Ibai Azparren
Aktualitateko erredaktorea / Redactor de actualidad

Buenos Aires digiere el trago amargo bajo sus tres estrellas

Hay derrotas que no caben en 120 minutos ni se curan apagando la tele. En el frío implacable de un domingo de julio, la capital eligió digerir junta la derrota en Nueva Jersey y la despedida de Leo Messi. 

Amargo final de fiesta en Buenos Aires para los miles de aficionados argentinos reunidos en el Obelisco.
Amargo final de fiesta en Buenos Aires para los miles de aficionados argentinos reunidos en el Obelisco. (Steven PLANCHARD | HANS LUCAS via AFP)

Es domingo por la tarde y Buenos Aires no sabe qué hacer con lo que le acaba de pasar. Hay ruido, claro, no es una ciudad que sepa callarse, pero no el que se esperaba. Las calles, desiertas durante casi tres horas de angustia colectiva, tardan en volver a llenarse tras el pitido final. Las camisetas albicelestes cuelgan flojas de los hombros, los bares se vacían sin sobremesa y un murmullo se extiende de la 9 de Julio a Corrientes, de San Telmo a La Boca, de Jujuy a Tucumán, hasta la Patagonia. En las veintitrés provincias. A diez mil kilómetros de aquí, en una prórroga de Nueva Jersey, Argentina se ha quedado con tres estrellas en el pecho y una en la garganta.

La selección ha perdido y el Obelisco sigue abarrotado de gente apoyando a Argentina. Otra rareza en la lista de este país, junto al Aleph de Borges, al furor por el amargor del mate y el peronismo (¿qué carajo es el peronismo?). Radiografía de una tierra que le dio un papa a Roma y sigue rezándole a Maradona, y que esta noche ha perdido una final del Mundial y no piensa abandonar su icónica avenida.

Cerca de siete mil personas se han acercado al Obelisco pasadas las ocho. Pocas para lo que iba a ser esta noche, muchas para lo que suele reunir una derrota. No los arredra ni el viento ni la lluvia de una de esas noches invernales que aquí llaman julio.

La circulación en las principales arterias en el centro está cortada. Vuelan cohetes y sobre la aguja se proyectan las caras de los jugadores. Los coches bajan a toda velocidad con la albiceleste asomando por la ventanilla, atada a palos que hacen las veces de mástil. En cada rincón alguien despliega la bandera de las Malvinas Argentinas, la misma que Lo Celso enarboló en el césped de Atlanta tras eliminar a Inglaterra en semifinales, y que no gustó a un thatcherista confeso como Javier Milei.

En un bar cualquiera de Buenos Aires, un tipo con bufanda al cuello sale a la vereda tras el partido, confesando que «en realidad, lo merecimos». Dentro, ciento veinte minutos antes, la multitud estaba apretada y en silencio, porque no había una sola ocasión que gritar. Un silencio que ni siquiera se desgarró cuando Ferran Torres marcó en el 106. Solo al pitido final llegaron los aplausos, dirigidos sobre todo a Scaloni, a un Messi hoy terrenal y al Dibu Martínez, señal de por dónde había ido el partido.

Previa entre nervios

La tarde había empezado mucho antes del pitido inicial. Desde el mediodía humeaban las parrillas. En las fachadas, Messi embadurnado en mil lienzos convivía con el Diego de siempre. Las conversaciones, en realidad, eran deliberadamente inanes. Que si el precio del bife, que si la humedad, cualquier cosa menos del partido, como si nombrarlo trajera mal fario.

«Acá tenemos nuestras cábalas, nuestro ritual. Comer lo mismo, sentarse en el mismo lugar en cada partido, todo lo que nos dé suerte», explicaba un taxista. «¿La mía? No se la pienso decir. Solo le digo que a nosotros nos tienen que matar para ganarnos», bromeaba. 

A pesar de su confianza, lo cierto es que los días previos a la final un pesimismo defensivo envolvía la ciudad, como para que una eventual derrota no doliera tanto. Que ya se había cumplido contra los ingleses, se oía por ahí, y que si tocaba quedar subcampeones, también se festejaba. Raro, tratándose de Argentina.

Pero aquella cautela tenía algo de pose y, conforme se acercaba la hora, se iba resquebrajando por dentro, dejando asomar lo que en el fondo todos pensaban. Siete finales. La tercera de las últimas cuatro. Bajo la pose del por si acaso, el país se relamía. «Un triunfo más y no jodemos más», relataba el diario 'Página 12' en las horas previas. 

«¿Que si se va a armar quilombo? Para nada», ironizaba un taxista días atrás. «Acá queremos quemarlo todo, pero por otras cosas». Las otras cosas eran las leyes de Milei, que a su juicio rematan la soberanía del país, o que medio mundo confunda ya a Argentina con el sionismo de su presidente. Ese atajo ha servido a algunos para cargar contra todo el país y, de paso, sacar pecho de una bandera que niega la presencia de otras.

La última de Messi

De vuelta al bar, la tele vuelve a enfocar a Messi, esta vez entre lágrimas, frente a los hinchas argentinos en la grada, con la medalla de plata al cuello. Era su sexto Mundial y todos saben que era el último. Más de veinte años de carrera estelar dan para más de una copa. «Él ya había levantado las que tenía que levantar», señalan pese al flojo partido del rosarino.

Con él, se apaga esta noche una cantinela albiceleste que iba a estirarse hasta el próximo Mundial. Arranca ahora la otra, la del vencedor, con toda la maquinaria españolista de siempre lista para llenar los cuatro años que vienen. 

Afuera se apagan los parlantes. El viento limpia la 9 de Julio y las caras pintadas de azul y blanco se van descorriendo despacio bajo la llovizna. La ciudad se va a dormir masticando el trago amargo, pero con la tranquilidad de los que saben que, tarde o temprano, volverán. Aunque sea sin el diez. Aunque sea volviendo a empezar.