Nerea Lauzirika
Aktualitateko erredaktorea / Redactora de actualidad
Entrevue
Ana y Marta
Extrabajadoras de las viviendas comunitarias en las que se ha destapado una red de explotación

«Quiero que no siga explotando a la gente inmigrante»

Con nombres ficticios, pero dispuestas a contar lo que han vivido. Ambas trabajaron en las viviendas comunitarias en las que LAB ha detectado y denunciado una red de explotación laboral racista y machista. No esperan ninguna reparación, pero les gustaría que otras trabajadoras no sufran lo mismo.

Extrabajadoras de las viviendas comunitarias en las que se ha destapado una red de explotación relatan su experiencia.
Extrabajadoras de las viviendas comunitarias en las que se ha destapado una red de explotación relatan su experiencia. (Oskar Matxin Edesa | FOKU)

Ambas son migrantes, mujeres y han trabajado en viviendas comunitarias para personas mayores. Fueron empleadas en residencias administradas por una enfermera en plantilla de Osakidetza  que, además, es propietaria de una decena de centros de este tipo. Trabajadoras en varios de ellos han acudido a LAB durante los últimos años. Así, el sindicato ha podido detectar, y denunciar, una red de explotación cuyas víctimas son mujeres migrantes. GARA ha recogido los testimonios de dos de ellas, con los nombres ficticios Ana y Marta.

¿Cuándo y cómo empiezan a trabajar para esta empresaria?

Marta: Encuentro el trabajo a través de mi hermana, que trabajaba en una de sus residencias. Hice una entrevista con la encargada y empecé al día siguiente, yo sola. Esto fue en 2014. Empecé en una de las residencias y luego me pidió que fuera también a otra.

Ana: Yo misma lo encontré. Empecé a buscar residencias y casas comunitarias aquí en Bilbao. Empecé en septiembre de 2023.

¿En qué condiciones trabajaban?

Marta: Yo trabajaba viernes, sábado, domingo y lunes en una residencia, y martes y miércoles en otra, siempre de noche. Alguna vez que no iba alguien por la mañana, me pedía que me quedara y también lo hacía.

Trabajaba desde las 20:00 de la tarde hasta las 8:00 de la mañana, siempre de noche, los siete días a la semana, sin descanso y sin contrato. Cobraba 50 euros por la noche y 30 por la mañana.

Como autónoma, ella me pagaba la seguridad social. Claro, era una falsa autónoma. Nunca tuve derecho a vacaciones. Hasta que a finales de 2020 me fui a mi país y le dije a mi hermana que no quería trabajar más allí. Al volver, en marzo de 2021, me dijo que me hacía un contrato. Cuando me lo hizo, me pagaba 400, o sea, mucho menos. Pero yo no iba a la residencia, era mi hermana la que iba porque a ella no le hacía un contrato. Cuando le ofreció un contrato a mi hermana, empecé a ir otra vez.

Ana: Yo tenía contrato de media jornada, o sea, unos 10 días al mes. En diciembre de 2023 trabajé 17 días y pensé que me ganaría más dinero, pero no me los pagó. De ahí en adelante no permití que me pusiera a trabajar ni un día de más. Ganaba 700 euros aproximadamente y, desde el principio, tuve contrato.

 

«Es la oportunidad de que se den cuenta de quién es esta persona. No es justo que siga y siga, como si nada hubiera pasado. Lo cuento por mí, por mis compañeras y por los abuelos»

A mí me lo dieron en mano, a diferencia de otras compañeras que nunca vieron el contrato físico. Yo trabajaba siempre de día, una vez me quiso poner por la noche y le dije que no, porque el trabajo es diferente y sabía que no me iba a pagar más que lo que cobraba por hacer ese trabajo de más.

Yo sí cumplía los horarios, como mucho me quedaba 10 o 15 minutos de más, pero tengo compañeras que entran una hora antes para que les rinda el tiempo.

¿Cuáles eran sus funciones?

Marta: En la noche, cocinar, limpiar el salón, fregar los platos que habían dejado de la cena, poner la mesa, ir a atender a dos señoras que dejaban sin cambiar, ir a darles los medicamentos, poner a lavar ropa, planchar, coser alguna ropa… Depende lo que fueran a comer al día siguiente lo dejábamos hecho por la noche. También dejábamos a algunos abuelos bañados y vestidos.

Ana: Por la mañana, cocinar o preparar lo que no habían podido dejar preparado por la noche. A mí casi siempre me dejaban a los abuelos sentados desayunando, entonces una tenía que meter al lavavajillas lo del desayuno, terminar de dar los medicamentos, llevarlos al salón para que se sentaran, hacer las camas, limpiar baños...

Luego, poner la comida, empezar a hacer cambios de pañales para dejarle a la del turno de la tarde el cambio de pañales listo, meter a la lavadora la ropa de la mañana, tender y demás.

Por la tarde, recoger la ropa que se había quedado sin recoger por la mañana, darles la merienda, empezar a llevarles a la cama o al sillón a los que van a la siesta. Y luego, pensar qué vas a hacer para cenar. De primero casi siempre era una sopa y, de segundo, cualquier otro plato que estaba en el listado.

 

«El menú no se adapta. Hay abuelos que tienen problemas cardíacos, de azúcar, de tensión y demás, y ahí la comida que se hace es para todos igual»

Aparte de eso, recibir pedidos. Si lo recibía la de la mañana, la de la tarde acomodaba toda la compra. Cada día teníamos una tarea diferente además de esas: limpiar refrigeradores los lunes, el gabinete el otro día, luego un baño, las cestitas de los baños, tomar las tensiones, cortar las uñas y así. O sea, cada día había una función aparte de lo que uno hacía. Estábamos una por turno, con 14 residentes.

¿En qué condiciones están los residentes?

Marta: Yo los empezaba a levantar a las cinco de la mañana porque cuatro abuelos estaban en cama y había una que pesaba más de 180 kg.

Ana: La encargada hacía un listado de todo lo que se necesitaba y hacía el pedido en el supermercado. Todo era congelado. En 2023, cuando yo empecé, y parte de 2024, todo era para el mes; la fruta para un mes no alcanzaba. Luego empezaron a hacer el pedido semanal y mejoró.

Pero el menú no se adapta. Hay abuelos que tienen problemas cardíacos, de azúcar, de tensión y demás, y ahí la comida que se hace es para todos igual. Si eran manzanas, manzanas para todos; si eran naranjas, naranjas para todos.
El desayuno era el pan que iba quedando, muchas veces les hacíamos sopitas de pan en las tazas de café. A otros les daban galleta maría con café. Nada más. Ni una fruta, ni un zumo, ni huevos... nada.

 

«Trabajaba siete días a la semana sin descanso y sin contrato. Cobraba 50 euros por la noche y 30 por la mañana»

 

Las chicas de la noche, que eran muy habilidosas, a veces lo que hacían era hacer bizcochitos con el mismo pan que quedaba. Allí hay abuelos que han comido muy bien y ese pescado congelado no lo querían. Los que tenían dinero se buscaban la vida. Había uno que encargaba del Pío Pío o así, y cuando lo que tocaba estaba malo pedía que le sacáramos eso. Entonces, depende, si tienen dinero ellos van comprando más fruta o la familia les va llevando, pero si no, lo que hay y punto. En las tardes, la merienda era otra vez café con galleta María.

Marta: Un día que fui a la residencia estaba la encargada. Entré a la cocina a echar la basura y vi el puré que estaba calentando y eso hacía ‘plof-plof’. Le dije: ‘No me digas que les vas a dar esta comida, porque se nota está agrio’. Me respondió que no, pero era mentira, porque después una señora me dijo que se lo había dado y que estaba muy malo. Estuvieron todos con descomposición.

¿Como era el trato con su jefa?

Marta: Sobre todo por teléfono. Solía venir a las cinco de la mañana y bajaba yo a darle el correo. Discutía mucho con ella, porque me pedía que trabajara mucho más de lo que me tocaba.

Ana: Yo nunca la llegué a conocer en persona. Los abuelos decían que ella era como una narcotraficante, sabían que estaba a la cabeza, pero no daba la cara.

¿Cuándo dejaron el trabajo?

Marta: Yo tenía a mi padre muy malo, entré en depresión y me volvió a dar otra vez la ciática que me había dado después de que un abuelo me agrediera. Cuando vine aquí [a LAB] y traje el contrato, le dije a ella que estaba metiendo más horas de las que me pagaba y que me debía ciento y pico horas. Me contestó que no me quejara porque me permitía ir a otro sitio a trabajar. Lo compaginaba con otro trabajo porque no me pagaba como me tenía que pagar.

 

«Como autónoma, ella me pagaba ella la seguridad social. Claro, era una falsa autónoma. Nunca tuve derecho a vacaciones»

Yo ya no quería ir, pero cuando encima pasó lo de mi padre, la abogada de aquí me tramitó un permiso especial. Después, le pedí las nóminas y no me las quería dar. Me afilié al sindicato y me marché. La última vez que fui fue el 10 de abril del 2025. No volví más.

Ana: Yo estaba de baja. Tenía que cambiar la tarjeta de residencia y comunicarle a la señora que cambiaba de documentación. Como ya estaba cansada de la situación, lo que hice fue marcharme voluntariamente. Hasta el 31 de enero estuve de baja, pero en octubre, según la planilla, yo tenía vacaciones y no me las pagó.

¿Qué consecuencias ha tenido en ustedes? ¿Han vuelto a trabajar en el sector?

Marta: No, no.

Ana: Yo tampoco.

¿Por qué han preferido no identificarse?

Marta: Si ella ve mi nombre y mi cara yo sé que me va a denunciar, ya me ha amenazado antes. Pero sí quiero que se haga justicia por las compañeras que quedan. Quiero que no siga explotando a la gente inmigrante, porque nos trata muy feo psicológicamente, y eso no es así.

Ana: Esta señora ya ha llamado a LAB para decir que todo es mentira. Entonces, no quiero que vaya y me meta una demanda. Mi entorno me pregunta qué necesidad tengo de esto. Lo hago porque soy terca y se lo debo a mis compañeras. Es la oportunidad de que se den cuenta de quién es esta persona. No es justo que siga y siga, como si nada hubiera pasado. Lo cuento por mí, por mis compañeras y por los abuelos.