El escudo y las cadenas

Serán cosas del implacable paso del tiempo, que al modo del gran Atila no deja brizna de hierba a su paso, pero la triste realidad nos convierte, cada vez más, en redactores de obituarios, heraldos de la pena.
El fallecimiento de Carlos Garaikoetxea me ha apenado, lo reconozco, por su faceta humana, abertzale y, quien lo hubiera dicho en aquellos tiempos, por haber compartido escenario y cartel electoral.
Garaikoetxea, navarro como solo Irujo, Zabaleta o Aoiz pudieran serlo, encarnó la defensa de los valores vascones de Nafarroa, lo que le costó el cargo y la expulsión de su propio partido. Pero, como reputado navarro, no entregó ni el escudo ni las cadenas arrebatadas a Miramamolín y afrontó la génesis de Eusko Alkartasuna, firmante del histórico acuerdo de Lizarra-Garazi y fundador de Euskal Herria Bildu, ahí donde se funden las ilusiones y esperanzas de tantos y tantas abertzales.
Carlos Garaikoetxea pasará a la historia como Lehendakari, igual que José Antonio Agirre o Juan José Ibarretxe pero, sobre todo -y por encima de las lógicas discrepancias que nos enriquecen como humanos, ya está en la galería de los hombres y las mujeres que han defendido la pervivencia de nuestro pueblo, nuestra lengua y nuestra cultura.
Hoy es noticia, muy triste, la partida de Carlos Gaikoetxea Urriza. Mañana será una reseña importante en la historia de Euskal Herria. Gracias a gentes como él se equivocaron los visigodos al escribir ‘Domuit vascones’.

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