Helena Taberna: «La cultura genera afinidades y acerca a las personas»
Nacida en Altsasu en 1964, lleva desde 1990 dirigiendo cine. Sus largometrajes de ficción más famosos son «Yoyes» (2000) y «La buena nueva» (2008). Entre sus documentales destacan «Extranjeras» (2003) o «Nagore» (2010). Hoy llega a las salas «Varados», su último trabajo.

En “Varados”, Helena Taberna viaja hasta Grecia, cuna de la civilización occidental, para documentar el día a día de los refugiados de larga duración en los campos de Moria y de Lesbos. La película está lejos de ser doctrinaria y la directora ha preferido apostar por una mirada poética y que sean los propios refugiados los que hablen de sí mismos filmando su peripecia vital con una delicadeza y con una hondura que van más allá de la urgencia enunciativa. Película inaugural de la sección Zinemira en la última edición de Zinemaldia, hoy llega a las salas comerciales como primer paso de un itinerario que tendrá a la directora navarra protagonizando encuentros y conferencias con el público antes de volver a Grecia para mostrar su trabajo a los protagonistas del film.
«Varados» mantiene un tono poético y abstracto que la aleja del documental de denuncia al uso, ¿por qué?
Cuando me planteé rodar esta película lo hice impelida por el deseo de mostrar cómo viven los refugiados de larga duración, eso me permitía acercarme a la cara menos conocida y también menos efectista de este fenómeno y distanciarme de la representación que los medios de comunicación suelen llevar a cabo de la figura del refugiado donde priman los elementos de impacto y el sentido de la tragedia. Pero esa es una representación que no perdura, contemplamos esa realidad, nos sacude lo que vemos, pero nos olvidamos de ello rápido. Yo quería trascender un poco todo eso.
¿Es por eso que decidió centrar su mirada en la cotidianidad de esos refugiados?
Sí porque estas personas viven una situación peor que si estuvieran en la cárcel pues no tienen clara cuál es su condena ni cuánto tiempo van a permanecer en estos centros de internamiento. Sobre esta base quise investigar cómo es el día a día de aquellos que están en esa situación y fue ese ritmo el que marcó el tempo de la narración. Fui cogiendo el hilo de los distintos personajes con los que me encontré hasta tejer una red donde emergen personalidades muy distintas lo cual confiere aire a la narración. Era muy importante que la película tuviera respiración porque era la única manera de lograr un espacio de reflexión que es justo aquello de lo que adolecen los periodistas cuando, llevados por la urgencia informativa, se aproximan a estas realidades.
De hecho, esa visión periodística es la que prima en la mayor parte de los documentales que se han venido haciendo sobre este tema.
Sí, pero a mí más que hacer un cine de denuncia lo que me interesa, ya sea haciendo documentales o ficciones, es desvelar las emociones que hay en los personajes porque esas emociones son las que conducen a la verdadera reflexión. Sin emoción es muy difícil que los discursos intelectuales transformen nada. Por eso, aunque sea un documental, “Varados” está estructurado como si se tratase de una ficción con personajes protagonistas y secundarios, ya fuera en el campo de Moria o en Lesbos donde hay muchas más mujeres que hombres, lo cual me permitió acercarme a la singularidad de las refugiadas, muchas de las cuales traen a sus espaldas un historial de violaciones y abusos sexuales. Mi prioridad al rodar con todos ellos fue llegar a entender la situación de estas personas para luego poder transmitírselo al espectador.
Eso implica tener muy clara la mirada que quiere proyectar ¿no?
Exacto, para mí fue fundamental saber por dónde tenía que moverme para evitar, en todo momento, un enfoque paternalista o condescendiente. Mi idea era devolver dignidad a estas personas, que fueran ellos los que tuvieran la capacidad de mostrarse, de contarse a sí mismos porque el refugiado no quiere dar pena. Por eso lo importante fue encontrar sus voces y sobre ellas articular un discurso y para eso era importante dejarles libertad, que encontrasen su propio espacio.
¿Cómo logró la complicidad de los refugiados que aparecen en la película para que se implicasen en el proyecto?
A mí hay una frase de Agnès Varda que siempre me ha resultado muy inspiradora. Ella decía que las directoras de ficción deberíamos, en algún momento, transitar por el cine documental porque es un género que enseña humildad. Y es cierto, la verdadera humildad es el único lugar desde el que puedes acceder al interior de otros seres humanos y cuando estos te franquean el acceso a ellos, ahí siempre pasan cosas no solo desde el punto de vista cinematográfico, también humano. Con esto quiero decir que fue muy sencillo establecer una comunicación con estos refugiados. Por ejemplo, en la primera visita que le hice a Mohamed vi que estaba leyendo “Zorba, el griego” y eso ya me dio pie para empezar a conversar con él sobre la cultura mediterránea. La cultura genera afinidades y acerca a las personas.
De hecho, en la película incide en varias ocasiones en la necesidad de fortalecer esos vínculos culturales.
Sí, porque soy una ferviente defensora del poder sanador que tiene la cultura y de su capacidad para transformar a las personas. Cuando tú, como espectador, accedes a la realidad de estas personas a través del cine, seguramente se remuevan más cosas dentro de ti que escuchando cualquier discurso político o reivindicativo. Es un poco hablar por hablar porque “Varados” es una película que acabamos de estrenar y que, como tal, necesita del veredicto del espectador para completar su alcance, pero yo tengo mucha confianza en que el público salga transformado después de verla.
¿Qué tipo de experiencias se encontró grabando con estos refugiados? ¿Diría que su situación es la propia de alguien que ha perdido toda esperanza?
Debería ser así, pero la capacidad de resistencia del ser humano y el espíritu de supervivencia que nos guía, incluso en las situaciones más dramáticas parece no tener límite. De hecho, en la escena final, Mohamed y su amigo, hablan de su viaje de llegada a Grecia con la nostalgia propia de quien rememora las tribulaciones que vivió durante unas vacaciones. Llega un momento en nuestras vidas en el que los episodios más dolorosos se convierten en una aventura contable y eso es un poco lo que les ocurre a estos refugiados. Su situación es desesperada, pero para ellos lo peor fue el camino hasta llegar donde están ahora, es una manera de mantener vivas ciertas ilusiones. Y, en el fondo es algo que me gusta, me gusta que haya un punto de esperanza en ellos porque eso es algo que posibilita que el espectador se implique.
Yo creo que, resulta fácil implicarse porque, salvando las distancias, ahora mismo todos estamos un poco varados ¿no?
Sí, sí, me gusta esa idea, sobre todo porque también es una reflexión que puede llevar a la movilización. Nosotros no tenemos las mismas razones para sentirnos varados que ellos, por eso mismo nos corresponde luchar, movernos, por ellos y por nosotros porque nuestra salvación está unida a la de los demás.
«Me parecía una obligación moral ir a Grecia y filmar lo que está ocurriendo allí»
A la hora de acercaros a la realidad de esos refugiados creo que jugó un papel importante la ONG Zaporeak ¿no?
Sí, ellos nos orientaron, pero yo no quería hacer una película sobre las ONG’s ni que estas tuvieran demasiado protagonismo en el relato. Su labor, que es muy meritoria, pero quien más quien menos ya sabe cómo se trabaja en una ONG’s. Lo interesante era darles voz a ellos, a los refugiados, y que hablasen de sí mismos sin intermediarios. En ese aspecto, tanto Zaporeak como el resto de asociaciones con las que trabajamos se mostraron muy generosas. Nos ayudaron a establecer los contactos, pero nos dejaron el camino libre para contar lo que queríamos contar.
Pero ¿a Grecia llega por el trabajo de Zaporeak o pesaron más otras razones?
A Grecia llego, sobre todo, pensando que es un país que, después de la crisis y de la llegada masiva de refugiados, tenía que haber emergido como un banco de pruebas para redefinir el modelo de sociedad que queremos en Europa. Del mismo modo que Sarajevo durante la guerra de los Balcanes o Madrid en 1936, Atenas debería estar repleta de intelectuales, artistas y escritores llegados desde todas partes del continente para llamar la atención sobre los peligros que se ciernen sobre Europa en estos momentos. A mí me parecía una obligación moral ir allí y filmar lo que está ocurriendo.

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