José Félix Azurmendi
Periodista

1961, estado de la cuestión

Apenas han transcurrido unos meses de la muerte de José Antonio Aguirre. Le escribe a Manuel Irujo desde Venezuela el más político de los hermanos Estornés Lasa, Pepe, y le hace llegar el «Manifiesto de Caracas», «una reflexión a los 23 años de acabada la guerra civil que España impuso a los vascos». Se desvincula de la República española, y también del «actual Gobierno Provisional Autónomo Vasco», porque «no está en capacidad de conducir al Pueblo Vasco a su Libertad» y porque significa «la separación permanente de Nabarra de la familia vasca». El Manifiesto, suscrito por dos centenares de vascos cuyos nombres se omiten por razones obvias, reclama la formación de un Gobierno Nacional Vasco que sustituirá al «Gobierno Provisional Autónomo dependiente del Gobierno Republicano Español» e insta a convocar un Congreso Nacional con representantes del Interior y del Exterior, que deberá reunirse anualmente en el Aberri-Eguna y ante el cual rendirá cuentas de su labor. Lo rubrica un «Patria, Euskera y Libertad-Aberri, Euskera ta Azkatasuna».

José Estornés Lasa es muy crítico con el Gobierno Vasco. La versión que Leizaola viene de dar sobre «la posible incorporación a Euzkadi de Nabarra» le parece una negación absoluta de «nuestra lucha, una fórmula de traición nauseabunda», y le reprocha a Irujo que pudiendo hacer algo, tampoco él lo hace. La respuesta de este no se hace esperar, una respuesta inusual, literaria, que se arranca así: «En todas sus líneas se respira juventud, decisión, gallardía, temperamento. Es Roncal encarnado y puesto en epístola, pero sus líneas huelen a heno de pradera y a resina de pinar. Son ustedes los roncaleses y los salacencos, un caso singular en nuestra familia vasca y aun en nuestra tierra navarra. El baztanés o el montañés de tierra de Estella, el primero euskeldun, erdeldun el segundo, son «eso»: montañeses, con todas sus virtudes y taras. Los riberos son también «eso»: riberos, echaos p' alante, recios, enteros, con poca, si alguna, flexibilidad. Ustedes, los pirenaicos de nuestro extremo Oriente, unen a su condición de hombres de montaña brava, la bravura y el temperamento del más auténtico de los riberos. Son ustedes «un caso». Y su carta es expresión afortunada y auténtica de aquel temperamento».

Afirma no querer discutir con el amigo, pero sí «hacerle algunas reflexiones». «El Gobierno vasco es producto de una doble concepción. De una parte, es la Institución surgida de la aplicación del Estatuto autonómico. De la otra, es la realización del afán de los vascos de disponer de Gobierno propio y representativo. Al correr de los años, la primera de esas concepciones va palideciendo, tanto como la segunda se incrementa. En la tradición creada por su vida, y al amparo del mismo Gobierno, se ha producido una consecuencia, que yo estimo de gran interés y trascendencia: la unión de los vascos en un organismo representativo, unión que afecta, no tan solo a los abertzales, sino que se extiende a otros elementos. El Gobierno está integrado por demócratas cristianos, liberales, republicanos y socialistas. El Gobierno es, en la actualidad, el testimonio más autorizado de la presencia vasca en el mundo. Y mientras las organizaciones políticas y sindicales clásicas palidecen, la postura y la presencia del Gobierno se intensifican». Defiende a Leizaola en su visión de Navarra, «que yo reputé poca satisfactoria», pero que es «la única que puede ser mantenida desde la Presidencia del Gobierno». Le recuerda la unanimidad con la que fue designado él sobre el féretro de Aguirre, «sin invocación legal» ni rechazo ni protesta alguna. «Pide usted la reunión de una asamblea del PNV. Celebro que coincida usted con petición similar formulada por la Junta del Partido en París y trasladada de manera oficial al EBB, que hasta la fecha no ha dado respuesta ni publicidad a la propuesta».

Por esos días, Irujo escribe a Leizaola desde Londres para darle cuenta de que estando él en América se presentó en la Delegación de París el yerno de Patxo Belausteguigoitia, Julen Madariaga, con otro compañero de su formación. Le dice que Javier Landáburu y él les oyeron «muy larga y pacientemente» y quedaron en trasladarle el contenido de aquella y posteriores conversaciones. «Ellos, sin acrimonia ni mala cara, reflejan la convicción, mejor dicho la persuasión de que, el viejo Partido nacionalista vasco, el que vivía en 1936, hizo la guerra, fue a la cárcel o al exilio y conserva sus cuadros, es algo pretérito, caduco, arcaico, que cumplió como bueno su papel, pero cuyo momento ha pasado ya. Este es el momento de ellos». «Consideran al PNV y al EBB con una cierta similitud a como nosotros recordamos a los fueristas del siglo XIX, que precedieron al nacionalismo y fueron sus precursores. El diálogo con ellos cobra una tonalidad de deliberación entre dos etapas de la historia. La especia de benévola indiferencia con la que ellos se refieren a los rectores del nacionalismo vasco −del PNV− encuentra cierta similitud a la actitud que he observado en algunos burukide vizcaínos al tratar el tema».
El lendakari Aguirre apenas se ha ido, ETA apenas ha llegado. La descripción de Manuel Irujo resulta clarificadora. Los de ETA le resultan «despistantes». Han pedido que el Gobierno les dé carta blanca para una campaña de captación de fondos en el Interior, incluso por la fuerza. Y en el supuesto de que este sistema no sea conveniente, que sea el propio Gobierno el que les asegure un presupuesto mínimo de 100.000 pesetas mensuales, «una cantidad superior al presupuesto del Gobierno en París, en todos sus servicios y plantilla», confiesa. Irujo ha llegado a la conclusión de que «ellos se sienten los fenianos, los Irgoum, los tunecinos y los chipriotas de Euzkadi; los FLN vascos, sin GPRA [Gobierno Provisional de la República Argelina], por el momento. Reconocen o toleran al menos al Gobierno e ignoran al PNV, sin perjuicio de colaborar con él en actividades concretas». Se consume 1961, año del buey de oro, según el horóscopo chino, y en este estado parece estar la cuestión.

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