Natxo Matxin
Redactor, con experiencia en información deportiva

Javier Castañeda y Rubén García: defender la elástica rojilla infunde impronta navarra

Históricamente, los mitos rojillos han sido navarros, pero hay excepciones. Rubén García se ha convertido en el segundo futbolista nacido fuera del herrialde con más partidos oficiales acumulados (287), solo por detrás de los 395 de la leyenda Javier Castañeda. NAIZ charla con ambos.

27 años separan al último encuentro disputado por Javier Castañeda con la casaca rojilla y el primero que jugó Rubén García defendiendo los colores de la escuadra navarra. Dos deportistas de generaciones y épocas futbolísticas muy diferentes, pero con un denominador común: son los dos nacidos fuera del herrialde que más partidos oficiales han disputado con Osasuna, lo que les permite infiltrarse en un selecto grupo copado por nativos.

Suficiente razón para que NAIZ charle con ellos durante un buen rato, tanto con el objetivo de recordar viejas batallitas que resultarán novedosas a los aficionados más jóvenes, como dar explicaciones de cuál ha sido su proceso de navarrización en ambos casos, después de tantos años residiendo por estas tierras.

Para quien no lo sepa –se supone que solo los más imberbes–, Castañeda es una leyenda rojilla de los años ochenta del siglo pasado. Los 395 envites oficiales a sus espaldas ya lo dicen todo. Central rápido y pegajoso, destacó por su limpieza –algo poco habitual en los defensas de la época– en los marcajes, alabado incluso por el mismísimo Diego Armando Maradona.

 

Proveniente de la cantera merengue –meses antes había disputado con el Castilla una final copera atípica frente al Real Madrid–, su aclimatación a la idiosincrasia osasunista de aquellos años no fue tarea sencilla. «Después de mis vacaciones veraniegas, aterricé en la presentación con una medalla de ‘Ibiza 80’ al cuello, mientras que el resto iba vestido en plan boda. Incluso el presidente me comentó si me podía cambiar de ropa», rememora.

A sus 70 años, sigue gastando idéntica ironía que tenía por entonces. En aquella puesta de largo, fue interpelado sobre qué iba a hacer nada más aterrizar en la capital navarra. «Pues robar cassettes», soltó a bote pronto. No contento con ello, siguió haciendo amigos: «¿Os habéis dejado la boina en casa? Estáis un poco atrasaditos», les espetó a los que iban a ser sus compañeros de vestuario. «Este madrileño es un poco chulito, ¿no?», fue la respuesta que recibió.

Aquella primera “toma de contacto” no pasó a mayores. El entonces capitán del equipo, José Manuel Echeverría, le dio un consejo que supo aprovechar. «Mira, aquí si caes bien, tienes amigos para toda la vida, pero si caes mal..», le recomendó. «A partir del lunes, la cosa ya fue a mejor», recuerda, entre risas. Los compañeros asumieron su humor ácido y el gran rendimiento del central sobre el césped hizo el resto.

Cayó de pie

Menos accidentada fue la llegada de Rubén García, que ante el Mallorca cumplió su encuentro número 287 como osasunista. «El proyecto, a través de Jagoba y Braulio, me convenció bastante. Conocía un poco el vestuario y sabía que había gente con mucho recorrido y trayectoria», enumera como argumentos que le inclinaron a firmar un contrato de tres años, con opción de que fuera repescado por el Levante, su club de origen.

Y cayó de pie. Su aportación fue decisiva para el ascenso en una histórica temporada, cuyo inicio «también fue difícil», aunque, una vez cogida velocidad de crucero, se convirtió en una campaña «espectacular y muy bonita». La aclimatación tampoco fue complicada, habida cuenta de que «ya había estado el año anterior cedido en el Sporting, en la otra punta de mi casa, donde también estuve muy feliz».  

Después llegaron los siete ejercicios seguidos que actualmente lleva la escuadra navarra en la máxima categoría, en los que «sí que acabamos siempre en una posición más holgada», pero que «también costaron salvarse», a base de «los valores por los que siempre destaca Osasuna, esa garra y esa lucha, a lo largo de su historia».

Unas cualidades que también estaban muy presente en aquellos lejanos años ochenta. Recuerda Castañeda que en la tradicional visita del equipo a Xabier, el entonces presidente, Fermín Ezcurra, le preguntó que «qué le había pedido al santo». «Joder, que no bajemos, le respondí, porque lo vi muy complicado en aquel momento», recuerda con sinceridad. «Pero, luego, cuando ya empezamos a competir, era un equipo que se transformaba y que cada jugador aportaba todo lo que podía. Era un equipo muy compacto, muy difícil de ganar, aunque fueron años muy duros», refleja.

Rubén García y Javier Castañeda, en El Sadar. (Andoni CANELLADA | FOKU)

Quizás fue por ello por lo que resolvió asentarse en Iruñea, pese a que tuvo ofertas muy importantes e incluso su familia no coincidió con su decisión. «Después de la cesión, cuando volví a Madrid, tenía otras tres posibilidades: el Sporting, el Betis y el Atlético de Luis Aragonés, pero opté por quedarme en Osasuna, hice una apuesta. Aquí me sentía bien, me dieron mando e intenté también ser importante en el vestuario, motivando de diferentes maneras a mis compañeros», explica.

Castañeda: «Pude ir al Sporting, el Betis y el Atlético de Luis Aragonés, pero hice una apuesta con Osasuna, me sentía bien y me dieron mando»

 

Conforme avanza el encuentro entre ambos protagonistas, también crece su interactuación. Rubén García interpela a Castañeda sobre el tiempo en que vistió la camiseta rojilla. Aquel idilio se mantuvo durante nada menos que once años, en los que se dejó la piel, articulaciones y huesos. «La rodilla ya me la había roto en el Castilla y con Osasuna tengo el récord en la mutua de las ocasiones en las que me han sacado líquido de ella. creo que unas 216. Jugaba el fin de semana y el lunes me extraían líquido. Tengo seis roturas en cinco dedos del pie y he jugado infiltrado un montón de veces».

Rubén García lleva hasta ahora nueve como rojillo. «Me estoy proyectando un poco en lo que escucho. Mi novia es de aquí, tengo casa, proyectos en común..., desde el principio se me ha tratado con muchísimo respeto y educación, aunque haya habido malos momentos futbolísticos. Si me dijeran ahora mismo dónde está mi hogar, diría que en Pamplona, aunque a mi madre no le hace mucha gracia», admite. 

Antes que el valenciano, Castañeda también creó su familia en la capital navarra. «Mi decisión de quedarme aquí fue porque, si volvía a Madrid, era uno menos. Y aquí eres uno más. Siempre había sido muy querido como jugador y, cuando me retiré, eso continuó, es algo que se nota, que la gente te aprecia. Hablamos ya de 45 años y mis hijas son de aquí».

De dar patadas al balón a vender seguros

Cuando colgó las botas, el exjugador tuvo sus opciones de seguir ligado al mundo del fútbol. El Real Madrid le ofreció la posibilidad de ser ojeador, pero no le vio porvenir a aquello y se dedicó al mundo de los seguros, sector en el que, superada su edad de jubilación, todavía continúa activo. «Fue una decisión que tomé cuatro años antes de retirarme, gracias a mi relación con Gil de Biedma (fue vicepresidente del Real Madrid), que tenía una correduría. Me parecía que era una profesión que podía encajar con mi carácter y hasta hoy. La empresa la llevan ahora mis hijas, pero hay mucho trabajo y no me puedo jubilar. Me quedan diez años para ello», expone con una sonrisa.

Rubén: «Si me dijeran ahora mismo dónde está mi hogar, diría que en Pamplona, aunque a mi madre no le hace mucha gracia»

 

Rubén García aún no tiene muy claro a qué se quiere dedicar el día de mañana, entre otras cosas porque, a sus 32 años, sigue gozando plenamente de la dinámica diaria del fútbol profesional. «Disfruto mucho de entrenar e incluso me gusta hacer trabajo de fuerza aparte, quizás lo que peor llevo sean los viajes. Hasta los 25 o 26 años estás un poco embobado con el fútbol, pero cuando pasas la treintena ya empiezas a plantearte tu futuro. Si me tuviera que retirar en un par de años, seguramente me centraría en la familia, cuidar y educar a mis hijos. También intentaré tener mis distracciones a nivel laboral y seguro que encuentro mi sitio en ese espacio», aventura.

No tanto relacionadas con el mundo del fútbol. «Algunos compañeros me dicen que me ven como entrenador, pero tampoco soy un hiperfutbolero, no lo vivo tanto. Además, ser técnico te supone asumir una exigencia muy grande en todos los aspectos, una enorme responsabilidad a la hora de tratar con personas, por no hablar de la obligación de viajar todos los fines de semana. Si me ofrecieran mañana sentarme en un banquillo, te diría al cien por cien que no, aunque nunca se sabe», explica.

Javier Castañeda y Rubén García estrechan sus manos junto al escudo rojillo. (Andoni CANELLADA | FOKU)

La charla, que se lleva a cabo en uno de los vestuarios de El Sadar y se prolonga por espacio de más de tres cuartos de hora, deriva en un tema recurrente, como es la comparativa entre el fútbol de finales del siglo pasado y el actual. Los entrevistados coinciden en dicha cuestión. «He discutido muchas veces sobre ello –esgrime Castañeda– y pienso que el buen futbolista jugaba antes y lo haría también ahora. Las formas de entrenar han variado, pero la actitud y la competitividad siguen siendo las mismas».

Rubén García valora que el fútbol de aquella época era «más libre» y que ahora «el talento está un poco más encasillado». «Es todo mucho más estratégico y el aspecto físico cada vez manda más, aunque esto lo hace más espectacular. Y cada vez salen entrenadores con perfiles muy diferentes, el fútbol sigue evolucionando y le queda mucho camino por recorrer», vaticina.

Después de tanto tiempo por estas tierras, ¿se consideran ya un navarro más? «Me tengo que sentir forzoso –asume Castañeda– porque, aunque he nacido en Madrid, ya son cuarenta y pico años aquí y me siento perfectamente identificado, aunque es verdad que al tema de sentirte o no sentirte no le hago mucho caso, nunca me lo he planteado. Tengo amigos y familia en Madrid y también los tengo en Navarra».

Proceso bonito

«La pregunta tiene sentido para los navarros porque este es un lugar donde hay un gran apego a la tierra. De forma intuitiva, te vas haciendo a esa personalidad, a los gustos, a los valores, a la cultura... Creo que es algo inconsciente, el que te vayas haciendo un navarro más, es un proceso bonito, aunque, dicho desde el respeto, aún me quedan unos cuantos años para sentirme navarro», profundiza Rubén García.

En todo caso, la integración cultural del de Xàtiva queda fuera de toda duda. Siempre que ha tenido ocasión, ha realizado un guiño en redes sociales a nuestra lengua, música, naturaleza y tradiciones. Son habituales sus apariciones en videos disfrutando de canciones en euskara o ascensiones montañeras y el video anunciando su última renovación con el club rojillo fue paradigmático. «Fue algo gracioso y chulo a la vez. Me hacía muchísima ilusión poder identificarme también con el carnaval. Supongo que el hecho de que mi pareja sea originaria de Uharte Arakil, que viva en la Txantrea y que sea euskaldun, también influye», apostilla.

Javier Castañeda y Rubén García son la demostración fehaciente de que enfundarse la elástica rojilla durante un prolongado espacio de tiempo acaba infundiendo impronta navarra. No fueron los primeros, ni tampoco serán los últimos.