El mismo patrón de destrucción: de Gaza al sur de Líbano
Israel bombardea a diario Líbano mientras ha ocupado ya el 6% de la parte sur del país. Mientras miles de libaneses continúan forzosamente desplazados de la zona, la población refugiada palestina sufre doblemente a causa de la violencia israelí y por la discriminación laboral, legal y residencial.

Una estrecha carretera serpentea entre pinares y campos secos bajo un sol abrasador que apenas deja sombras. A ambos lados, decenas de vehículos permanecen aparcados de forma un tanto caótica. Sus ocupantes llevan dos días de tensa espera en la llamada línea amarilla, con la esperanza de que las fuerzas de seguridad les permitan cruzar esa frontera impuesta por Israel, tras la que se esconden sus hogares.
No es Gaza; es la gobernación de Nabatieh, al sur de Líbano, donde el Gobierno israelí replica el mismo patrón de devastación. Familias enteras buscan refugio en las escasas sombras de la zona. Entre ellas está Nadine, una mujer de unos 50 años que relata cómo «tuvimos solo una hora para abandonar nuestro hogar antes de que comenzaran los bombardeos. Apenas nos dio tiempo a coger lo imprescindible: los documentos, algo de dinero y poco más, antes de poner rumbo a Beirut». El trayecto hacia la capital, «que normalmente dura una hora y media, se convirtió en un calvario de 16 horas debido al éxodo masivo de personas».
Desde que el 2 de marzo, el Gobierno de Israel volviera a atacar el sur de Líbano, un millón de personas (alrededor del 16% de la población) han sido desplazadas. «Tengo hijos en Canadá y Francia -continúa la mujer-. Yo misma viví siete años en Canadá, pero no voy a claudicar. He decidido quedarme aquí, en mi tierra».
En ese momento se acerca un hombre de mediana edad que señala con orgullo su casa, visible al otro lado de la línea amarilla. De pronto, un estampido seco interrumpe la conversación. «Son los israelíes», comenta con asombrosa serenidad mientras apunta hacia la montaña que tenemos enfrente. «¿No ves los tanques? Están bombardeando otra vez». Nadie parece alterarse. Algunos levantan la vista unos segundos; otros continúan sus conversaciones con tranquilidad.
Según el responsable de Desastres y Catástrofes de Nabatieh, Muhana Mortada, 48 pueblos se encuentran afectados tras la línea amarilla -14 de ellos permanecen ocupados- y casi 15.000 viviendas han sido destruidas parcial o totalmente.
«EL PAÍS OCUPANTE MIENTE»
Su alcalde, Abbas Fakhreddine, asegura que «el Ejército más moral del mundo demuestra todo lo contrario sobre el terreno», mientras señala los restos de viviendas, de una sucursal del Banco de Líbano y de varios edificios públicos. «El país ocupante miente -prosigue-. Siempre dicen que destruyen infraestructuras terroristas de Hizbulah, pero no es así. Están arraigados en el odio contra nuestra gente y lo que está sucediendo en Gaza y en el sur de Líbano tiene un nombre: crímenes contra la humanidad, porque apuntan de forma indiscriminada contra toda la población. Es imprescindible que los responsables sean detenidos y juzgados».
Fakhreddine guía a la primera delegación internacional que entra en la zona desde principios de marzo. Unos pocos comerciantes intentan reabrir sus negocios en un escenario apocalíptico donde apenas se percibe vida. «Solo ha regresado el 20% de la población al sur del país», explica el alcalde, que recuerda que la devastación actual llega apenas dos años después de la última agresión israelí.
«La ofensiva de entonces también fue durísima. En octubre de 2024, un ataque aéreo destruyó el edificio municipal y causó la muerte del alcalde, Ahmed Kaheel, junto a diez miembros de su equipo, que estaban reunidos para coordinar la ayuda humanitaria -lamenta-. Israel ha atacado todo lo que representaba algo aquí. Quiere destruir las almas, las conciencias y nuestra tierra. Pero desde aquí decimos alto y claro que no vamos a permitir la ocupación. Resistir es nuestra única opción».
Entre la delegación internacional, integrada por personas del Estado francés, Bélgica y Dinamarca, se encuentran varias representantes de Yala Nafarroa con Palestina, que han viajado hasta allí para «mostrar la solidaridad con el pueblo que resiste al sur de Líbano. El régimen israelí está realizando una limpieza étnica al igual que en Gaza y Cisjordania para ampliar su régimen colonialista, pero no lo van a conseguir porque la población está demostrando una resistencia, una dignidad y una perseverancia con la que no contaba el Estado de Israel», asegura Lidón Soriano.
SÍMBOLO PARA LA COMUNIDAD
En la zona de Nabatieh se encuentra el hospital Al-Najda, el mayor del sur de Líbano. Desde octubre de 2023 trabaja sin descanso. Durante aquella ofensiva, sus profesionales permanecieron 66 días sin poder abandonar el centro debido a los constantes ataques sobre la zona. «En tiempos de adversidad, la solidaridad es de capital importancia», afirma su directora, Mona Abou Zeid.
Este hospital sin ánimo de lucro se sostiene en gran parte gracias a la cooperación internacional, incluida la procedente de Catalunya, aunque sus responsables temen que resulte insuficiente para hacer frente a las necesidades actuales. «La actividad no se detiene. Nos adaptamos a la situación como podemos. Atendemos a numerosas personas heridas por bombas y drones; muchas han perdido extremidades y necesitarán varias intervenciones para recuperar parte de su autonomía. Nos falta material específico, pero también especialistas en neurocirugía y cirugía vascular», explica.
Pese a todo, Abou Zeid mantiene intacta su determinación. «Siempre hemos sido un símbolo para nuestra comunidad, garantizando la atención sanitaria a toda la población, y vamos a seguir siéndolo», concluye.
«SIEMPRE ME HE NEGADO»
A Hassan Dbouk, alcalde de la histórica ciudad de Tiro, las fuerzas de ocupación israelíes lo llaman de forma insistente para exigirle que abandone la ciudad y ordene su evacuación. «Siempre me he negado», dice con rotundidad. Confiesa, incluso, que dejó de cogerles el teléfono porque le «aburría» escuchar siempre el mismo mensaje.
Tiro, ciudad milenaria por la que pasaron fenicios, griegos y romanos, ha sido incluida este verano por la Unesco en la Lista del Patrimonio Mundial en Peligro. Alcanzar el patrimonio cultural supone también atacar la memoria colectiva, la identidad y el legado de un pueblo. Es otra forma de intentar hacerlo desaparecer.
En el centro de Tiro, varias excavadoras hurgan entre toneladas de escombros. Donde antes se levantaban edificios, ahora solo queda una inmensa explanada cubierta de hormigón roto, vigas de acero retorcidas y fachadas reducidas a cascotes. Al fondo, el mar. Junto a un coche completamente destrozado asoman unas páginas del Corán y varias fotografías que muestran a una familia celebrando un bautizo.
El 20 de abril de 2026, apenas dos minutos y medio antes de que entrara en vigor el alto el fuego entre Líbano e Israel, el Ejército israelí lanzó un bombardeo masivo sobre ese lugar. Seis edificios residenciales quedaron reducidos a escombros. Veintitrés personas murieron y otra continúa desaparecida.
Sara busca entre las ruinas cualquier pequeño recuerdo de su familia. Había regresado del Estado francés cuatro días antes de que entrara en vigor el alto el fuego. En aquel ataque, Israel mató a su madre, a su hermano, a su cuñada, a su sobrino y a una de sus hermanas. Le cuesta hablar. Se emociona. Cuenta que solo le queda un hermano, que vive en el país galo. Del futuro, admite, ya no sabe qué esperar.
EL 80%, BAJO EL UMBRAL DE LA POBREZA
Pero si hay una comunidad especialmente golpeada en este contexto, es la de las personas refugiadas palestinas. Según la Unrwa (la Agencia de Naciones Unidas para la Población Refugiada de Palestina en Oriente Medio), Líbano es el país donde estas viven en peores condiciones. La organización opera en los doce campos de refugiados oficiales donde están registradas más de medio millón de personas. Allí les ofrecen la atención sanitaria y la educación que el Estado libanés les niega. Tampoco pueden trabajar en numerosos sectores -como medicina, educación o ingeniería- y tienen limitado su derecho a la propiedad, lo que condena a buena parte de esta población a empleos precarios y a la vida en los campamentos. Así, el 80% de la población refugiada de Palestina vive bajo el umbral de la pobreza, según constata la entidad.
A cinco kilómetros de Tiro está el campamento de Rashidieh, un enclave de apenas un kilómetro cuadrado en el que viven alrededor de 40.000 personas. Sus estrechas calles están repletas de marañas de cables y bordeadas por viviendas de poca altura que parecen inacabadas al carecer de tejado. Sin embargo, esa arquitectura incompleta es también una forma de resistencia: ante la falta de espacio para expandirse, las familias dejan los tejados planos para poder seguir construyendo en vertical cuando les sea posible. Paradójicamente, tras la última ofensiva israelí, el campamento se ha convertido en refugio para unas 400 personas libanesas obligadas a abandonar sus hogares.
Varios miembros de la Defensa Civil Palestina (organismo encargado de la respuesta ante emergencias y la protección civil en los campos de refugiados) muestran varias viviendas que se están reconstruyendo tras los ataques del Ejército israelí. Desde el gran ventanal del primer piso de una de ellas, aún abierto por los destrozos, cuatro jóvenes sonríen mientras levantan la mano haciendo el gesto de la victoria al ser fotografiados.
PLANTANDO CARA A LA OCUPACIÓN
Ali, enfermero de 24 años, es además bombero voluntario y jefe adjunto del cuerpo en la zona de Tiro. «Durante las incursiones israelíes de 2024 y 2026 hemos estado en primera línea junto a la Defensa Civil Libanesa y otros servicios de emergencia, expuestos a una violencia brutal que no distingue entre civiles y equipos de auxilio», explica.
Recuerda una intervención tras una cadena de ataques contra cinco edificios que dejó una destrucción masiva y decenas de personas heridas. Habla con emoción del rescate de un anciano y su nieto, encontrados con vida entre los escombros, y del de una mujer atrapada bajo una estructura que le aplastaba la pierna, a la que lograron liberar tras cuatro horas de trabajo. Pero también se acuerda, con tristeza, del cuerpo sin vida de una mujer y de los de dos niños a quienes no pudieron salvar.
Mohammed Saadi, paramédico de la ONG Al-Shifa, rememora una jornada en la que su equipo tuvo que acercarse hasta la línea amarilla tras un bombardeo: «Tuvimos que meter a los tres heridos en la misma ambulancia porque los ataques no cesaban y los drones israelíes sobrevolaban constantemente la zona. Aquel día pensé en mi familia. Pensé que quizá no volvería a verlos».
Como el resto de los equipos de emergencia, Mohammed denuncia la reducción de la ayuda procedente de otras ONG y de la cooperación internacional. Escasean los medicamentos, el material, la infraestructura y los equipos de protección. Aun así, no tiene dudas sobre el futuro. Pase lo que pase, asegura, seguirán plantando cara a la ocupación israelí, trabajando en primera línea y reclamando, como siempre lo han hecho, el derecho al retorno del pueblo palestino.

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