
Organizado por la asociación ZarautzON, la Sala Modelo de la localidad costera se llenó de gente para presenciar la proyección del documental ‘El secreto de la naturaleza’ y el coloquio posterior con Pedro Miguel Etxenike Landiribar. Un viaje flipante sobre la vida y la obra de este catedrático emérito de Física de la Materia Condensada de la EHU, una invitación a reflexionar sobre la importancia de la ciencia, «una semilla transformadora que nos da esperanza de un futuro más justo, más humano. Y es importante culturalmente, económicamente decisiva y estéticamente hermosa».
Navarro y vasco, o vasco de Navarra, este roncalés de Donostia o donostiarra de Erronkari, es un científico de primer orden, con una trayectoria política que le define como abertzale convicto y confeso. Persona de mundo, con aspiraciones universales, siempre ha sido leal a las particularidades de su comunidad. Euskaldunberri, con honradez intelectual y tenacidad en el trabajo científico, es poseedor de numerosos premios. Pero quizá el mayor de todos sea el aprecio que le tiene su gente, el reconocimiento por su labor en la construcción de un país científicamente informado, «porque así es menos susceptible de manipulación y puede juzgar mejor». Como se vio y disfrutó en Zarautz, Etxenike transmite conocimiento y comparte sabiduría, pueblo a pueblo, para todos los públicos y edades, con una pedagogía brutal y grandes dosis de humor.
Curiosidad y optimismo
Etxenike, como la ciencia, siempre ha sido curioso, y optimista: cree que los problemas tienen solución. Aunque, según dijo, le resulta curioso «porque no hay prueba de que el mundo tenga que ser comprensible, porque no es nada natural que haya leyes naturales». Y si tiene que resumir todo lo aprendido a lo largo del siglo XX y principios del XXI, cree que serían dos cosas. La primera, que los constituyentes últimos de la materia son pocos y obedecen a leyes de gran simetría. Y luego, que el mundo de las cosas surgido de estas interacciones es infinito. Aparecen propiedades emergentes, nuevas. Porque la complejidad del mundo exige conceptos nuevos, porque la belleza de un atardecer no se puede reducir a longitudes de onda o una sinfonía a curvas de presión.
«!Y hemos aprendido tanto! «Que el tiempo y el espacio surgieron en una gran explosión hace 13.500 millones de años, que somos polvo de estrella en un ciclo inexorable que nos hará volver a ser polvo de estrellas, que todos los seres vivos estamos emparentados, que todos llevamos una molécula –el ADN–, como testigo vivo de la evolución, que los continentes se mueven, que cuando se ponen muchos átomos en interacción surgen propiedades nuevas, emergentes, que el todo es más que la suma de las partes, y la vida es un buen ejemplo de estas propiedades emergentes… Y quizá todavía más la conciencia».
Conocimiento y sabiduría
Pero a medida que aumenta el conocimiento, aumenta aún más la ignorancia, porque se descubre, se transforma la ignorancia inconsciente en una ignorancia consciente. Es la ley, casi más que de la conservación, del aumento de la ignorancia.
Niels Bohr, el gran físico danés, dijo que «nunca hay que hacer predicciones, sobre todo sobre el futuro». Y el genial Groucho Marx que «el futuro ya no es lo que era». En ese sentido, Etxenike dio a entender que es mucho mejor formar bien a nuestra gente con la flexibilidad necesaria para poder hacer los descubrimientos del futuro cuando llegue que intentar anticipar, como si fuésemos el Espíritu Santo, cuáles van a ser. Porque la única certeza que nos depara el futuro es que superará todas nuestras expectativas.
No piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor. En general, dijo, fue peor. Hobbes decía sólo hace 300 años que la vida es sórdida, cruel y corta, excepto para una privilegiada minoría. La ciencia ha tenido, a través de la tecnología, una labor humanizadora. Ha hecho la vida de la sociedad más humana, y más agradable. Otra cosa es que el avance hacia lo desconocido, como decía Leibnitz, muchas veces crea en sí una amenaza. El cálculo infinitesimal, que permite diseñar máquinas de diagnóstico médico, también se puede utilizar para guiar un misil nuclear. Es el problema de la dualidad de la ciencia. Ante lo que subrayó que «no todo lo que es posible tecnológicamente es conveniente o saludable». Y adelantó cual será la clave: que el conocimiento vaya de la mano de una sabiduría en su uso.
El paso a la política
En la Universidad de Navarra obtuvo una buena formación, y luego estuvo de ayudante en Barcelona, donde como tema de tesis le propusieron «la solución general del sólido amorfo», un callejón sin salida, como proponerle hoy a un estudiante encontrar la ecuación del todo. Así que escribió al director de Cambridge que le contestó de inmediato asegurándole que si pasaba el examen de admisión sería bienvenido. En Cambridge pasó por su mítico laboratorio Cavendish, «es historia de la ciencia, ahí se descubrió el electrón en 1897, el neutrón en 1932 y la estructura de doble hélice del ADN en 1953».
Pero el joven científico en plena trayectoria ascendente de repente decidió pasarse a la política. Fue en el año 1980, tenía 28 años, cuando recibió la llamada telefónica de Carlos Garaikoetxea para ofrecerle la titularidad del Departamento de Educación. «Le estoy muy agradecido a Garaikoetxea por haber pensado en mí». Euskara batua, política lingüística, sistema educativo vasco… trabajábamos mucho, ¡cuántas horas metíamos! Ha sido el Consejero más joven de la historia. El único que ha sido Consejero de Educación y de Cultura, con dos Departamentos diferentes, cuando sucedió a Ramón Labayen. Y además fue portavoz del Gobierno.
Pero tras el primer Gobierno vasco dejó la política. Por varias razones. Primera, «porque tenía claro que en el Gobierno iba a estar cuatro años», y segundo, «la tensión que viví los dos últimos años, sobre todo en el último, en el que tuve que dirigir dos consejerías y ser portavoz en unos momentos en que llegaba a haber decenas de muertos al año». Y, en tercer lugar, «creía que si no volvía a la ciencia nunca podría volver. Siempre he visto la política como un camino de ida y vuelta. Estoy muy contento de haber estado, y estoy también contento de la decisión que tomé de no estar».
Etxenike invitó a Ramón y Cajal a su conferencia. Y recordó que, «si uno lee a Cajal ve que es un patriota tremendo, decía que ‘cada palabra que no veas escrita en español sea como un aguijón para ti’. Su nacionalismo es el patriotismo de querer lo mejor para tu pueblo, no contra otros, y yo estoy de acuerdo con eso. En mi caso creo en la existencia de la nación vasca y en el derecho que tenemos a decidir nuestros destinos».
Obra colectiva cultural
Invitó a conocer la historia de la ciencia y no tanto la filosofía de la ciencia. «Leer los escritos de los grandes científicos. Recomiendo fuertemente a mis estudiantes que lo hagan». Y preguntó al auditorio si alguien sabía quién era el presidente de EEUU a principios del siglo XX. Lo interesante es que la respuesta da igual, realmente no importa. «Lo importante es que en 1905, un empleadillo de una oficina de patentes en Berna, llamado Albert Einstein, se preguntaba sobre la naturaleza de la radiación y cómo se vería el mundo si se viajase en un rayo de luz… Eso sí ha cambiado el mundo».
La ciencia tiene dos aspectos. Uno es el carácter instrumental, hacer cosas. Bertrand Russell –«mi ídolo de infancia»– decía que la ciencia, como persecución de la verdad, no es superior ni inferior al arte, pero como capacidad de cambiar el mundo a través de la tecnología, tiene un poder al que no puede aspirar el arte.
Pero ese carácter instrumental de la ciencia, que ha derivado en un triunfo tan espectacular, a veces hace olvidar el otro aspecto, el aspecto cognitivo, cultural de la ciencia. Es decir, es parte esencial del humanismo moderno. «El edificio conceptual de la ciencia moderna –concluyó–, que incorpora en sí como parte esencial el pensamiento crítico, es la obra colectiva cultural más importante de la humanidad».

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