
El fenómeno nostálgico empieza a adoptar nuevas lecturas, porque se solía entender que se refería a la añoranza de tiempos lejanos que ya no volverán, pero cada vez se acortan más los plazos temporales e incluso alcanza al pasado más reciente, debido a que las tecnonolgías evolucionan demasiado rápido para la duración de una corta vida humana. Así se explica la ‘arcademanía’, que me resulta difícil de entender porque soy de una generación que no se ha acercado a los videojuegos, ni a los de antes, ni a los de ahora. En cambio, gente que anda por la mediana edad echa de menos las máquinas recreativas de las décadas de los 80 y 90, que conformaban el paisaje urbano de su juventud.
De aquella época perdura el mito de ‘la partida perfecta’, que legiones de veteranos gamers, y lo digo en masculino porque en el documental la presencia del hombre es la dominante, se empeñan en revivir. Y no es nada sencillo, pues requiere una recreación tanto del ambiente original de los salones recreativos como de las máquinas que se alineaban en sus paredes, con lo que ahí entra la labor de restauración. Hay que dar con los componentes originales de hardware y software, con los muebles, los chips, los mandos, las pantallas y un sinfin de elementos imprescindibles. Es lo que se defime como una ‘emulación’ en toda regla.
Tal como Mario-Paul Martínez muestra en ‘Arcadeología’ (2021), las redes sociales han contribuido decisivamente a la conexión entre gamers nostálgicos, de la que surge la asocación Arcade Vintage o el Museo del Videojuego de Alacant. En todas partes se celebran encuentros, en nuestro territorio están el Retroeuskal y Retroacción. Se habla ya de arqueología industrial, debido al crecimiento del coleccionismo internacional que favorece el intercambio de tecnología de primera generación dentro de un amplio mercado.

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