Koldo Landaluze
Especialista en cine y series de televisión
Entrevue
Margarethe von Trotta
Guionista, actriz y directora

«No soy una directora política, si la política aparece es porque forma parte de mí»

La guionista, actriz y directora Margarethe von Trotta (Berlín, 1942) se convirtió en un símbolo del Nuevo Cine Alemán. Un modelo fílmico a través del cual aportó su visión  en torno a la mujer en la sociedad alemana y su inclusión en la historia del XX. Los European Film Award reconocerán su labor.

Margarethe von Trotta en Bilbo, donde el pasado año recibió el Mikeldi de Honor de Zinebi.
Margarethe von Trotta en Bilbo, donde el pasado año recibió el Mikeldi de Honor de Zinebi. (Monika DEL VALLE | FOKU)

La primera película como directora de Margarette Von Trotta fue ‘El honor de Katharina Blum’ (1975), que codirigió con su por entonces compañero sentimental Volker Schlöndorff. En 1977 escribió y rodó ‘Christa Klages’ y dos años después ‘Schwestern oder Die Balance des Glücks’. Su carrera como directora obtuvo un éxito internacional con ‘Las hermanas alemanas’.

Su trayectoria le ha llevado a cosechar premios como el León de Oro del Festival de Venecia por ‘Las hermanas alemanas’ y el Donatello de la Academia de Cine Italiano a la mejor película europea por ‘Mujeres de la calle Rosen’. A todos ellos se sumó, entre los más recientes, el Mikeldi de Honor que recibió en el certamen Zinebi de Bilbo en 2021. Y el 10 diciembre próximo se le unirá en Reikiavik otro Premio de Honor, el de los European Film Award por su «contribución única al mundo del cine».

En su filmografía, las mujeres adquieren un valor determinante y siempre destaca la relación íntima y especial que se establece entre ellas.

Supongo que eso se debe a que crecí junto a mi madre y esa relación me permitió incidir en unos modelos afectivos que me acercaron mucho más a las mujeres que a los hombres. Conocí a mi padre, que era pintor, pero ello no me ayudó a tener una versión tan clara como la que tengo de las mujeres. Podría decirse que confío por completo en las mujeres y desconfío por igual en los hombres. Cuando me pongo detrás de una cámara tan solo me dejo guiar por mi instinto, por lo que he vivido y por lo que sé… o creo saber. Es decir, es mi mirada personal. Desde siempre me ha atraído la fortaleza de las mujeres y la historia nos ha dado infinidad de ejemplos en los que hemos tenido que asumir un rol de supervivientes. Ello conlleva mucha fortaleza y a esa fortaleza sumaría nuestra capacidad emocional, lo cual hace más interesante esa posición de lucha y atrincheramiento en el que muchas veces nos vemos abocadas a asumir nuestra resistencia. Me gustan las mujeres de carácter fuerte que no dudan en mostrar su debilidad en situaciones extremas. No me gustan las heroínas, son personajes planos que no me aportan nada. Me gusta captar los contratiempos, en muchas ocasiones muy dolorosos, que tuvieron que padecer para lograr su objetivo: encontrarse a sí mismas.

Un ejemplo de todo ello lo encontramos en títulos como ‘Rosa Luxemburgo’, ‘La calle de las rosas’ y ‘Hannah Arendt’. También es estos títulos nos encontramos que el pasado está muy presente.

Nunca hay que perder la perspectiva del pasado y todo lo que nos ha enseñado para evitar recaer en viejos errores. Lamentablemente, muchos de estos ejemplos caen en el olvido interesado y colectivo. Un vistazo al neofascismo en Alemania nos indica que algo se hizo mal durante todo este trayecto. En el caso de ‘Hannah Arendt’, el peso del pasado resulta fundamental. Tenía claro que quería hacer una trilogía Quería hacer aquella trilogía dedicada a tres mujeres determinantes del siglo pasado. En ‘Rosa Luxemburgo’ abordé la utopía socialista de una mujer visionaria que fue masacrada por soldados espoleados por el fascismo. ‘La calle de las rosas’ escenificaba aquel Berlín en clave nazi y en dicho escenario las protagonistas fueron mujeres que sumaron sus esfuerzos para salvar a sus maridos judíos.

En ‘Hannah Arendt’ quise captar la mirada de una mujer que observa el pasado: en su mente no hay cabida para utopías y todo transita en un discurso que hizo de ella una de las grandes filósofas del siglo XX. Alemania también asoma en estos tres filmes y a ello se suma otro parentesco: fueron tres mujeres silenciadas por la historia.

Otra que se suma a este modelo es la monja Hildegard von Bingen, que usted retrató en ‘Visión’.

Hildegard von Bingen es un personaje fascinante. Fue una visionaria y una pionera. Una mujer inquieta que exploró diferentes campos, pero también fue consciente de la época en la que le tocó vivir. Fue tan inteligente que utilizó su hábito para expresar todo lo que sabía en un tiempo en el que las mujeres no podían hacerlo de manera pública y, en el caso de las religiosas, se requería un reconocimiento papal. Hildegard fue inicialmente inscrita en esa lista de religiosas señaladas por sus visiones, siempre relacionadas con esa especie de éxtasis religioso. En su caso, fueron visiones que nacían de su propia consciencia y teniendo presente que el intelecto resultaba primordial. Por supuesto que creía en Dios, incluso llegó a afirmar que el propio Dios dictaba sus visiones. Se sirvió de su gran sentido de la diplomacia para eludir cualquier tipo de sospecha, eludió su excomunión y fundó un monasterio en Bingen. Dicho convento fue una puerta abierta al mundo porque los peregrinos y comerciantes le informaron de todo lo que acontecía. Lo que hizo, en aquella época fue revolucionario: se convirtió en compositora de música, escritora, filósofa, científica, naturalista, médica, polímata, abadesa, mística y líder monacal.

Siempre ha sido asociada a un cine de carácter político.

En realidad, nunca he pretendido hacer películas políticas y no creo que sea una directora de fuerte carácter político. Todo lo que filmo surge de alrededor mío y, si la política aparece en mis películas, es porque también forma parte de mi vida y de las emociones que ello me provoca. No surge de manera forzada, más bien fluye de manera natural. Observo la realidad que me rodea y ello me impulsa a filmar lo que filmo y cómo lo filmo.

Desde un ámbito de izquierdas y siempre teniendo presente el valor que otorga a las mujeres, en su obra queda de manera evidente su recordatorio constante en torno a la lucha feminista.

En mi entorno, cuando comencé en esto del cine, yo era la única mujer. Siempre me he considerado feminista porque, como te dije antes, forma parte de mi propia experiencia vital. Crecí con una madre que me enseñó a ser independiente, a ser consciente de que había que pelear por nuestros derechos como mujeres y por mi autonomía moral. La realidad no tarda en descubrirte que todo funciona dentro de los parámetros dictados por los hombres y que merece la pena realizar un mayor esfuerzo para reivindicar lo que considero es justo y necesario. Es verdad que en los últimos años estamos siendo testigos de que algo está cambiando. En los grandes certámenes cinematográficos se están premiando a mujeres, algo inaudito en mi época.

No obstante, los retrocesos son muy significativos en diferentes ámbitos sociales porque estamos viendo que en muchos países se están dando unos retrocesos sobrecogedores en nuestras reivindicaciones como mujeres y en ámbitos como la cultura, el trabajo y nuestro derecho de decidir sobre nuestro cuerpo. Es una situación de gran inestabilidad. Por un lado, observas avances significativos en cuestiones que parecían inamovibles y en otras, en cambio, tropiezas con situaciones que nos devuelven a tiempos muy anteriores.

¿Es tan prolongada la sombra de Ingmar Bergman?

Sin duda. Fue una personalidad muy compleja, terriblemente perfeccionista. Un genio intelectual con sus grandes virtudes y defectos. En mi vida se cruzó en diferentes etapas muy relevantes. Descubrí que quería ser directora cuando, a los 18 años, vi ‘El séptimo sello’ y con el paso del tiempo volví a encontrármelo, de manera más directa, en Alemania. Por entonces, Bergman se autoexilió en Alemania debido a sus problemas con el fisco sueco, que le reclamaba millones de coronas. Bergman había incluido una de mis películas, ‘Las hermanas alemanas’ (1981), en su lista de diez filmes favoritos de todos los tiempos. Imagínate que alguien como Bergman haga algo así sobre una de tus películas. No obstante, había voces que me advertían que a Bergman le gustaba mucho las mujeres y que, tal vez, dicha elección fuese motivada por su interés en conocerme.

Lo cierto es que siempre fue amable conmigo, sincero. Se convirtió en una compañía invisible y constante para mí. Cuando comencé el rodaje de ‘Entendiendo a Ingmar Bergman’ me asaltaron muchas dudas. A medida que avanzaba en mis investigaciones en torno a su figura, descubrí que mientras él había plasmado en su obra y de manera obsesiva los traumas de una infancia marcada por la figura de un padre autoritario y dentro de un ambiente muy opresivo, Bergman –lejos de aprender de sus propios dolores- aplicó la misma crueldad con sus hijos. Uno de ellos, Daniel, aportó su testimonio en el documental y dijo que su padre le decía a la cara que en ningún momento los echaba de menos a él y a sus hermanos cuando se embarcaba en agotadoras filmaciones.

¿‘El Mundo abandonado’ es su película más personal?

Es una pregunta difícil porque creo que en todas mis películas siempre aporto algo de mí misma. Por ejemplo, en ‘Hannah Areindt’ quise plasmar mis propias dudas políticas o en ‘Visión’, mi definición en torno a lo que consideraba una mujer excepcional. Es verdad que el caso de ‘El mundo abandonado’ va más allá y entra dentro del ámbito más personal. El origen de la película tiene su sentido en el propio estado de shock que me provocó una noticia. 

Tras rodar ‘Schwestern oder Die Balance des Glücks’(1979) a mi madre le diagnosticaron Alzheimer y murió. En una entrevista conté que mantenía el apellido de mi madre porque nunca se casó con mi padre. Al poco tiempo, recibí una carta en la que una mujer preguntaba por mi madre. Se trataba de mi hermana, alguien de quien nunca había tenido noticia alguna. Aquello me dejó muy sorprendida porque siempre supuse que mi madre me había contado todo. Curiosamente, en la película ‘Schwestern oder Die Balance des Glücks’  las dos hermanas protagonistas se llamaban María y Anna. María es mi segundo nombre y Anna es el nombre de mi hermana. Todo ello me llevó a filmar ‘El Mundo abandonado’, en la que reflexioné sobre las mentiras y secretos que se citan en el reencuentro de dos hermanas que no sabían de sus existencias respectivas.