Iñaki EGAÑA

El laboratorio de Jurramendi

Ayer se cumplió medio siglo de los crímenes de Montejurra. El autor rememora el contexto de aquella masacre en la que murieron Aniano Jiménez Santos y Ricardo García Pellejero, y analiza la posterior evolución del terrorismo de estado.

Homenaje de este sábado en Lizarra.
Homenaje de este sábado en Lizarra. (Idoia ZABALETA | FOKU)

Aquel 9 de mayo de... 1976. Montejurra (Jurramendi). Asalto de mercenarios a la fiesta anual carlista con el resultado de dos muertos: Ricardo García Pellejero y Aniano Jiménez Santos, reconocidos por cierto en 2003 como «víctimas del terrorismo» por la Audiencia Nacional y hace escasas semanas por el Parlamento navarro como «víctimas del terrorismo de Estado». Han pasado 50 años y la versión franquista de entonces se mantiene siguiendo la máxima de Giuseppe di Lampedusa en ‘‘Il Gattopardo’’: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie». UPN se abstuvo en abril del 2026 en el reconocimiento de los dos fallecidos en una sesión en la se ausentaron PP y Vox.

Acabo de concluir la lectura de las memorias de Jaime Mayor Oreja, referencia de la derecha hispana, publicitadas hace un par de meses con el subtítulo de «contra el silencio y la mentira». No he sabido si reír o vomitar. Un panegírico a su propia trayectoria en el que de un plumazo pasa de perfil sobre las masacres de Gasteiz y Jurramendi. «A finales de la década de los sesenta, el ambiente de paz y concordia fue remplazado por los desórdenes y las protestas permanentes, de manera que acontecimientos como los de Montejurra y Vitoria sacaron a la luz algo que había estado larvado en nuestra tierra. Se enfrentaron en Montejurra las dos facciones del carlismo y hubo disparos». El caso liquidado con 75 letras. Nada de extrañar cuando páginas más adelante, Mayor Oreja se destapa con una frase que lo coloca al borde de la santidad: «Nunca podrán ni con España ni con los fundamentos cristianos de nuestra sociedad».

Al margen de las valoraciones de entonces y de ahora de los sucesos de Montejurra, denominados por Interior y los servicios secretos con la expresión rimbombante de Operación Reconquista, los mismos fueron un laboratorio de un proceso paramilitar que entroncaría en lo que sería la sofisticación del terrorismo estatal (guerra sucia en lenguaje popular), sustituyendo a los impulsivos Guerrilleros de Cristo Rey por una estructura piramidal llamada Batallón Vasco Español (BVE), que tendría continuidad ya en los tiempos del Mando Unificado de la Lucha Antiterrorista (MULA) con la coordinación de las cuatro patas de los GAL (Guardia Civil, Policía, servicios secretos y Dirección Política). Un estado paralelo en toda regla.

APUNTALAR A JUAN CARLOS BORBÓN

El Plan Udaberri, precursor del Plan Zen, ya anticipaba la superación del carlismo y la focalización en los grupos abertzales, también para invisibilizar y criminalizar a los continuadores de ese carlismo que se había vuelto autogestionario, anticapitalista y antiatlantista. EKA (Euskal Herriko Alderdi Karlista) había convocado en Iruñea el Aberri Eguna en compañía de las fuerzas de KAS, incluida ETA, y partidos de la izquierda revolucionaria.

Juan Carlos Borbón, el sucesor alfonsino nombrado por Franco no tenía apenas crédito y para eliminar al pretendiente carlista Carlos Hugo, que apoyaba a EKA y había hecho unas declaraciones recientes contra la OTAN, los salvadores patrios montaron la citada Operación Reconquista. Y para ello echaron mano de sus valedores. Ángel Campano, director general de la Guardia Civil y ex combatiente de la División Azul, y su segundo, Salvador Bujanda, coordinaron el trabajo mercenario. El ministro de Gobernación, dirigido entonces por Manuel Fraga, acometió la infraestructura (apoyo del gobernador civil de Nafarroa, armas, identificaciones, pago de gastos de viaje y hospedaje, etc) y el SECED (el CNI de entonces) se encargó de la propaganda, de la construcción del relato posterior y de transmitir al Gobierno los detalles de la operación (hasta llegar a 2026 con la versión de Mayor Oreja).

La financiación, según la comisión de investigación, corrió a cargo del presidente del Consejo de Estado, Antonio María Oriol y Urquijo, y del presidente de Diputación de Gipuzkoa, Juan María de Araluce Villar, que entregó parte de los réditos por la venta de la Red Telefónica de Donostia a la Compañía Telefónica Nacional. Mayor Oreja citaba a Araluce como un «regionalista moderado». Su hija Maite preside la AVT (su padre fue muerto por ETA después de Montejurra) y su nieto Gonzalo, redactor de medios ultras, es coautor con el mítico Manuel Sánchez Corbí, torturador condenado e indultado, de un libro sobre la Guardia Civil en su actividad contra ETA.

LO QUE VINO DESPUÉS

De la Operación Reconquista quedaron varias lecciones para el Gobierno español, entre ellas la necesidad de encapsular los grupos de mercenarios que habían participado en Montejurra y hacerlos clandestinos. De ahí surgió el BVE y su extensión de los GAL, con nombres trágicamente célebres ya presentes en Jurramendi: Jean Pierre Cherid (OAS, BVE, GAL), Stefano delle Chiaiae (Gladio-OTAN, Cóndor, SECED), Eduardo Almirón (Triple A, escolta personal de Fraga y adiestramiento de la de Felipe González), Pier Luigi Concutelli (investigado por el juez Andreu por la desaparición de Pertur), Giuseppe Calzona (condenado a perpetua por la muerte del refugiado Tomás Pérez Revilla), Carlo Cicuttini (implicado en la matanza abogados del PCE en Atocha), Eliodoro Pomar (BVE), Mario Ricci (muerte de Argala), José Luis Marín García-Verde (veterano del Ejército, autor presuntamente, porque no hubo juicio y el sumario 1847/76 desapareció de los archivos, de la muerte de Aniano Jiménez)...

Mayor Oreja concluye sus reflexiones aludiendo a una supuesta leyenda negra que se fundamenta en un «falso relato que intenta desacreditar todo lo que conseguimos desde 1977». Pues una más en el blanqueamiento que continúa en un bucle que ya aterrorizó a Antonio Machado: «Una de las dos Españas ha de helarte el corazón». Y como no podía faltar, las memorias concluyen con el epílogo de otro clásico, Jon Juaristi, que en esa construcción lleva a su punto álgido la labor del Melitonium. Y así continúan enjabonándose unos con otros, mientras esperan la ocasión para entrar a saco nuevamente en nuestra casa.