
«No quiero decirles a quién votar», aseguró el pasado martes el vicepresidente de EEUU, JD Vance, en un acto electoral junto a Viktor Orbán, presidente de Hungría y segundo en los sondeos de cara a las elecciones que el país celebra este domingo. Aquí las palabras del segundo al mando en la Casa Blanca pocos minutos antes: «Debemos hacer todo para que en Hungría se elija de nuevo como primer ministro a Viktor Orbán».
Obedeciendo a la ya habitual costumbre trumpista de contradecirse hasta la saciedad sin pudor en defender en cada momento la causa más oportunista, Vance sentó cátedra y acusó a Bruselas de llevar a cabo uno de «los peores ejemplos de injerencia y de interferencia electoral que he visto». Todo esto desde el escenario de un mitin electoral. Incluso el presidente de EEUU, Donald Trump, intervino mediante llamada telefónica en el evento. Un claro ejemplo de imparcialidad del que la Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU ya dio alguna pista cuando se propuso «revivir el espíritu europeo a través de sus aliados en la región».
Aun así, la cita del domingo será también observada con cautela desde su aliado más cercano, y del que más depende: el Kremlin. Fue el pasado martes cuando el medio Bloomberg publicaba la transcripción de una conversación telefónica entre el presidente ruso Vladimir Putin y Orbán en la que este último protagonizó un episodio de vasallaje similar al de su colega ideológico Javier Milei con Donald Trump. «En cualquier asunto en el que pueda ser de ayuda, estoy a su servicio», decía el jefe del Gobierno húngaro. Orbán habría ejemplificado su oferta con la fábula de Esopo en la que un ratón libera al león que poco antes le había perdonado la vida.
Miedo al fracaso
La confluencia de intereses de estadounidenses y rusos obedece al encabezamiento de los sondeos por Péter Magyar, un díscolo del partido de Orbán, Fidesz, que decidió emprender un proyecto político que ahora amenaza con echar del poder a Orbán después de 16 años. Cerca de 10 puntos por encima según los últimos sondeos, Tisza, el partido de Magyar, puede hacer girar el rumbo del país y alejarlo de Rusia y la ofensiva ultraconservadora personificada por JD Vance, y acercarlo a posiciones más alineadas con la UE. Eso sí, dentro de unos límites. La estrecha dependencia energética del país respecto a su vecino del este dificulta sobremanera un más que improbable desacoplamiento completo, y, por tanto, un distanciamiento total.
El reciente bloqueo del crédito de la UE valorado en 90.000 millones de euros destinado a Ucrania a causa del corte por parte de Kiev del oleoducto Druzhba —que atraviesa Ucrania y lleva petróleo ruso a Hungría y Eslovaquia— sería uno de los reflejos más claros del rol que la Hungría de Orbán lleva jugando en el club de los 27 desde hace ya tiempo. Su cercanía con el Kremlin, y ahora con EEUU, no es sino consecuencia directa de la connivencia que líderes ultraderechistas globales muestran ante el mundo. Esos «lugares comunes», explicitados en la anual conferencia de los «Patriotas» organizada por Orbán en Budapest, son la punta de lanza de un movimiento ultra que parece estar experimentando un duro golpe en tierras húngaras.
Los comicios del domingo serán sin duda decisivos, no solo para Hungría, sino también para Europa y la ofensiva ultraderechista que amenaza desde hace tiempo con hacerla bastión de su «libertad». Orbán y la Casa Blanca tratan de exprimir hasta la última gota de «la era dorada de su relación», pero puede que sea el húngaro la primera víctima de las erráticas políticas que Trump expone día sí y día también.

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