
El ministro principal de Escocia, John Swinney, ha apostado por un referéndum de independencia ante la amenaza que supone el líder de Reform UK, el ultraderechista Nigel Farage. «Reino Unido podría tener pronto un primer ministro que es abiertamente hostil a los grupos minoritarios, que ha pedido la privatización del Servicio Nacional de Salud y la abolición del Parlamento escocés», expresó desde Edimburgo.
Swinney apuesta por un cordón sanitario a la extrema derecha, instando a todos los actores a estar «unidos» para asegurar que el Parlamento de Holyrood esté blindado y sea «a prueba de balas» frente al líder ultraderechista.
El líder escocés ha insistido así en que si el líder de Reform UK consigue llegar al número 10 de Downing Street esto sería un «escenario absolutamente desastroso». Lo cierto es que, a pesar de los preocupantes resultados del Partido Laborista tanto en Escocia como, sobre todo, en Gales e Inglaterra, el primer ministro Keir Starmer ha descartado dimitir y las elecciones están previstas para 2029, por lo que el escenario podría cambiar por completo.
A pesar de ello, el premier escocés considera los resultados de Reform en Inglaterra «una amenaza muy real». Por lo que entiende que la independencia de Escocia es «la única receta posible» contra la extrema derecha. El SNP se ha quedado lejos de la mayoría absoluta que le llevó al referéndum de 2014, pero lo cierto es que los 15 parlamentarios de los Verdes, que han logrado el mejor resultado de su historia, hacen que la Cámara de Holyrood presente la mayor representación independentista de su historia.
Por el momento, las peticiones de un referéndum en Escocia se han chocado siempre contra un muro en Inglaterra, llegando en 2022 hasta la Corte Suprema, que rechazó que el norte de la isla pueda decidir su futuro sin el beneplácito del sur. Y el sur, ahora mismo, no está por la labor.
El independentismo escocés, sin embargo, confía en que esto cambie con la crisis laborista, obligada a mover ficha y buscar aliados.
Starmer, en entredicho
Aliados son, precisamente, lo que le falta cada vez más a Starmer. Por el momento ningún ministro ha dimitido y tampoco ninguno de los pesos pesados se ha postulado a sustituir al líder laborista, que, el único movimiento que ha hecho tras los comicios ha sido nombrar a Gordon Brown, que lideró el Reino Unido entre el 2007 y el 2010 y cuya reputación en su Escocia natal no es que sea precisamente buena, como su nuevo enviado especial para Finanzas y Cooperación Global.
Ante la ausencia de movimientos, este domingo la diputada Catherine West amenazó con disputarle el liderazgo del Partido Laborista al actual primer ministro británico en unas primarias si ninguno de los ministros del Gobierno se postulaba antes de este lunes para sustituirlo en el cargo tras la debacle electoral.
La política laborista, que ostenta el escaño parlamentario por la circunscripción de Hornsey y Friern Barnet (norte de Londres), ha comentado que su primera opción sería que el gabinete de ministros se reorganizase y propusiese internamente al «mejor orador» para liderar el partido, sin necesidad de unas primarias y sin «humillar» a Starmer, para quien propuso un cargo de ámbito internacional.
«Si esto no ocurre, y no hay ningún aspirante al liderazgo, entonces el lunes por la mañana presentaré mi candidatura y buscaré los 81 nombres necesarios para presentárselos a la presidencia del partido y empezar unas primarias».

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