
Hay veces en que una secuencia vale más que mil análisis. Y Egipto es un claro ejemplo de ello. No, no me refiero a la visión ayer del destituido presidente electo, Mohamed Morsi, encerrado tras una jaula, sino a la del secretario de Estado de EEUU, John Kerry, quien hacía escala en El Cairo en su viaje a Riad para mostrar horas antes su apoyo al «proceso de democratización egipcio».
No son las palabras o incluso los hechos las que le desmienten sino, insisto, la secuencia. Kerry ha tenido que salir corriendo a Riad para aplacar a los sátrapas saudíes, rabiosos por la decisión de Washington de optar por la carta diplomática para resolver la crisis siria y sus desavenencias nucleares con Irán. Y tuvo que hacer parada en Egipto para saludar, sin mentarlo, el «no golpe de Estado» egipcio. Pero el destinatario de la genuflexión era el régimen saudí que, como la historia nos enseña, es el primer interesado (el segundo es Israel) en que Egipto siga siendo eso, una «no potencia regional» gobernada por unos militares cegados por sus propios intereses.
Porque no es el destino de los Hermanos Musulmanes lo que se juega estos meses, sino el de Egipto, que en cuatro meses de «no golpe de Estado» ha realizado un meteórico viaje al pasado. El Egipto de Al-Sissi ha recuperado su papel de gendarme-azote de los palestinos (pregunten a los gazatíes y a sus destrozados túneles), vuelve a estar a merced de los intereses de Israel y a convertirse en moneda de cambio de potencias. Un viaje de regreso a ninguna parte.

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