«En Gaza, sobrevivir se ha convertido en la única rutina posible»
Tras ocho semanas en la Franja de Gaza, Aitor Zabalgogeazkoa (Bilbo, 1964) describe un territorio devastado donde la población sobrevive entre escombros, hambre y ataques constantes.

Recién llegado de Gaza, Aitor Zabalgogeazkoa, coordinador de emergencias de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Gaza, ha hablado con GARA para valorar la situación que está viviendo la población palestina.
Tratando de concienciar y explicar, pero sin querer acaparar más atención de la debida, Zabalgogeazkoa subraya que las políticas de Israel y EEUU son insostenibles, a la vez que señala la incapacidad de la comunidad internacional para tomar verdaderas cartas en el asunto.
Además, es tajante respecto a la gestión de la ayuda humanitaria: «Pretenden reventar el sistema».
Acaba de llegar de Gaza… ¿Cómo se cuenta todo lo que ha visto allí?
Hay vivencias que no son fáciles de explicar. Quien no se ha dado un buen golpe con el coche no sabe cómo es el shock físico y mental que provoca la colisión. Con esto pasa algo parecido. Personalmente, me da mucha vergüenza ser el que cuenta lo que pasa en la Franja. Y no tanto por pudor, sino porque se pone el foco en mí, cuando en realidad debería dirigirse a la gente en peligro y amenazada. Tenemos que evitar poner el acento sobre nosotros, a la vez que contribuimos a concienciar e informar sobre lo que está pasando.
Después de ocho semanas allí, ¿cómo es volver a casa?
Es importante coger una rutina normal, cotidiana. Trato de ir al monte, estar con la familia… desconectar, al fin y al cabo, aunque muchas veces sea difícil.
¿Cómo está la situación ahora mismo en la Franja?
Dramática. La población de Gaza está agotada, con pocas esperanzas de que las cosas vayan a cambiar. No parece que Israel vaya a aflojar su ofensiva ni a facilitar la entrada de más ayuda humanitaria. La intensidad de la actividad militar es muy alta y los desplazamientos de la población son constantes.
Israel no se esconde. Está haciendo las dos cosas que desde un principio anunció: «Trataremos como animales a los gazatíes» y «pagarán un precio insoportable». Ambas premisas se están cumpliendo con creces.
¿Tiene la población alguna forma de protegerse?
Ya no quedan calles en Gaza; todo son escombros. Por eso la gente se resguarda en ellos cuando el Ejército empieza a disparar, esperando que no les alcance ninguna bala. Pero, si los soldados apuntan directamente contra ellos, muchos tiros acaban en órganos vitales de los gazatíes.
Eso sucede en las colas del hambre. ¿Disparan para dispersar a la multitud?
No lo sé, no estoy en su cabeza, pero el Ejército sabe que, por mucho que disparen, nadie se va a dispersar: la gente está desesperada por conseguir algo de comida. Matan a 30 o 40, hieren a 200 y, al final, la gente se termina echando hacia atrás. La responsabilidad está clara: Israel y EEUU podrían hacer mucho más para que los puntos de recogida fueran más seguros y eficientes, pero deciden no hacerlo.
¿Ha cambiado algo desde que Israel y EEUU, a través de la GHF (Gaza Humanitarian Foundation), empezaron a gestionar la ayuda?
Ni mucho menos. La Fundación es un esquema para reventar el sistema de ayuda humanitaria. Es un montaje diseñado por la extrema derecha estadounidense. Las conexiones son claras: el director de la Fundación es uno de los pastores evangelistas más cercanos a Donald Trump; no es alguien ajeno al Gobierno y sus intereses. Su implementación está siendo un desastre, reflejado en la continua masacre que la población gazatí sufre a diario. Todos los días, incluso cuando representantes de Israel y EEUU visitaron el centro de distribución, recibimos en uno de los centros de MSF a un niño con dos tiros en el pecho que venía de allí.
La semana pasada, Benjamin Netanyahu anunció que pasaría a tomar el control de la totalidad de la Franja, pero ¿no controla Israel «de facto» todo el territorio ya?
Prácticamente. Ahora empujará a más gente fuera de las “zonas seguras” en las que se encuentran. Poco a poco, Israel declarará más no go zones y, paulatinamente, la población se verá forzada a desplazarse hacia otras áreas. Eso sí, la gente se mueve cuando tiene el tanque a 200 metros; si no, no se mueven porque no tienen adónde ir. Irán hacia el sur, a Al-Mawasi.
Claro, pero, ¿hasta qué momento puede ser eso viable?
No lo sé, la verdad. He aprendido a analizar las situaciones a muy corto plazo, pero no podemos prever nada. En cualquier momento pueden bombardear una zona y todos los planes pueden acabar en la basura. Las partes siguen negociando, al menos por momentos, y eso afecta directamente a lo que pasa sobre el terreno.
¿Ve una oposición articulada dentro de Israel?
Ni mucho menos. Hay objetores puntuales, algunos reservistas que se niegan a servir e, incluso, hace poco, más de 600 antiguos oficiales israelíes firmaron una carta pidiendo a Donald Trump que acabara con la ofensiva. Pero no hay un frente amplio que se oponga realmente.
¿Ve diferencias entre lo que está pasando en Gaza y otros conflictos donde ha estado?
No creo que sean tan notorias como la gente cree. Lo que está pasando en la Franja es una barbarie, pero no podemos olvidarnos de lo que puede estar sucediendo en Sudán o en muchas otras partes del mundo. El interés geopolítico e histórico del conflicto es manifiesto, pero eso no resta relevancia a las demás masacres y desplazamientos forzados que tienen lugar en otros lugares del planeta. Eso sí, existe una diferencia principal respecto al resto de conflictos: la ofensiva en Gaza la está llevando a cabo un Ejército “occidental” y que se dice democrático, que asegura respetar ciertas líneas del derecho internacional humanitario… Luego lo retuercen todo para intentar justificar sus acciones, claro.
En una charla que dieron hace poco más de una semana Kayed Hammad y Mikel Ayestaran, el intérprete destacó la indiferencia de muchos gazatíes ante el peligro de las bombas y ante la muerte. ¿Cree que la vida está perdiendo valor?
La población asume que un día puede estar viva y al siguiente, muerta. No es algo que esté en sus manos, y ellos lo saben. Un ejemplo claro es el del periodista Anas al-Sharif: sabía perfectamente que iban a por él. El portavoz del Ejército israelí salió desmintiendo, específicamente, sus informaciones. Pero él siguió trabajando, asumiendo lo que cualquier día podía suceder. Y, al final, pasó lo que pasó.
Pero, claro, más allá de que seas o no periodista, la pregunta clave es: ¿qué vas a hacer si no puedes salir de ahí? Solamente les queda seguir con su vida y, en la medida de sus capacidades, evitar que un ataque israelí acabe con ellos.
Desde aquí cuesta entender esa asunción…
Es complicado de entender para nosotros, pero es algo que pasa en otros sitios también, no es algo exclusivo de Gaza. Sudán es un claro ejemplo ahora mismo. Por muy ajenas que nos parezcan, son situaciones que están ahí, y querer verlas o no es una elección que cada uno toma.
De cara a futuros conflictos, ¿se ve debilitada la capacidad de la ayuda humanitaria?
Es un gran problema. Tanto Israel como EEUU están estableciendo unos estándares que serán muy difíciles de refutar en otros contextos: «Si ellos lo hacían, ¿por qué nosotros no?». Además, el modus operandi que estamos viendo afectará también a los conflictos venideros. La normalización de la brutalidad, el desprecio por la vida… Lo que antes eran líneas rojas ahora se concibe como algo normal.
Como trabajadores humanitarios, estamos sufriendo un pisoteo del derecho internacional que nos ampara muy difícil de reparar. Cada vez es más difícil proporcionar ayuda humanitaria y, en este caso, la responsabilidad de proporcionarla recae sobre Israel.
¿Saben del apoyo internacional que la causa palestina recibe en todo el mundo?
Están centrados en sobrevivir, porque saben que están solos. Agradecen las muestras de solidaridad, los mensajes y la ayuda que se les envía… pero no dejan de sentirse y de estar solos. Yo les he enseñado vídeos de algunas de las concentraciones que se han llevado a cabo en Euskal Herria, y claro que lo agradecen, pero, al final, no deja de ser una lucha primitiva por la supervivencia, y ahí no hay nadie que les esté ayudando.

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