
A comienzos del siglo XVIII, Suecia y Rusia se disputaron el control de Europa central y oriental en un conflicto que se prolongó durante 21 años y que sería más tarde conocido como la Gran Guerra del Norte. Carlos XII, el rey de Suecia, ordenó en 1706, tras una serie de reveses militares de su rival, el zar Pedro I, la invasión de Rusia y la captura de su capital, Moscú. Sin embargo, los mariscales rusos optaron por evitar el enfrentamiento directo con sus adversarios y emplearon la táctica de tierra quemada.
Aprovechando su dominio sobre Sajonia, el rey sueco decidió desplazarse al sur, hacia Ucrania, donde esperaba matar dos pájaros de un tiro: resolver sus problemas logísticos, derivados de la escasez de alimentos para sus tropas y las bajas temperaturas, y apoyar la rebelión de los cosacos de Zaporozhia atizada por el atamán Iván Mazepa -quien temía que la consolidación del Imperio ruso terminase con la autonomía del atamanato- antes de retomar su avance definitivo contra Rusia. Pero el ejército ruso se interpuso en su camino y derrotó al ejército sueco en la batalla de Poltava (1709).
El resultado de esta batalla supuso el comienzo del fin para el imperio de Suecia y el fin del comienzo para el de Rusia. La capital del atamanato, la Sich de Zaporozhia, fue arrasada hasta los cimientos por el ejército ruso en 1775 y sus tierras, transferidas a la Gobernatura general de Nueva Rusia, creada en 1764 como distrito militar para la defensa del flanco sur del país.
La historia, huelga decirlo, nunca se repite. Pero los paralelismos son tentadores. Rusia no deseaba ningún conflicto en Ucrania. El Kremlin confiaba en que los lazos históricos y culturales con Ucrania facilitarían su adhesión a la Unión Económica Euroasiática (UEE), el proyecto de integración económica regional del espacio post-soviético del que forman parte Rusia, Bielorrusia, Kazajistán, Armenia y, dentro de poco, Kirguistán. Cuando el presidente ucraniano, Viktor Yanukovich, decidió posponer en noviembre de 2013 la firma del Acuerdo de Asociación con la Unión Europea, comenzaron las protestas en Kiev.
El Euromaidán fue rápidamente engullido por la violencia y la injerencia occidental -en Rusia hay incluso quien sostiene que todo formaba parte de una «revolución de color» desde buen comienzo- con el fin de provocar un cambio de régimen.
En efecto, sin Ucrania, a la UEE la falta una importante pieza para consolidarse como entidad geopolítica. Por ello, la Suecia de hoy -llamémosle Occidente- apoyó a la revuelta de los cosacos del Iván Mazepa de nuestros días -llamémoslo Maidán-, quienes, hoy como entonces, recelaban de las aspiraciones de gran potencia de su vecino. El resto de la historia es bien conocido y no merece la pena extenderse en él.
La ironía de este nuevo capítulo de las relaciones entre Rusia y Occidente es que el Kremlin ha transformado a su favor un conflicto que no quería. Al menos por el momento. Mucho se hablado de la sicología del presidente ruso, Vladimir Putin, de quien se dice que los servicios de inteligencia occidentales invierten grandes sumas de dinero en investigar. Se le ha comparado con un ajedrecista, por la tradición en Rusia de este deporte intelectual de gran penetración estratégica y cuya esencia consiste en adelantarse varias jugadas al adversario. En realidad el yudo se ajusta mejor a la metáfora.
Putin comenzó su carrera deportiva a los 14 años en el sambo, un arte marcial de origen soviético, antes de practicar yudo en el dojo Yawara de Leningrado, del que sigue siendo miembro. Además de tener el sexto dan, el presidente ruso es autor de un libro publicado en 2004 titulado «Yudo con Vladímir Putin »(en ruso) y «Yudo: historia, teoría y práctica» (en inglés), que hoy es una auténtica rareza y se vende en Internet a precios exorbitantes. En Amazon un ejemplar nuevo no baja de los 341 dólares.
El yudo equilibra la lucha física y las normas de etiqueta dentro de un entorno relativamente seguro. Su esencia consiste en aprovechar o provocar la pérdida de equilibrio del adversario para ganarle. La técnica por la que Putin es conocido es justamente ésa: el harai goshi. Rusia no quería un cambio de régimen en Ucrania -una Ucrania integrada en la UEE o satelizada, en el peor de los casos, se ajustaba más a sus fines-, pero aprovechó la inestabilidad en Kiev para acelerar la adhesión de Crimea a Rusia. Rusia no quería realmente un conflicto separatista en Donbass -piénsese en lo que costará financiar la reconstrucción de Nueva Rusia tras la guerra y los años de falta de financiación por parte de Kiev en la modernización de infraestructuras-, pero está intentando aprovechar la situación para llevar el conflicto allí donde le interesa. Que no es otro lugar que la mesa de negociaciones. Pero no con Alemania ni con Francia, como ocurrió en Minsk, sino con EEUU, a quien el Kremlin ve, razonablemente, como la potencia que domina Europa occidental, y con el objetivo de que se reconozca la esfera de influencia histórica rusa y se fijen las promesas incumplidas por parte de EEUU en 1991 tras la desintegración de la URSS.
El problema estriba en que un paso así sería considerado una derrota para Estados Unidos, pues enviaría el mensaje de que su hegemonía ha tocado techo y empieza un largo declive frente a la pujanza de los países emergentes de los BRICS, y señaladamente China, con quien mantiene actualmente un pulso en el áreas del Pacífico. Por si fuera poco, en Rusia reforzaría la popularidad de Vladimir Putin y, por extensión, de la «vertical de poder», el sistema político y socio-económico desarrollado bajo su mandato, con su mezcla de nacionalismo, neoliberalismo e intervencionismo estatal en sectores clave de la economía.
De ahí que Gregorio Morán escribiese en «La Vanguardia» que «Ucrania es la aventura europea más inquietante del nuevo siglo. Gane quien gane, perderemos nosotros». Hasta analistas como Mark Galeotti, poco sospechosos de simpatizar con el Kremlin, coinciden en que EEUU, pero sobre todo la UE, tendrán que realizar concesiones si quieren encontrar una solución al conflicto en Ucrania y un modus vivendi con Rusia que permita evitar el estancamiento de sus economías.
Puede que, al final, las llamadas a respetar la integridad territorial de Ucrania se acaben convirtiendo en una de esas reivindicaciones periódicas de las que, una vez pasada la fecha de conmemoración, nadie se acuerda. Si no hay una secesión de Nueva Rusia, Ucrania tendrá que cargar con un conflicto congelado como los de Abjasia, Osetia del Sur, Transnistria y Nagorno-Karabakh que impediría -al menos formalmente- su acceso a la UE y la OTAN. Si Ucrania se descentraliza, los líderes de las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk tendrán que ser aceptados como interlocutores por el Gobierno ucraniano.
Todo este tiempo Europa creía que Putin estaba jugando una partida de ajedrez y en realidad era un combate de yudo. Ucrania es el tatami.

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