A propósito de las elecciones del 28 de abril

Hay que votar porque tenemos un proyecto de futuro para un país en el que se garanticen los derechos sociales y políticos para todos los pobladores de Euskal Herria. Porque tenemos una deuda pendiente con las personas que más se han sacrificado por nuestra tierra.

23/04/2019

Ante todo, mi absoluto respeto al derecho y legitimidad que asiste a todo aquel que considera que el acudir a las urnas ante un plebiscito «no sirve de nada», pero creo que habría que considerar algo importante.

Se escuchan opiniones críticas en lo que directa o indirectamente esta convocatoria nos puede atañer. Existe un núcleo que ha decidido ya no votar. Los motivos pueden ser diferentes, pero finalmente concluyen en la misma decisión. No voy a entrar a discutir las razones que les conducen a ello. Todas pueden ser válidas... o no. Pero se trata de intentar poner en valor lo que una cosa y la contraria significan para el conjunto de la sociedad en que vivimos y por la que estamos dispuestos a mejorar las cosas.

Obviamente estoy hablando desde una perspectiva soberanista y de izquierdas en el contexto de Euskal Herria, por eso me llaman poderosamente la atención las personas concienciadas que te dicen que no van a ir a votar e incluso lo argumentan con un lacónico «que están desengañados con la izquierda abertzale», sin explicar el porqué. Los que nos consideramos de izquierdas, progresistas y además independentistas debemos reflexionar y centrarnos en dónde nos encontramos a nivel político. ¿Qué es lo que ganamos (participando)? Pero mucho más importante, ¿qué podemos perder (sin participar)?, ya que en esta respuesta puede estar contenida igualmente la de la primera pregunta.

La primera reflexión, desde el más básico análisis sociológico basado en el estudio y cruce de datos y algoritmos de la tendencia y decisión final del voto, estamos votando aunque no depositemos ninguna papeleta o esta no sea válida, es decir, nuestro no voto es voto, y además valioso para alguien. Votamos aunque no lo queramos o técnicamente nos abstengamos. Estos no votos van a tener una incidencia directa en los resultados, y no solo, que también, por efecto de la ley D'Hondt, y van a parar directamente a aquellos partidos políticos a los que su base es más consecuente y SÍ van a participar dándoles su voto. Siempre habrá alguien que se va a llevar nuestro no voto. Esto lo saben los departamentos de estudios contratados por las grandes formaciones políticas, que se encargan de socializar o crear estados de opinión con mantras como «votar no sirve para nada», «son todos iguales», etc., sabiendo a dónde dirigir sus mensajes, a los sectores más concienciados y progresistas, con mayor nivel de exigencia.

No hay más que tomar como referencia las últimas elecciones andaluzas, que con una abstención muy elevada, y a pesar de que el PSA consiguió mayoría de votos, la suma de los votos de «izquierda y progresistas» no pudo contrarrestar la del bloque de ultraderecha compuesto por PP, Ciudadanos y Vox, provocando que estos se hicieran con el poder en Andalucía y, lo que aun es peor, intentan ampliar su hegemonía extrapolando la misma componenda a las elecciones estatales, con un programa que intenta dar al traste con todo lo que se ha conseguido tras muchos años de lucha en lo que concierne a derechos individuales y colectivos, ganados con esfuerzo, sudor y, en muchos casos, sangre. Abogan por una recentralización profunda, aplicación del artículo 155 en las comunidades autónomas «enemigas» e incluso por la abolición de las autonomías.

Diremos, pues, que el caso andaluz se produce como consecuencia del voto de castigo infligido a los partidos de izquierda por sus propias bases, que decidieron no acudir a votar, descontentos por sus decisiones políticas.

Volviendo a nuestro caso, es cierto que se cometen errores, pero ¿son más y de mayor gravedad que los que cometen los demás, o que los desmanes que sabemos van a cometer, según sus propias amenazas, si consiguen ganar las elecciones? ¿Son más de izquierdas aquellos que castigan a su propia ideología (partido) propiciando que la contraria sume votos, en base a un orgullo mal entendido? O, por el contrario, ¿son más consecuentes con sus principios aquellos que a pesar de sus divergencias dan su voto consecuente?

La crítica es positiva, pero desde la participación activa, entendiendo esta como algo que se realiza desde dentro, acudiendo allá donde se debaten verdaderamente los problemas y proposiciones, en asociaciones de vecinos, asambleas de barrio, de fábrica, etc., donde se pueden tomar decisiones por mayoría, con aportaciones para mejorar su funcionamiento, y no limitándose a exteriorizar sus fobias y críticas despiadadas del «todo se hace mal», olvidándose de quién es el enemigo. Pensadlo bien, en la discrepancia reside la fuerza.

No podemos, con nuestra abstención, dejar que tomen las riendas de nuestra sociedad quienes amenazan con retroceder a tiempos pasados. Hay que votar porque tenemos un proyecto de futuro para un país en el que se garanticen los derechos sociales y políticos para todos los pobladores de Euskal Herria. Porque tenemos una deuda pendiente con las personas que más se han sacrificado por nuestra tierra elevando nuestro nivel de conciencia, porque han sido pioneras en las luchas feministas y su empoderamiento. Porque son las únicas que van a defender y luchar por el regreso a casa de presos y exiliados. Aquí, a pesar de que estos suelen llamar a votar, muchos de los que dicen apoyarlos son curiosamente los que dicen que no van a votar. Debemos votar porque tenemos la militancia y candidatos más decentes, mejor formados y más eficientes para gestionar de forma transparente, justa y eficaz nuestros recursos, como ya lo demuestran a diario en las instituciones que gestionan o han gestionado, a pesar de que los medios de comunicación al servicio del sistema traten de manipular y transmitir lo contrario.

No hay que ceder un voto gratuito a los partidos corruptos que tratan de patrimonializar su gestión como modélica y ejemplar, qué ironía. Cuatro años en manos de la ultraderecha son muchos años, y sobre todo mucho tiempo para quejarnos día a día de lo que nos están haciendo.

Definitivamente, la mejor opción para nosotros será el voto a la izquierda abertzale, no quedándonos en casa.

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