Daniel   Galvalizi
Periodista

¿Por qué no ha funcionado el proyecto Yolanda Díaz?

La vicepresidenta ha anunciado que no repetirá como candidata a presidenta  y abandona de facto el liderazgo de la izquierda confederal, tras un período breve y borrascoso, marcado por su enfrentamiento con Podemos y las confluencias y una gestión política mucho menos efectiva que la de ministra. 

Yolanda Díaz, pensativa en un acto de Sumar en Valladolid en 2024.
Yolanda Díaz, pensativa en un acto de Sumar en Valladolid en 2024. (Pablo Requejo | Europa Press)

Era julio de 2023 y Yolanda Díaz obtenía 3,1 millones de votos en su coalición electoral conformada por el partido que creó, Movimiento Sumar, Podemos y muchas confluencias territoriales. Lograba como candidata un 0,5 % menos que el Unidas Podemos de 2019. 

Era una cifra meritoria teniendo en cuenta el contexto histórico (ya rugía la internacional reaccionaria y envenenaba, aunque no tanto como ahora, la conversación pública) y que ya había a cuestas cuatro años de gobierno de coalición en el Estado. Los resultados permitieron a Pedro Sánchez, con los soberanistas como aliados, revalidar el Ejecutivo.

Un dirigente de Sumar recordaba esta semana el vigor de la abogada laboralista coruñense en aquella campaña, en la que las encuestas pintaban un retrato sombrío para el progresismo. El famoso «ánimo de más que remontada» que dijo Sánchez en un mitin del PSOE no se reflejaba en la calle. Pero Rodríguez Zapatero entró en escena y luego Díaz, con un enérgico discurso contra Feijóo recordando su amistad con Marcial Dorado, y provocaron un click. «No se recuerda suficiente el aporte de Díaz en esa campaña que estaba perdida», comenta el dirigente.

Pero entonces, ¿qué es lo que falló? ¿Por qué una ministra de Trabajo que se consagró con la gestión de la pandemia y los ERTE y las subidas del salario mínimo, que desde 2021 ostenta el cargo de vicepresidenta del Gobierno y que tuvo un respetable resultado electoral, dos años y medio después está dando un paso al lado?

La respuesta, con un consenso bastante generalizado en Madrid, es que las aptitudes como ministra y como candidata no fueron congruentes con el liderazgo político, especialmente en un espacio tan diverso, complejo y herido como es la izquierda confederal.

El conflicto nacía en origen cuando en 2021, Pablo Iglesias renuncia a todos sus cargos y propone públicamente (y según ella, sin su consentimiento pleno) a Díaz como sucesora en la vicepresidencia y en el liderazgo de Unidas Podemos. «Tendría que ser Irene Montero pero ya sabemos por qué no lo hace», explicaba una persona muy allegada a Iglesias en aquel momento. El anhelo era que la por entonces ministra de Igualdad fuera el reemplazo pero la relación personal entre ambos los hizo desestimar esa posibilidad para evitar críticas de nepotismo.

Pero estaba claro que Díaz, que se crió viendo en su hogar reuniones clandestinas del PCE en la segunda mitad del franquismo (su padre era el dirigente Suso Díaz), no aceptaría una conducción compartida o tutelada. Los meses iban pasando y su idea de suplantar la marca Unidas Podemos por algo nuevo y más amplio, y un cambio de tono con mucha menos rabia de 15M, se fue imponiendo, a la vez que el enfrentamiento con Podemos fue in crescendo. El día que Díaz presentó Sumar, en el polideportivo Magariños, ese conflicto quedó retratado y el vínculo nunca se reparó (ni se buscó hacerlo).

Su idea de suplantar la marca Unidas Podemos por algo nuevo y más amplio se impuso y abrió un enfrentamiento ‘in crescendo’; el vínculo nunca se reparó (ni se buscó hacerlo)

 

Lo cierto es que Díaz vetó a Irene Montero en la papeleta por Madrid y no la quiso como ministra, un insistente pedido de los morados. La vicepresidenta, ya investida, no buscaba cerrar el conflicto sino que ocurrían cosas en la convivencia parlamentaria que lo exaltaban, hasta que, cinco meses después de la elección, Podemos decidió escindirse e ir al grupo Mixto. 

En 2024 el conflicto principal sería con Más Madrid e IU, y su eclosión, las listas para las europeas, además de muchos desencuentros con Compromís, la Chunta y los baleares de Més en el funcionamiento nada coral del grupo en el Congreso. Y en el camino también se dejó muchos cuadros políticos, a los que prefirió sustituir por dirigentes jóvenes de perfil técnico, y también varias amistades personales.

El modelo de coalición que eligió Díaz por aquel entonces para Sumar mostró pronto sus limitaciones: pactar con fuerzas territoriales con mucha raigambre, como Chunta o Compromís, para sumar más votos pero en el Congreso luego intentar imponer una voz única y un liderazgo vertical. Mientras tanto, la ministra de Trabajo insistía con la construcción en todas las provincias de Movimiento Sumar, encargando de esa tarea a Josep Vendrell, lo que en los hechos planteaba resquemores en los territorios.

En las preguntas del CIS de a quién se prefiere para presidente del Gobierno, Díaz había pasado de tercera a quinta, superada por Abascal y Rufián

 

Finalmente, Díaz se apartó de la dirección de Movimiento Sumar y de todas las discusiones de gestión política. Se quiso concentrar en la gestión y en ello tampoco tuvo suerte: a las subidas del SMI en el Estado no pudo añadirles su leit motiv de campaña, la reducción de jornada laboral. Junts cerraba la puerta a su proyecto estrella. Poco les importó que Díaz fue la primera dirigente de la izquierda española en visitar a Carles Puigdemont en Waterloo para impulsar un acercamiento, la amnistía y la investidura.

Las encuestas también empezaron a abandonar a Díaz. En la pregunta del CIS de a quién se prefiere como presidente del Gobierno, Díaz siempre mantuvo buenos índices, estando tercera tras Sánchez y Feijóo (en respuestas directas, sin estimación). En los últimos meses ha sufrido doble sorpaso: Santiago Abascal y Gabriel Rufián la han dejado en quinto lugar, todo un símbolo.

Según pudo saber NAIZ por dirigentes cercanos a Díaz, la exconcejala de Ferrol viene considerando desde el otoño dar un paso al lado y abandonar la disputa político-partidaria y electoral. En enero, las mismas fuentes confirmaban que Más Madrid, IU y los Comuns le habían pedido acelerar su decisión sobre si quería o no repetir como candidata en las generales.

La fuerza mediática de Rufián y su impacto en las encuestas ha hecho que irrumpa el debate en la izquierda sobre un nuevo liderazgo para un frente más amplio. Díaz lo ha visto como una oportunidad para anunciar su relevo y bendecir los intentos del portavoz de ERC, con quien nunca tuvo una buena relación política. Su partida era también un requisito imprescindible para acercar a Podemos a una mesa de negociación y para dar un barniz de renovación a un espacio que lo necesita.

Díaz no abandona la política ni la militancia y es probable que Sánchez intente darle algún espacio en la OIT o alguna embajada para aportar a una salida decorosa. También es difícil imaginar que los socios de la izquierda confederal no vayan a ofrecerle el Ministerio de Trabajo si se revalida el Gobierno en 2027.

Lo que sí es seguro es que el proyecto que una vez soñó Díaz, de liderazgo amplio, de sesgo laboralista y sin tutelas, ha caducado.