinante, por ello aventurarse siempre tiene un punto de atrevimiento. Ahondando en ello, se podría especular con las posibles convocatorias de ambas selecciones. En el caso inglés, analizada la fase de clasificación y el desarrollo de la Premier League en el curso 1993-1994, quizá, se asemejaría a la siguiente: Seaman, Flowers y Martyn como porteros; Adams, Dixon, LeSaux, Pallister, Palmer, Pearce y Walker en defensa; Anderton, Barnes, Beardsley, Gascoigne, Ince, LeTissier, Platt y Sharpe en la medular; Con Andy Cole, Shearer, Sutton y Wright como delanteros.

Para Barmby, Fowler, McManaman o Redknaap el torneo llegaría demasiado pronto, mientras que Batty, Dorigo, Les Ferdinand, Merson -por su problema de adicciones-, Nigel Clough, Sheringham, Sinton o Winterburn ser los descartados. Y, quién sabe, acaso, Taylor podría haber emulado a Robson en 1990, cuando llevó a Steve Bull a Italia pese a jugar en Segunda, citando a algunos de los modestos pero eficaces goleadores de la época. Era el caso de Kevin Campbell en el Arsenal, Tony Cottee del Everton, Rod Wallace del Leeds, Mark Bright del Sheffield Wednesday, Trevor Morley del West Ham o Dean Holdsworth del Wimbledon.

Días antes del torneo, la BBC emitió un radiodrama que fantaseaba con la creación, a última hora, de un nuevo sector formado por Australia, Francia, Gales e Inglaterra en la copa del mundo. En 2014, The Guardian publicó un artículo preguntándose qué nivel hubiera dado la selección inglesa en EEUU -cabe recordar que Países Bajos quedó englobada en el mismo grupo que Arabia Saudí, Bélgica y Marruecos.

En el caso galo, definir una hipotética convocatoria tampoco es fácil, pero podría imaginarse así:  Lama, Martini y Barthez como metas; Angloma, Blanc, Boli, Desailly, Di Meco, Lizarazu y Roche en labores defensivas; Deschamps, Djorkaeff, Le Guen, Martins, Pedros, Petit, Sauzeé y Zidane en el centro del campo; Con Cantona, Ginola, Papin y Vahirua en ataque. Históricamente, tal vez, la mejor plantilla de un equipo ausente en una copa del mundo. Algunos de los futbolistas utilizados en la fase de clasificación como Cocard, Casoni, Durand, Fournier, Gravelaine o Guerin podrían haberse quedado fuera, al igual que unos jóvenes Dugarry, Karembeu, Loko, Makelele, Ouedec o Thuram. Tampoco serían tomados en consideraciones varios de los mejores artilleros de la Ligue 1 aquella temporada, como Roger Boli del Lens, Madar del Cannes o Tholot del Martigues. Los búlgaros, verdugos de Francia en la fase de clasificación, se midieron a Argentina, Nigeria y Grecia en el mundial de 1994.

En cualquier caso, todo ello no es más que un ejercicio de mera especulación sobre un partido imposible, pero lo que es cierto es que ambos rayarían a gran altura en la Euro de 1996, los galos ganarían la copa del mundo en 1998 y 2018 y que, actualmente, son dos de los mejores selecciones del planeta. Eso sí, con heridas históricas como las de aquellos inesperados batacazos de hace casi tres décadas.