Aberri Eguna en plena escalada
La legislatura Trump 2.0 y la continuidad genocida de Netanyahu han puesto el planeta patas arriba. Una pesadilla repleta de imágenes atroces. Por ese repunte neocolonial que nos ha traído a la memoria los usos y costumbres de Occidente durante cinco siglos −esclavitud, masacres, limpieza étnica, supremacismo blanco y misógino y expolio de recursos−, revitalizados y rompiendo ese derecho internacional que supuestamente equilibraba el mundo desde la Segunda Guerra Mundial. También por esa crisis energética que se avecina, abriendo el melón de un posible colapso multimodal. La crisis se aviva con factores anexos, como el cambio civilizatorio, laboral e histórico con la generalización de la IA en la mayoría de las facetas de la vida, las transformaciones en el ADN humano para modificar su biología, el cambio climático, la llegada para quedarse de la era digital sustituyendo a la analógica y la constatación de que las desigualdades y desequilibrios entre las elites supra económicas y el pueblo llano son más abismales que nunca.
En la cercanía, cuestiones nacionales que refuerzan nuestro sentimiento de comunidad, como el Aberri Eguna de hoy, Korrika, Martxoak 3 o iniciativas reivindicativas locales, parecen eclipsadas por ese gran manto que nos va cubriendo y el drama que arriba por el frente y la retaguardia. Y, en sentido contrario, nos sirve de refugio para eludir responsabilidades, aunque menores, de esa civilización mundial que forjó Occidente y nos ha permitido durante generaciones sobrevivir en una zona de confort, con excepciones, que ahora está en tela de juicio. Asimismo, sectores de nuestra sociedad viven al margen de la que desearíamos, en los límites de la miseria o en ella. Otros, producto de esta modernidad y ajenos al exterior, buscando su minuto de gloria en las redes o consumiendo el último diseño del marketing, ese que nos acosa con el lema de «vivir intensamente el momento», como si fuéramos lo primeros y los últimos en acudir a este pedazo de tierra donde surgimos o llegamos. Los últimos, una oleada migratoria excepcional, huyendo del hambre o de conflictos, que nos pasa la factura, probablemente de forma inconsciente, de que una vez fuimos partícipes en la desintegración de sus comunidades y que la apuesta por su integración, como sucedió en oleadas anteriores cuando las dos grandes industrializaciones de nuestro país, creó fisuras, a pesar de nuestra posición: «Es vasco todo aquel que vende su fuerza de trabajo en Euskal Herria».
La paradoja reside precisamente en cómo abordar el presente, desde una posición necesitada de conformar nuestro espacio nacional y político y el revolcón que avanza con la perspectiva de que diversas elites militares y políticas reniegan de su debilidad ante la gestión de un mundo multipolar. Alguien acuñó, no sé cuándo, la frase «morir matando», imputable en este periodo a quienes se rebozaron en la vitola de un mundo unipolar. La crisis existencial para la humanidad ya va dejando o avanzando cadáveres: la OTAN, La Unión Europea, la OMC (Organización Mundial del Comercio), Naciones Unidas e incluso los Brics que, con la agresión de Washington-Tel Aviv a la República Islámica de Irán, han bajado la testuz ante la constatación de que sus miembros comparten ambos lados de la trinchera.
El hecho de que esta escalada bélica y económica adolece de estrategia, le añade un plus de amenaza. Con la verificación de una excepción, la del sionismo, que mantiene firme su estrategia mesiánica del Gran Israel a costa de la desaparición de quienes habitan los territorios del entorno de la original Palestina. La falta de estrategia en el resto de Occidente ahonda en la improvisación, más aún cuando el equipo de Trump 2.0 −el síntoma de una tendencia supremacista en Reino Unido y EEUU que se ha hecho con el poder político− aparentemente está compuesto por analfabetos funcionales. Una elite que se arropa en una narrativa que no diferencia entre los relatos de los hermanos Grimm y los héroes de Marvel, Superman o Batman. Atrapados en esa narrativa, el ir y venir de su actividad y su falta de estrategia los hace más imprevisibles y, por tanto, más peligrosos. Adolecen del dominio de la escalada.
Y es esa cuestión, la del dominio de la escalada, junto a la falta de estrategia, son las que pueden llegar a provocar un caos generalizado que concluya con la humanidad tal y como la conocemos en los últimos siglos, quizás milenios, si en algún momento se abriera el invierno nuclear. De momento, están en marcha genocidios raciales, sociales, religiosos, culturales y, por supuesto, económicos. Y nosotros estamos atrapados en un bucle que no es el nuestro, pero del que no podemos escapar ni permanecer indiferentes. Nuevamente recordar que también estamos inmersos en un proceso particular de reafirmación nacional y social frente a dos estados (España y Francia) que juegan sus bazas en lo micro (nosotros) y en lo macro (su recolocación en el nuevo mundo multipolar). Una vuelta de tuerca donde la elección de aliados, sin perder la identidad, es primordial.
Es esencial, asimismo, que en ese micro y macro, los intereses de unos y otros no nos hagan perder la perspectiva. Para Madrid y París, el orden internacional previo y la intangibilidad de las fronteras se mantienen junto a su «no a la guerra». Para nosotros, en cambio, y para otros pueblos oprimidos, la legalidad internacional ahora vigente o la que pudiera surgir de una escalada con victoria de quienes reivindican aún la unipolaridad y el neocolonialismo no tiene cabida. Sin representación ni reconocimiento en Naciones Unidas, la OMC y otras instituciones hasta hoy, nuestra apuesta por el «no a la guerra» debe acompañar a la permanente de justicia social y solidaridad internacional que hoy brilla y ayer brillaba por su ausencia. En un entorno distópico, en este Aberri Eguna de 2026 tenemos la fuerza y la voluntad por continuar caminado hacia la utopía. Otro mundo es posible. Con estrategia.