Dario Antonelli, Giacomo Sini, Massimiliano Sfregola

­Bases británicas en Chipre, un peligroso vestigio colonial

Dos alertas en diez días: un incidente en la base británica de Akrotiri en Chipre y un misil interceptado sobre Líbano, presuntamente con destino a la isla. Las Zonas de Bases Soberanas Británicas instan a los residentes a mantenerse alejados de las ventanas sin ofrecer una explicación clara.

Una bandera británica en la base de Dhekelia, una las Zonas de Bases Soberanas Británicas (SBA).
Una bandera británica en la base de Dhekelia, una las Zonas de Bases Soberanas Británicas (SBA). (Giacomo Sini)

Lo que se ha desarrollado en el primer mes del conflicto en torno a Chipre equivale a una guerra de nervios. De los varios incidentes solo un dron, el 1 de marzo, llegó a tocar tierra. El cierre temporal del aeropuerto de Lárnaca el 24 de marzo por una alarma fue solo el último de una serie de incidentes que afectan al tráfico aéreo en la isla.

Chipre en sí no es el objetivo, Teherán ha sido explícito. Lo son las Bases Soberanas Británicas (SBA), sobre las que el Gobierno de Nicosia no tiene jurisdicción.

Una pista de tierra discurre entre un lago salado y el mar, una larga franja de arena azotada por el viento se extiende, desierta. En el horizonte, un bosque de antenas se alza hacia el cielo. Se trata de Lady’s Mile Beach, el primer tramo de la costa chipriota en el golfo de Akrotiri administrado por las SBA.

Para llegar hasta aquí, hay que atravesar una zona industrial anónima, rodeada de contenedores de transporte del puerto cercano. El cambio de jurisdicción es silencioso: sin puestos de control, sin aduanas, sin banderas. Y, sin embargo, aquí se encuentra la mayor base de la Royal Air Force (RAF) fuera de Gran Bretaña. Solo el GPS del teléfono, o el ocasional coche patrulla de la Policía Militar británica, te indica que has abandonado la República de Chipre, el último puesto avanzado de la Unión Europea antes de Oriente Medio. La importancia estratégica de Akrotiri y Dhekelia es evidente: son vestigios del pasado colonial británico, que terminó oficialmente en 1960, pero que nunca desapareció del todo.

Melanie Steliou, una actriz chipriota-británica de 50 años, vive en Pyrgos, a 20 km de Akrotiri. «Chipre necesita paz y desmilitarización», afirma. Cuando lleva a su hijo al colegio en Trachoni, un pueblo que se encuentra parcialmente bajo la jurisdicción de la base, oyen despegar los aviones. «Los niños ya están acostumbrados», añade. «Pero en los últimos años, la actividad militar ha aumentado. Los aviones de combate vuelan a baja altura sobre las casas. El ruido es ensordecedor».

La zona donde vive Steliou está bajo administración de Nicosia, pero el limbo jurídico de las bases supone una gran carga para los residentes del area. «La base tiene sus propios protocolos de seguridad», afirma. «Pero, ¿quién es responsable de las personas que viven dentro de estas zonas o justo en sus alrededores, sometidas a un conjunto de normas diferente?».

El debate sobre las bases cobró relevancia mundial tras el ataque con drones perpetrado el 1 de marzo y dirigido contra Akrotiri, como parte del conflicto más amplio contra Irán. El ataque causó pocos daños, pero desencadenó una oleada de despliegues militares en Chipre.

También reavivó viejos temores sobre la violencia entre greco y turco-chipriotas, que culminó con la invasión de Turquía en 1974 y la división actual de la isla.

A raíz del ataque, cientos de civiles del municipio de Akrotiri fueron evacuados durante dos semanas: para quienes viven cerca de la base, la incertidumbre persiste.

Las SBA abarcan alrededor del 3 % de la isla, incluyendo no solo terrenos militares, sino también pueblos donde les chipriotas viven como si fueran extranjeros en su propio país.

Trachoni es uno de ellos en tierra de nadie. El pueblo está dividido por la línea que separa el territorio británico de la República de Chipre. En la calle principal, dos tiendas contiguas pueden pertenecer a jurisdicciones diferentes: una en Chipre y la otra en Gran Bretaña.

Un marco legal confuso, una burocracia duplicada

«Esto es Gran Bretaña», señala Yorgos, un hombre de unos treinta años que regenta una pequeña cafetería, señalando el suelo. «Pero allí, donde se están construyendo esos edificios, es Chipre». A su alrededor, unos jóvenes miran sus teléfonos, mientras un peluquero termina su café antes de volver al trabajo en el local al lado.

En caso de emergencia, ¿a quién se llama? «Tanto la policía chipriota como la policía de las SBA pasan por aquí», dice Yorgos. Pero no está nada claro dónde recae realmente la autoridad. El tratado por el que se establecieron las bases se incorporó a la Constitución de Chipre sin apenas consulta por parte chipriota, y desde entonces el marco legal solo se ha ido remendando con ajustes parciales. Y uno de los efectos visibles es que la burocracia también se duplica.

«Para abrir un negocio, necesitas una licencia tanto de Nicosia como de la base», explica el peluquero. «Esto genera confusión». Durante los tensos días de principios de marzo, «no recibimos ninguna alerta. Simplemente seguimos abiertos».

Para muchos chipriotas, las bases son simplemente una realidad de la vida. Para algunos, son una fuente vital de empleo. Otros ven a los aviones de la RAF como una forma de protección para un país pequeño con capacidad militar limitada.

Las autoridades SBA mantienen un perfil bajo. Las patrullas son esporádicas. Los servicios esenciales - comisarías, juzgados - se encuentran en zonas restringidas. No hay banderas británicas en las calles. Pero la ausencia de símbolos no hace que la dependencia sea menos real.

Lo mismo ocurre en Dhekelia, en el distrito de Lárnaca. Aquí, la base solo se revela a través del alambre de espino y un radar que gira sobre los árboles. Un letrero indicador reza: «Bienvenidos a la estación de Dhekelia».

La carretera atraviesa una verja abierta, sin vigilancia, que se abre paso entre recintos vallados. A lo lejos, una bandera británica. Al otro lado, la playa de Cessac: el único acceso al mar dentro del perímetro militar. Poco se sabe sobre las operaciones que se llevan a cabo aquí. La hipótesis predominante es que consisten en gran medida en inteligencia militar.

«Aquí estamos en el Reino Unido», dice Alexandros, un joven propietario de un bar en territorio británico cerca de Ormidhia, un enclave de la República de Chipre rodeado por la base. No parecen preocuparle las recientes medidas de seguridad. «Hay protocolos en caso de ataque. Búnkeres, refugios», dice. «Pero las autoridades solo se pusieron en contacto mucho después del ataque con drones».

Cambio en la opinión pública

A 60 kilómetros de distancia, en el centro de Nicosia, el sociólogo y jurista Nicos Trimikliniotis percibe un cambio en la opinión pública. «Esto forma parte de una larga continuidad histórica», afirma.

«Los británicos conservaron parte del territorio de un país que habían colonizado y lo calificaron de ‘soberano’. Se trata de una estructura claramente colonial». El ataque de marzo puso de manifiesto la fragilidad de la situación.

La opinión pública chipriota, que antes se mostraba en gran medida tolerante con las bases, se está volviendo más crítica, especialmente en lo que respecta a los riesgos de seguridad.

«No es la primera vez que el Reino Unido utiliza las bases para operaciones militares», afirma. «Siempre lo han hecho, desde Libia hasta Líbano, pasando por Yemen y Sudán. Es algo continuo».

Un mes después, con repetidas alertas de drones en marzo, la llegada de refuerzos europeos no le tranquiliza en absoluto. «El Gobierno presenta esto como una posición defensiva firme», afirma. «Pero la realidad es otra. El impacto económico será negativo y se notará pronto».

Matthew Stavrinides, ingeniero químico y activista, forma parte de un movimiento de apoyo a Palestina. «Era solo cuestión de tiempo que se produjera un ataque», afirma. «Este es el resultado de una estrategia a largo plazo en la que tanto el Gobierno británico como el chipriota han asumido riesgos inaceptables, riesgos que pagan con su vida los civiles».

Su colectivo gestiona la página de Instagram «Genocide Free CY», que documenta los bombardeos israelíes en Gaza y los vuelos de vigilancia de la RAF sobre la Franja.

«El Gobierno británico lo negó durante mucho tiempo», afirma. «Pero los datos que recopilamos, junto con Declassified UK, dieron lugar a una pregunta parlamentaria. El ministro se vio obligado a reconocer las operaciones».

Temprano por la mañana en el paseo marítimo de Limassol. Cerca de Harmony Bay, entre complejos hoteleros y la península de Akrotiri, apenas visible, una joven rusa juega en la playa con su hijo. Una lancha motora surca las aguas, remolcando a un esquiador acuático. El sol se refleja con intensidad en el mar. A lo lejos, casi en el horizonte, una fragata emerge entre la bruma.