Ramón SOLA

2.330 días después, en un país nuevo

El martes Arnaldo Otegi revivirá la sensación de salir de prisión, por sexta vez en su vida. Pero este cautiverio no solo ha sido el más largo y absurdo, sino también el que ha transformado a su país. ¿Cómo ha vivido ese tránsito? ¿Cuáles han sido las alegrías y sinsabores de estos 2.330 días? ¿Cómo prepara el retorno?

Las manecillas del reloj van a dar por finalizado el 5 de mayo de 2011 y las luces de los txabolos de la cárcel de Logroño están apagadas hace tiempo, pero Arnaldo Otegi no pierde ojo de la televisión ni despega la oreja de la radio. Espera y desespera a la caza de una noticia, que al fin llega: la de la legalización de Bildu será una de las mejores noches de estos seis años, cuatro meses y dieciséis días de cautiverio. Tres semanas después, por una vez su pronóstico falla: el resultado electoral supera por varias decenas de miles de votos su predicción. Aunque Otegi algo intuyó al escudriñar las imágenes de aquella medianoche del Arenal. La cárcel convierte al preso en avezado analista de fotos de prensa, y le había sorprendido ver allí a mucha gente a la que no conocía. Excelente señal, confirmada en las urnas.

Pasa el verano y llega octubre. Primero, Aiete: Otegi comenta, medio en broma medio en serio, que cosas muy potentes deben estar gestándose cuando Rufi Etxeberria acude con americana y corbata y Kofi Annan estrecha su mano.

Los días siguientes, él y sus tres compañeros vascos de módulo ya no se despegarán del pinganillo de la radio. Hasta que una tarde, bajando al economato, escuchen que ETA ha tomado la decisión de dejar la lucha armada. Empieza otra era apasionante y se asienta una apuesta política que le ha llevado a prisión. Así que el café previsto es sustituido por unas cervezas, inevitablemente 0.0, y unos abrazos con ese calor especial que brota en ocasiones especiales entre las gélidas galerías.

 

De la catarsis a la calma

Ese medio año marca un antes y un después. Otegi volverá este martes a aspirar por todos los poros un país que su iniciativa ha cambiado, pero que no ha pisado desde entonces. Hagamos un paréntesis: cuando se produce la operación del “caso Bateragune’’, ETA acaba de matar a dos guardias civiles en Mallorca hace dos meses y medio; hay más de 700 presos políticos vascos; la izquierda abertzale está ilegalizada, lo que de paso ha aupado a Lehendakaritza a Patxi López; en Nafarroa el régimen campa a sus anchas, sin fecha de caducidad a la vista; en Ipar Euskal Herria el conflicto no está en casi ninguna agenda; en Madrid gobierna Rodríguez Zapatero con cierto margen y Pérez Rubalcaba luce todopoderoso; Catalunya es solo una autonomía con nuevo Estatut; se empieza a hablar de crisis económica, pero aún resulta difícil de medir; Twitter ni siquiera tiene una versión en castellano... Sin duda, estos seis años han sido muchísimo más que seis años.

Retomemos el hilo de la historia. La detención no ha sido fácil de asimilar para Otegi y sus compañeros. La interpretación lógica es, a la vez, la más increíble: ¿puede el Estado querer torpedear un giro que acabe con el conflicto violento? Pues sí, puede. Otegi sabe mejor que nadie que el mismo día de su captura han difundido ‘‘Argitzen’’, texto base para el debate interno en la izquierda abertzale, pero desconoce cómo puede evolucionar la reflexión sin las cinco personas más implicadas en su impulso. Desde la cárcel de Estremera lanzan un mensaje de confianza, pero las dudas se multiplican con las noticias externas, limitadas y confusas. De paso, la misiva supondrá la fulminante dispersión del grupo, en clara represalia. A Otegi lo mandan a Navalcarnero. La foto de Altsasu devuelve cierta calma. Luego llega ‘‘Zutik Euskal Herria’’, el trasatlántico decide virar.

Otegi acaba en Logroño, tras unos días en Martutene para poder visitar a su padre, enfermo. Allí podrá al menos ver Euskal Telebista y escuchar algunas emisoras vascas. En momentos de tantos cambios, la información supone una necesidad vital, y el debate es incesante en jornadas con hasta siete y ocho horas de patio. La cabeza de Arnaldo no para. Le llamará mucho la atención el 15M, por dónde nace y por sus formas de organización que le recuerdan al nacimiento de HB.

Entre tanto, afronta varios juicios, el más importante el de este “caso Bateragune”. Lo encara como una oportunidad de hacer pedagogía ante Euskal Herria y la comunidad internacional, y por tanto «autoimponiéndome margen cero para la ambigüedad o la autocomplacencia», según explicaría en el libro de GARA ‘‘El tiempo de las luces’’. También para la opinión pública española, aunque sembrar ahí resulte estéril: la entrevista a ‘‘El País’’ ha denotado la obsesión por seguir ligándole a ETA, y concluye con el Otegi más indómito. Avisa de que «nunca he pensado abandonar mi compromiso militante, me acompañará hasta el final de mis días», y vaticina que un día se sentará «en la bancada del grupo mayoritario en el Parlamento, el de los independentistas de izquierda. Sucederá probablemente más tarde de lo que desearíamos, pero mucho antes de lo que desearían nuestros adversarios».

La condena está cantada. A estas alturas ya no hay margen de duda sobre cuáles han sido los «dos delitos». «El objetivo principal era sacarnos de la circulación política e intentar impedir con ello el cambio de estrategia. Y el segundo, que si esa evolución se producía, debía hacerse con el sobrecoste de una grave y profunda fractura interna». Otegi se mentaliza para un largo encarcelamiento: «En esos momentos piensas más en la familia que en ti mismo. Luego toca reponerse, serenarse y volver a sonreír».

La sonrisa preludio de victoria es más que un lema (por cierto, que Pablo Iglesias comience a utilizar su máxima no se lo tomará como un plagio, sino más bien como la confirmación de una buena idea). La sonrisa es un modo de vida que ayuda a convertir a Otegi en una persona muy querida también en prisión. Devora libros de política, algunos que le entusiasman y le hacen reflexionar como ‘‘El hombre que amaba a los perros’’, de Leopoldo Padura. Pero siempre tiene tiempo para los presos sociales que le piden ayuda para escribir una carta o una instancia. Solo le incomoda que le traten de usted. Ha retomado los estudios de Derecho que abandonó hace 35 años.

Este periodo intermedio, por lo demás, trae esas novedades que ponen en ebullición la inquieta mente de Arnaldo. Como la crisis económica, que le convierte en un adicto al programa de televisión ‘‘La sexta columna’’, o la deriva catalana, que intuía desde que escuchó a la ANC declarar su apuesta por la independencia y su rechazo al autonomismo. Percibe nuevas posibilidades y teme que se estén dejando pasar. En su mensaje al congreso fundacional de Sortu pide «menos autocomplacencia y más autocrítica y autoorganización, menos consignas y más argumentos». Más tarde lamentará que «tengamos un Ferrari y sigámoslo conduciendo como si fuera un 4x4».

El proceso catalán le apuntala la convicción de que en el Estado español no hay regeneración posible y que la única vía factible es la unilateral: «El proceso es con nuestro pueblo, no con el Estado», remarca en otra entrevista a ‘‘El Punt-Avui’’. Gure Esku Dago es otra buena nueva de estos 2.330 días: «No dejéis a nadie meter mano en una agenda que es solamente de la ciudadanía: ser pueblo, nunca partido», le propone en ‘‘Berria’’.

Golpes duros e inquietudes

En mayo de 2013, el Tribunal Constitucional ha admitido a trámite el recurso contra la sentencia. Lo lógico es una excarcelación cautelar, pero Madrid sigue cerrado en banda. Otegi conoce el sinsentido carcelario desde finales de los 80, pero lo actualiza ahora en carne propia con nuevas situaciones surrealistas. Le impiden participar en actividades por haberse sacado una foto con Titín III; lo que son las cosas, la broma que le hace al pelotari-concejal del PP de que ese retrato le va a traer problemas termina en represalia contra el propio prisionero. También le requisan el tablero de parchís con que, como el resto de encarcelados, tapa cada noche el agujero del retrete para evitar olores o que alguna rata se cuele en la celda.

Llega 2014 y Otegi encara ya el último tercio de cárcel, pero la vida le reserva dos tremendos golpes consecutivos. En poco más de un mes fallece primero su suegra y luego su madre, Lolita Mondragon, a quien ha podido besar y despedir tres días antes en el Hospital de Mendaro. ‘‘Agur ama maitia’’ se titula una carta escrita con tinta y lágrimas. Rememora cómo siendo ella una niña de 4-5 años viajó a El Dueso con su madre, la abuela de Arnaldo, para visitar a un tío suyo preso por los franquistas y cómo lo hallaron tumbado en el suelo. «Mi amama se acercó con lágrimas en los ojos hacia su hijo y entonces mi ama le preguntó ‘¿tú eres mi hermano?’ y le dio un muxu. Hoy –seguía Arnaldo–, 80 años después de visitar a su hermano anarco-comunista en El Dueso, mi ama se ha despedido de mí estando cautivo en Logroño, mientras Rafa Díez e Isma Arrieta siguen paseando por ese maldito penal en Cantabria. Ha sido muy duro, triste, pero también inolvidable. Nos hemos besado y acariciado como jamás lo hicimos… solo podría definir la atmosfera como lo haría Kant: de una belleza sublime».

La vida sigue, la cadena no se rompe. Su hija Garazi recoge, junto a la de Jesús Eguiguren, el Premio Gernika. Su otro hijo, Hodei, mantiene la figura de Arnaldo presente en las redes sociales. El preso saldrá de Logroño con una cuenta de Twitter con 61.000 seguidores. Y el vídeo en Youtube de su último gran mitin en el Anaitasuna suma 135.000 visitas.

Entre tanto, Otegi ha «apadrinado» entre muros a presos como un joven de poco más de 20 años. No podía ser de otra forma dado que la madre del chico le ha pedido, a voces en el locutorio, que cuide de él: «De ti me fío, Arnaldo». Son las pequeñas grandes historias que solo suceden en prisión.

Si todavía conectará como antes con los jóvenes es una de las inquietudes de Arnaldo Otegi, que sabe que el mundo ha cambiado mucho en estos seis años. Entró con 51 y sale con 57. Ha seguido la evolución de las nuevas tecnologías todo lo que puede hacerse desde prisión. A su favor juegan las dotes humanas, que siguen intactas pese a la falta de «entrenamiento» exterior. En las interminables horas de patio, ha hablado largo y tendido, pero también ha practicado la virtud de saber oír, una de sus grandes habilidades.

Escuchar incluye leer y Otegi lee mucho. Y tiene la buena costumbre añadida de apuntar citas. En el prólogo al libro sobre Pepe Mujica publicado por GARA emplea esta, de hace siglos: «Los obstáculos más grandes son nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos; y sobre todo, la disposición a hacer el bien y combatir la injusticia donde quiera que esté». Una guía de actuación que le define bien; estos seis años en la cárcel, el martes de nuevo en la calle.