Hay una realidad incuestionable: aunque el Gobierno PNV-PSE no tenga la mayoría absoluta va a sacar adelante los presupuestos. El PP no presentará una enmienda a la totalidad que le podría llevar a coincidir con EH Bildu y EP ni votará con ellos en el pleno final. Si el PNV lo necesita, la abstención del PP estará ahí, baratita, aunque solo sea pensando en Madrid. La cuestión, por tanto, está en qué puede y debe hacer la izquierda en esta circunstancia, tanto los partidos que están en el Parlamento, como los sindicatos y los movimientos sociales. ¿Han de intentar mejorar esos presupuestos sabiendo que no van a ser los que quisieran o han de mantenerse al margen, sin mancharse? La responsabilidad y el riesgo, evidentemente, es menor para quien no tiene que mojarse en la Cámara y puede hacer redondos discursos críticos desde el exterior. Pero también ellos habrán de preguntarse si, dado que presupuesto va a haber y será muy parecido al proyecto presentado, lo prefieren con retoques hacia la derecha pactados con el PP o con correcciones sociales acordadas con EH Bildu o con EP. Y resuelto eso empieza lo complicado: dónde poner el límite de lo aceptable.

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