«La película de Saura está dentro de mi película»
Nacido en Donostia en 1978, su divisa como director siempre ha sido la audacia. Cineasta de vocación experimental, autor de títulos como ‘La influencia’ o ‘Demonios tus ojos’, este fin de semana estrena la relectura de todo un clásico como ‘La caza’, de Carlos Saura, rehecho con un reparto femenino.

Aunque, de entrada, a más de un espectador pueda sonarle a sacrilegio, Pedro Aguilera arriesga y gana con ‘Día de caza’ dando muestras de hasta qué punto todas esas actitudes ligadas a la violencia y al abuso de poder que viciaron la sociedad durante el franquismo se perpetúan en nuestro presente bajo formas menos autoritarias pero igual de tóxicas. Para ello le ha bastado con variar el género del cuarteto protagonista y traer hasta nuestros días la acción del film original sin que exista una aparente discordancia entre forma y contenido.
No sé si ‘Día de caza’ puede ser asumida como un remake o una nueva versión del clásico de Carlos Saura. En todo caso, ¿de dónde surge esa necesidad de acometer una relectura de una película como ‘La caza’?
Yo no creo haber hecho un remake, más bien se trata de una adaptación libre o de una secuela, si quieres. La película de Saura está dentro de mi película. En realidad se trata de un film conceptual que surge casi como un ejercicio. A mí siempre me ha obsesionado la idea de cómo se pueden alumbrar distintas imágenes variando los procesos de trabajo. Después de tres películas trabajando sobre materiales propios, quería experimentar esos mismos procesos introduciendo las voces de otros sobre mi propia voz. Ya había hecho algo parecido en ‘Splendid Hotel: Rimbaud en África’, y de repente me pareció interesante poder revisitar una película de hace sesenta años con mi estilo, mi visión y mi mirada.
Entonces pensé en Saura y en ‘La caza’, y al bajar el guion a tierra me di cuenta de lo contemporáneo que resultaba el texto. Había muchos temas que resultaban muy vigentes aún. Entonces, a modo de experimento, cogí el guion original, cambié la fecha y cambié el nombre de los personajes y puse mujeres en lugar de hombres. Fue pura intuición, pero manteniendo esa vigencia y esa fuerza, esos cambios eran suficientes para que aquel texto, de manera extraña, se transformase en otra cosa. A partir de ahí, junto con la guionista Lola Mayo, nos pusimos a trabajar en todos aquello elementos que conectaban la España actual con la España de hace 60 años, y nos llamó la atención que no eran tantas las cosas que habían cambiado en todo este tiempo. Y cada día que pasa resulta más vigente aquel guion. Vivimos rodeados de fuego enemigo por todos lados y la violencia como respuesta a cualquier eventualidad parece que es algo que se ha vuelto a instaurar con fuerza en el discurso colectivo. Y ‘Día de caza’ es una película que, fundamentalmente, habla sobre la violencia y el abuso de poder.
Atendiendo a su propia naturaleza de ejercicio de estilo, ‘Día de caza’ es un film que posee una naturaleza muy teatral. En el teatro ese tipo de procesos de reformulación y relectura son mucho más comunes que en el cine.
Sí, absolutamente. De hecho nuestra propuesta está imbuida de teatralidad, su puesta en escena resulta bastante sobria por un lado, y por otro, está sostenida por el peso de las interpretaciones de las cuatro actrices protagonistas. De hecho, Carmen Machi me dijo que ella, sobre los escenarios, había hecho una Antígona pero al revés, donde ella interpretaba a Creonte, es decir, que en teatro ya había probado lo que estábamos intentando hacer en esta película. En el cine a veces somos muy cuadriculados. Si hacemos un remake parece como si estuviéramos obligados a hacer algo muy similar a la primera versión. Yo con esta película lo que he pretendido es acometer un ejercicio de canibalismo cinematográfico, es decir, coger ‘La caza’ de Saura y comérmela. El punto de partida fue: ¿es posible que en la España de 2026 una mujer pueda decir las mismas frases que formulaba un hombre en la España de 1965? Y la respuesta es: por desgracia, sí; es posible.
«Con esta película lo que he pretendido es acometer un ejercicio de canibalismo cinematográfico, es decir, coger “La caza” de Saura y comérmela»
¿Y por que optó por cambiar el sexo a los personajes? Se lo pegunto porque tanto la violencia como el abuso de poder son dos actitudes vinculadas al ejercicio de una cierta masculinidad...
Lo que reflejan esas actitudes es una cultura patriarcal que, a su vez, proyecta el fracaso de unas estructuras sociales. Si en una democracia, como la actual, siguen prevaleciendo las mismas actitudes y formas que se daban en plena dictadura sin que en todo este tiempo hayamos podido erradicarlas, tenemos un problema serio. Para incidir en esa línea de pensamiento, asumimos la paradoja de que fueran cuatro mujeres las que hicieran suyas esas frases y esas actitudes a través de las cuáles, los cuatro protagonistas del film original, desplegaban esa violencia tan asociada a su condición de hombres.
Y ahí es donde te das cuenta de que dicha violencia no entiende de sexo ni de género y que está más bien asociada al ejercicio del poder por parte de una oligarquía cuyo status quo se dirime en escenarios que nos son ajenos, como esos cotos de caza sonde esas oligarquía dirimen sus diferencias de un modo casi feudal. Y esta película mira a ese lado salvaje que sigue ahí latente por mucho que nos esforcemos en hacer un arte, un cine, abierto a sensibilidades diversas. Frente a esa idea de diversidad existe una violencia atávica, de inspiración netamente patriarcal pero cuyo ejercicio acometen por igual hombres y mujeres.
¿La cultura del patriarcado sería, entonces, algo transversal?
Es transversal y es algo sistémico que, sobre todo, denota una actitud ante el mundo. En este sentido, nuestra propuesta también está imbuida de esa frase de Marx donde este decía que la historia siempre se repite, primero como tragedia y luego como farsa. La película de Saura era una tragedia porque acontecía en una dictadura, mientras que esta relectura que hemos hecho está planteada en clave de farsa. Nuestra película se nutre de su propia naturaleza paradójica. Es como si fuera una suerte de broma pesada, una especie de revisión irónica del film original. La película de Saura bebía de esa atmósfera viciada mientras que la nuestra está anclada en una realidad, aparentemente más limpia y meno corrupta, pero donde, a poco que uno penetre, sigue oliendo a azufre.
Su película también incide sobre otro elemento controvertido y es el ejercicio del poder que asumen muchas mujeres en el cual se perpetúan muchos tics asociados a esa cultura patriarcal de la que hablábamos.
La pregunta que surge de eso es: ¿se trata de actitudes vinculadas a la cultura del heteropatriarcado o son tics asociados al puro ejercicio del poder? Cuando uno llega al poder, independientemente de quién sea y de cómo acceda a él, es fácil terminar convertido en un monstruo. No es fácil ejercer la autoridad y habría que hacer mucha pedagogía al respecto porque parece que la única manera conocida de ejercer al poder sea la de someter al otro.
«Cuando uno llega al poder, independientemente de quién sea y de cómo acceda a él, es fácil terminar convertido en un monstruo»
También cabe leerse toda esa violencia como algo intrínseco a la lucha de clases ¿no?
Bueno, en este caso son cuatro personajes pertenecientes a la oligarquía, la película es reflejo de una oligarquía que se devora a sí misma cuando siente que ha sido desplazada del lugar que le pertenece. El personaje de Blanca es muy representativo en este sentido, ella representa ese estatus de aristócrata venida a menos, frente a Rosa, que es una mujer hecha a sí misma y que ha asumido una posición hegemónica que Blanca siente que le pertenece a ella.
Cuando se estrenó el film de Saura, muchos se apresuraron a establecer que ofrecía un retrato de las oligarquías del franquismo, pero viendo su película la idea que subyace es que las oligarquías son oligarquías en el franquismo y ahora, y que son las mismas.
La película de Saura reflejaba una lucha por el poder de los vencedores de la Guerra Civil; la mía, una lucha por el poder de los vencedores, vencedoras en este caso, de la crisis, de la corrupción y de la especulación inmobiliaria. Y es lícito pensar que esta nueva oligarquía sea descendiente de la anterior olgarquía, de ahí esos guiños que hay en la película, donde el personaje de Blanca Portillo comenta ser la sobrina del personaje que en el film original interpretaba Ismael Merlo, teniendo ambos un papel análogo.
¿Cómo convenció a Rossy de Palma, Blanca Portillo y Carmen Machi para que liderasen el proyecto?
Fueron mis primeras opciones desde que opté por contar esta historia con personajes femeninos. De hecho, las protagonistas llevan sus nombres justamente porque escribí el guion con ellas en la cabeza. Las tres comparten un rango de edad parecido, nacieron más o menos cuando se estrenó la película original, es decir, son hijas de esa época. Pero aparte son de las mejores actrices de España y consiguen llevar la película a un tono de comedia y de ironía que era el que me interesaba de cara a cambiarle el tono a la película original.
Además, posibilitan una conexión inmediata con el espectador, ya que son actrices que tienen mucho reconocimiento y simpatía. Tuve la gran suerte que las tres se sintieran fascinadas por el proyecto, les apetecía mucho trabajar juntas y les gustó mucho el guion, creo que porque percibieron que más allá de ser una variación de la película original, trabajamos mucho la complejidad de cada uno de sus personajes.

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