Los ayatollahs iraníes no lideran el chiismo en el islam
Los 200 millones de feligreses chiíes tienen dos grandes centros teológicos de referencia en los que los ayatolás más prestigiosos marcan el camino político, social y espiritual. Uno es Qom, en Irán, ligado a la revolución islámica, y el otro es Nayaf, en Irak, donde la referencia es Ali al-Sistani.

El marja o gran ayatollah con más seguidores en el mundo no está en Irán, sino en Irak. Ali al-Sistani es la principal referencia teológica chií y, desde el seminario de Nayaf, en Irak, interpreta el Corán y los textos islámicos para mostrar la forma en la que la comunidad chií debe relacionarse con la modernidad. Sus edictos, de obligado cumplimiento para los feligreses, cobran aún más importancia en un presente marcado por la guerra en Irán y por el magnicidio de la hasta poco segunda referencia chií: Ali Jamenei.
A falta de un califa, en el mundo hay una cincuentena de clérigos chiíes considerados marja. Son como el papa, lo que pasa es que hay más de uno. Debido a su sabiduría, son los enlaces de Dios en la Tierra, los delegados del último imán, que pasó a la ocultación hace siglos, y cuentan con millones de seguidores. Estos clérigos, que generalmente siguen doctrinas de otros líderes célebres, son quienes interpretan las leyes islámicas para aclarar la forma en la que comportarse en el presente, aunque lo que uno considere haram puede no serlo para otro. Por eso, en las redes sociales hay debates intensos sobre los hadith o actos en vida de Mahoma, sobre si fumar es haram o no, o sobre la reacción apropiada a los conflictos que asolan el mundo.
Estos ayatollahs, que compiten entre sí para captar feligreses, se nutren de un conglomerado empresarial con instituciones educativas o sanitarias. Cuanto más respetado es el clérigo, más global es esta estructura. Por eso, por el número de seguidores, se dice que el más destacado es Ali al-Sistani, nacido en 1930 en Mashhad, en Irán, y cuya familia proviene de la región de Sistán.
«Como cualquier gran ayatollah, Al-Sistani es una autoridad epistémica en cuestiones de práctica religiosa y sharia (ley islámica). Como los principios inferidos de las fuentes de la sharia no son fáciles de entender, las personas preguntan a un experto. Y ese experto es Al-Sistani, considerado el mayor erudito en sharia, el jurista indiscutible en Irak y el ayatollah que más seguidores tiene en el mundo», explica Ali-Reza Bhojani, profesor asistente de Ética Islámica del departamento de Teología y Religión de la Universidad de Birmingham.
En el mundo hay unos 200 millones de musulmanes chiíes. Tienen presencia destacada en Irán, Irak, Líbano y en países del Golfo como Yemen o Bahrein, y cuentan con comunidades desperdigadas pero compactas en Asia Central. El 85% de estos feligreses sigue el chiismo duodecimano y comparte los puntos centrales del relato histórico-religioso. Sin embargo, como en todo credo, hay diferencias internas. Una de ellas, reflejada en los dos principales seminarios teológicos, versa sobre la relación entre la autoridad religiosa y el Estado: desde Nayaf, en Irak, clérigos como Al-Sistani promueven la separación de poderes, mientras que desde Qom, en Irán, los ayatollahs herederos de Ruhollah Jomeini defienden el rol supremo del jurista.
«Es importante destacar que muchos clérigos estudian en ambos seminarios y que existe una comunicación constante y un gran respeto entre Nayaf y Qom. Son como Oxford y Cambridge: instituciones rivales que trabajan de forma conjunta. Qom está mucho más integrado en el Estado iraní, mientras que Nayaf rechaza cualquier integración. Qom permite seminarios modernos con materias como filosofía, mientras que en Nayaf la educación es muy clásica, conservadora, centrada en la jurisprudencia», compara Marsin Alshamary, académica del Boston College que está escribiendo el libro “A Century of the Iraqi Hawza: How Clerics Shaped Protests and Politics in Modern Day Iraq”. «La gente piensa que todos los ayatollahs son revolucionarios porque solo conocen a Jomeini, pero existe un conjunto mucho más amplio de comportamientos, desde lo político hasta lo apolítico», sentencia.
Irak es el centro del relato histórico de resistencia y martirio del chiismo
Fue aquí donde en el siglo XI se estableció el primer seminario, el de Nayaf, que, gracias al desarrollo en infraestructuras y a la eclosión de los liderazgos globales, alcanzó la preeminencia a partir del siglo XIX. En un período marcado por el colonialismo y por el ascenso de los Estados nación, el clero, que siempre ha sido un actor social clave, tuvo que decidir qué rol estatal jugar. Si bien en Irán los ayatollahs llegaron al poder en 1979, en Irak ocurrió lo contrario: la mayoría chií acabó reprimida bajo la dictadura de Saddam Hussein. Así, los años de auge teológico en Irán coincidieron con los de la decadencia en Irak: entre 1970 y 2000, el seminario de Nayaf pasó de 10.000 a 500 estudiantes, mientras que Qom ascendió hasta los 40.000.
En este contexto, el distanciamiento de las cuestiones estatales marcó la posición del gran ayatollah Abu al-Qasim al-Khoei, clérigo más importante en Irak entre 1970 y 1992 y maestro de Al-Sistani, quien ha continuado con el legado no intervencionista pese a que, actualmente, la mayoría chií es la que dirige el país.
A diferencia de Irak, en Irán una revolución destronó al monarca dictatorial y, una vez el clero tomó el poder, se instauró un Estado islámico. Desde el triunfo de la revolución en 1979, las autoridades siguen la doctrina de velayat-e faqih, interpretada de forma distintiva por Jomeini y, actualmente, base ideológica del régimen iraní. Según este marco teórico, la autoridad del jurista es absoluta en cuestiones religiosas y políticas. Así, el máximo representante religioso también es jefe de Estado. Sin embargo, tras el magnicidio de Ali Jamenei hemos presenciado cómo una figura alejada de la excelencia religiosa se ha convertido en líder supremo: es el caso Mojtaba Jamenei, que al igual que su padre ha sido elegido sin ostentar siquiera el título de ayatollah.
«Ali Jamenei tenía ambas credenciales: como erudito religioso y por haber servido en el sistema de Jomeini. Debido a su liderazgo político, sus seguidores podían argumentar que era más erudito que Al-Sistani», sostiene Bhojani. «Mojtaba ha sido elegido por eruditos religiosos que consideran que tiene la capacidad de ijtihad (interpretar), aunque aún no tiene el reconocimiento masivo para ser referencia en asuntos de fiqh (leyes). Así, Mojtaba no podrá afirmar ser el jurista de mayor erudición, sino la persona idónea para liderar al pueblo iraní en un contexto de guerra como el actual», apunta Bhojani, quien remarca que, si bien la elección de Mojtaba «se aleja de la idea inicial de vilayat-e faqih», «la doctrina de Jomeini evoluciona en términos pragmáticos y estamos ante una nueva fase».
«Mojtaba no tiene seguidores religiosos, sino políticos. Sin embargo, la doctrina considera tanto el liderazgo político como el religioso y se puede argumentar que Mojtaba no está cualificado como líder religioso, pero que, ahora mismo, se necesita liderazgo político», coincide Hashim Bata, experto en Derecho Islámico y director organizativo del Instituto Al-Mahdi, quien cree que, «si Ali Jamenei no hubiera sido asesinado, probablemente habrían elegido a alguien más moderado».
«Hay diferencias teológicas significativas en el seminario de Qom. Algunos eruditos replantean cómo la ley y la ética abordan desafíos contemporáneos como la ética ambiental o la bioética. Un ejemplo de esta vertiente es el ayatollah Muhaghegh Damad», ejemplifica Bata sobre otras corrientes alternativas o clásicas que interactúan con la doctrina principal promovida por el Estado.
Aunque parezca extraño, vilayat-e faqih siempre ha sido una doctrina secundaria en la jurisprudencia chií. Pese al impulso de Jomeini, lo sigue siendo: la mayoría prefiere la posición de Al-Sistani. «Para Al-Sistani, el papel del erudito religioso no es gobernar, sino actuar como una brújula moral crítica. Ve su papel alejado del Estado. Pero eso no quiere decir que no se preocupe por la política. Lo hace, aunque en la literatura secundaria se le presente como seguidor de la corriente quietista, que no define su posición. Sin duda, es quietista si se le compara con Jomeini», considera Bhojani.
Es precisamente esta visión marcadamente religiosa la que aventura que Al-Sistani no intervendrá en el conflicto en Irán.
Es decir, no emitirá un edicto para la yihad o guerra santa contra EEUU e Israel: no existe ese peligro existencial para la población iraquí que, de forma excepcional, le obligó a posicionarse en cuestiones políticas y llamar a la yihad contra el Estado Islámico en 2014. «Nunca pensamos que pudiera llamar a la yihad contra EEUU. Los clérigos de Nayaf son políticamente realistas: nunca presionarían a la gente si creen que el resultado será perjudicial para la comunidad», sostiene Alshamary.
En este mes de conflicto en Irán, Al-Sistani ha pedido respeto por el derecho internacional, ha mostrado sus condolencias por la muerte de Ali Jamenei y ha apoyado a Mojtaba como nuevo líder supremo. Esta posición sigue la senda de la estabilidad y, salvo sorpresa, así continuará mientras viva Al-Sistani. Pero es anciano y, una vez fallezca, se desatará una disputa entre ayatollahs para convertirse en la referencia global.
Y, a diferencia de Irán, en Irak no existe un cónclave que decida: será un proceso de años en el que el reconocimiento llegará por clamor popular. Eso sí, apunta Bata, nadie aglutinará tanto apoyo como Al-Sistani: «La cuestión más importante para el islam chií es qué pasará el día después de la muerte de Al-Sistani. No hay un sucesor claro y, en cualquier caso, no contará con un respaldo del 60%. Por lo tanto, habrá una crisis de liderazgo».

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