Iñaki Azkuna dejó huella en sus quince años en el Ayuntamiento. Uno de esos hitos se estableció cuando la fundación británica City Mayors le otorgó en 2012 el premio Mejor Alcalde del Mundo, en reconocimiento a la transformación experimentada por Bilbo. Para entonces, Metrópoli le guiaba en cómo avanzar en la regeneración del Botxo hacia el concepto emergente de «ciudad inteligente», tomando el testigo de otros consultores que propusieron proyectos estratégicos como el del Guggenheim. Al frente de este laboratorio de ideas, el arquitecto, urbanista, economista y sociólogo Alfonso Vegara.
Nadie cuestiona la proyección internacional de Vegara, un profesional requerido por muchas instituciones del mundo. Un borrón es su relación con el Instituto Nóos, que Metrópoli definió como «efímera», por la que Iñaki Urdangarin integró en 2006 el Consejo de Asesores Internacionales de la Fundación.
Vegara ha dicho que el «gran reto» de Bilbo es convertirse en «ciudad-estado», en una urbe cuyos límites geográficos superen los del área metropolitana y los territoriales. Algo tendrá que ver que sea cónsul honorario de Singapur en Madrid y también esas relaciones privilegiadas que mantienen ambas ciudades.
En 2014, al defender los convenios con Metrópoli, que Competencia dice ahora que son contratos a dedo, el edil jeltzale José Luis Sabas los justificó por «la calidad, el equipo y la conexión internacional que buscamos». Más bien parece que había que pagar la agenda de Vegara a través de la que llegaron las distinciones, se trenzaron amistades y se hace marketing.

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