Escritor
A ti, demócrata votante

En esta faceta del mercado del voto es conocida la práctica del PNV, ya que es un experto en intercambios y componendas.

05/06/2019

De siempre es conocida la agilidad con que camina la vida política en el sur de Euskal Herria, que ve cómo sus capítulos son absorbidos con excesiva avidez, con prisa, de ahí que estimo no sería trabajo baldío reflexionar sobre lo que está acontecido hoy mismo.

Para introducirse en el «magma» político con la intención de valorar concreciones ideológicas que han sido olvidadas y negociaciones que ignoran la voluntad de los votantes, debe tenerse presente que, en política, las estrategias, proyectos y programas electorales, tienen siempre el mismo objetivo prioritario; poder.

Si atraemos al presente realidades vividas en el tiempo, podemos llegar a la conclusión de que en muy pocos años hemos pasado de la tragedia a la comedia.

Hemos tenido ante nosotros a un Felipe González rebosante de soberbia y mentiroso compulsivo, antes de verlo hundido, huyendo de la cárcel, derrotado y balbuceante. También a José María Aznar, que comenzó siendo objeto de los mimos del PNV de Xabier Arzalluz y tras exhibir su tradicionalismo cejijunto y clerical, terminó siendo un «cafre franquista aprendiz de dictador». Para en las últimas décadas, observar con atención a un Zapatero, político de evidente desarrollo pendular, con clara y notoria inclinación demagógica, pasando por «otro» gallego que caminó por la senda trazada por el ferrolano y terminando con Pedro Sánchez, un señor al que le reconozco su entereza y pundonor.

Si mantenemos la pretensión inicial de profundizar en el análisis político, sería un error enjuiciar las posibilidades de éxito, basándonos en criterios racionales como la coherencia de sus expresiones, su proximidad a la verdad o lo peligroso de ver ejecutadas sus amenazas.

Ahí no encontraremos lo esencial, sino en la capacidad de las personas para activar tendencias irracionales en el espíritu de las masas. De ahí que crea pueda afirmarse, que las diferencias verdaderas que separan las divagaciones calculadas de un demagogo, y la política al borde del abismo que practica un dictador, sólo vienen significadas por el grado de adhesión que cada uno de ellos concita en las masas.

Ante estas situaciones, tan reales como peligrosas e interesantes –por lo que hace posicionarse a las diferentes esferas de la sociedad– se constata que la capacidad, yo diría que más que capacidad el hábito de distinguir, no está desarrollado, no es demasiado popular en la sociedad. Es por eso que, en mi opinión, sería conveniente fomentar ese hábito, de manera que las inercias no nos alejen de una realidad tácita pero opaca, ante la certeza de que la uniformidad estadística no es en modo alguno un ideal científico inofensivo, sino el claro ideal político de una parte de la sociedad que, sumergida por entero en la rutina del vivir cotidiano, no permite se altere «su paz», inherente a su propio modelo de existencia.

Es aquí donde continuando en el análisis, debiéramos ser escrupulosamente comedidos, pues es innegable que todos somos «sujeto» de análisis.

Si analizamos a la persona de forma individual, podemos afirmar que todos hemos nacido en una comunidad étnica, y que nuestra pertenencia a esa comunidad es un hecho independiente de nosotros, ya que no elegimos nuestra nación, como tampoco elegimos nuestra familia. Por otro lado, nuestras posteriores relaciones con las personas, tanto sociales, como políticas o profesionales, son básicamente resultado de nuestra elección.

Manteniendo el argumento del párrafo anterior podría parecer que la posición en la que nacemos, al presentársenos como un hecho independiente de nuestra voluntad, no es vinculante. En otras palabras, que no implica responsabilidades, ya que no firmamos ninguna solicitud para ingresar como miembros de una nación, ni les pedimos a nuestros padres que nos trajeran al mundo.

Por lo tanto, podríamos pensar que sólo nos obligan aquellas relaciones que elegimos. Sin embargo, en realidad tendemos a sentir lo contrario. Nos sentimos ligados por ambos, nación y familia y consideramos la traición respecto a ellos como la falta más grave. De ahí que las personas que revelen a los demás, confidencias de otras, tanto si lo hacen para obtener beneficios de cualquier índole, como por capricho, son claramente culpables de deslealtad. Por eso decimos que tales personas «han traicionado nuestra confianza».

De idéntica manera, mantenemos la contradicción, y nos sentimos libres de abandonar, sin temor a la desaprobación, aquellas relaciones humanas que hemos elegido libremente, tales como la relación de pareja, o la de ser miembros de una organización política, por ejemplo.

No podemos mantener en nuestro análisis un mínimo de objetividad, si no subrayamos que el trabajo político en Euskal Herria está conociendo uno de sus periodos menos «edificantes». No es casualidad, hay sobradas razones para ello, y no me refiero sólo, a las diversas y «adormecidas» causas pendientes con la justicia, «al parecer» consecuencia inevitable, cuando la gestión se prolonga por décadas.

Llegados en el análisis a la lucha partidaria y su inevitable mercado de «valores», debe explicarse con detenimiento dada su importancia, que, en la formación de una coalición de gobierno, los partidos no eligen socio por criterio de proximidad ideológica, sino teniendo en cuenta las conveniencias del reparto de poder.

El reparto de poder entre los partidos coaligados, se realiza en la mayor parte de los casos mediante la concesión de áreas enteras de gobierno a cada uno de los partidos, y no tiene que ser necesariamente proporcional al apoyo electoral obtenido por cada uno de ellos, ni al número de cargos con que cuenta, sino que suele depender de la fuerza que proporciona a un partido, incluso su posibilidad de amenazar con unirse a otro en una diferente coalición.

Por otra parte, los intercambios de votos y favores pueden darse incluso entre distintos parlamentos, sin duda lejos de la intención de sus votantes.

En esta faceta del mercado del voto es conocida la práctica del PNV, ya que es un experto en intercambios y componendas. No es de hoy –poco afortunado Joseba Egibar– sino de la década de los ochenta del pasado siglo –cuarenta años– cuando la dirección del PNV –encabezada por Xabier Arzalluz, pactó con CP la formación de mayorías en los ayuntamientos de Bilbo y Gasteiz y en la Diputación Foral de Araba, a favor de alcaldes y presidentes del PNV, dando a cambio su abstención en la elección de presidente de la Comunidad Autónoma de Nafarroa, para que pudiese ser elegido el candidato de CP-UPN.

A pesar de que el análisis nos lleva a concluir con claridad que los actuales herederos de Sabino Arana son tan poco fiables como sus predecesores, lo cierto es que el sistema actual da para mucho, tanto que mofarse del electorado entra en el modus operandi de quienes son considerados «la crème de la democracie». Y no pasa nada. ¿O sí?

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