Susan Sarandon ha justificado su negativa a apoyar a Hillary Clinton asegurando que «no voto con mi vagina». Lo que ocurre, más allá de la respetable decisión de la gran actriz, que ha anunciado que su candidata es la verde Jill Stein, es que muchos, y seguro que no pocas estadounidenses, votarán con el pene, propio o ajeno. O con las tripas.
En este sentido, y pese a que la imagen excesiva y el discurso estridente de Donald Trump sea confundida como una muestra de estupidez, la estrategia electoral del magnate es inteligente.
El outsider y sus asesores confían en que sus mensajes misóginos y xenófobos activen aún más el voto, tradicionalmente mayoritario, del electorado masculino blanco. Y en que una candidata tan gastada como Clinton, odiada a muerte por el electorado republicano, sea incapaz de movilizar suficientemente a los teóricamente «suyos», esto es, a las minorías, a las mujeres y a los jóvenes.
Los ruegos de Obama al electorado negro y el hecho de que Clinton, que pierde pie, se haya echado a un lado cediendo el protagonismo a su exrival Bernie Sanders y a la senadora Elizabeth Warren, confirma parcialmente el éxito de Trump. No parece, sin embargo, que le vaya a funcionar con la minoría latina, que ha respondido con la hiperactivación a sus provocaciones. Y es que la apuesta es arriesgada. Pero es la única que puede llevarle a la Casa Blanca.

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