Soñar con los pies en una tierra quemada

Nunca pasaba más de dos días en la misma casa, pero, afortunadamente, aquella residencia a las afueras de Alepo estaba en su circuito habitual. El hombre más buscado de Siria acabaría dejándose caer por allí. Se presentó a sí mismo como «uno de entre muchos disidentes políticos». Antes de seguir adelante, conviene parar y recordar de dónde venimos.
«Los kurdos son un tumor maligno que crece en una parte del cuerpo de la nación árabe. El único remedio pasa por extirparlo», rezaba un informe publicado en 1963 por un oficial de los servicios secretos sirios. Siguiendo las recomendaciones de aquel estudio, Damasco trazó las líneas de lo que se daría en llamar el Cinturón Árabe, una franja de tierra cultivable que se extendía por la Yazira -región nororiental de mayoría kurda- a lo largo de 280 kilómetros y paralelo a la frontera turca. Aquello fue el anticipo de la deportación masiva de kurdos. El régimen llegó incluso a privar de ciudadanía a decenas de miles de individuos cuya única identificación era un documento que hablaba de alguien «de origen extranjero». Se les llamó ajanib, «extranjero» en lengua árabe, o maqtum, «nada».
De la clandestinidad a rostro visible de la revolución
Era todo aquello contra lo que se rebelaba Salih Muslim. A altas horas de la madrugada, recordó los diez años que había pasado trabajando en Arabia Saudí como ingeniero químico. Podría haberse quedado, pero prefirió volver a su tierra para convertirse en uno de los fundadores del clandestino Partido de la Unión Democrática en 2003. Eso fue lo que le condenó a vivir bajo la sombra que cubría la vida de todo disidente político en el país.
Durante aquel primer encuentro, Muslim se escondía de los servicios secretos mientras su esposa permanecía presa y su hijo mayor engrosaba las filas del PKK. Me despedí de él con un apretón de manos y la firme convicción de que no nos volveríamos a ver. Aun así, mantuvimos el contacto y, de vez en cuando, intercambiábamos unas palabras por teléfono (eran los tiempos pre WhatsApp) en los que no podía dar detalles sobre su localización porque siempre había alguien escuchando. No fue hasta julio de 2012 cuando me dijo que ya podíamos volvernos a ver en Siria: Muslim había abandonado la clandestinidad para convertirse en uno de los rostros más visibles de la revolución de su pueblo.
Pero gestionar aquello pasaba por mantenerse en una «tercera vía»: no se posicionaban con el régimen que habían sufrido durante medio siglo, pero tampoco con una oposición que acabaría secuestrada por el islamismo más radical. De hecho, Muslim perdió a su hijo Shervan a manos de un francotirador del Estado Islámico en 2013. Aun así, sacó fuerzas para apostar por el enésimo proceso de paz fallido entre Turquía y los kurdos; incluso llegó a visitar Ankara antes de que el diálogo acabara amordazado en 2015. Tres años más tarde, el Ministerio de Interior turco puso un precio de cuatro millones de liras turcas a su cabeza (un millón doscientos mil euros al cambio de entonces).
Visita a Euskal Herria
Justo en mitad de aquel diálogo fallido, una iniciativa humilde y sin apoyo institucional consiguió traerlo a Euskal Herria. Dio varias charlas abiertas a todo el mundo y visitó algunas de nuestras instituciones, el Parlamento de Gasteiz y la Diputación de Gipuzkoa, entre ellas. Fueron varios los políticos que buscaron una foto con él, sin que aquello llegara a sustanciarse en los apoyos tangibles que él buscaba. También visitó la redacción de GARA en Donostia. La agenda era tan apretada que solo se podían aprovechar los desplazamientos entre las capitales vascas para que el kurdo pudiera asomarse a la vida más allá de los despachos.
Quería conocer a la gente que vive a ras de suelo; la gente como él, o como aquella baserritarra de Usurbil que le presentó a su ganado. «Podría pasar por una kurda de Kobani», soltó con una sonrisa después del encuentro. Realmente lo pensaba. Camino del aeropuerto de Loiu, pidió hacer una parada en Gernika. Mientras la pesadilla yihadista cercaba su Kobani natal, la visita a otra ciudad mártir podría ayudar a exorcizar aquellos demonios.
Desde entonces siguió en la primera línea mientras sufría varias afecciones crónicas que incluían su corazón, hasta que este dejó de latir en un quirófano de Erbil el miércoles.
Recuerdo que se emocionó en Gernika, sobre todo cuando esa pareja con un hijo adolescente se nos acercó desde la mesa contigua en un restaurante de menú del día. «No hablamos inglés, pero dile, por favor, que sabemos quién es y que estamos con ellos». Muslim se levantó para saludar con un apretón de manos que desembocó en un abrazo con unos desconocidos. Al fin y al cabo, aquella también era su gente.

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